domingo, 5 de febrero de 2012

Frío





¡Frío, mucho frío! Avisados estábamos y así ha sido. No obstante, el domingo ha perdonado y algunos han sacado pecho a la rasca, ya más suavizada. Yo tenía plan de hotelito de playa y el viernes lo pasé comprobando lo bien que hablan alemán los camareros del La Barrosa Park y los distinguidos que están con su palomita y todo. Hoy domingo he ido a conocer el despegue de Vejer, un sitio interesante si se está por la zona y el viento viene de poniente. Me ha sorprendido -no agradablemente- lo cambiado que está el campo con tanto generador eólico. Hay que repetirse constantemente que eso es bueno porque se dejan de emitir a la atmósfera miles de toneladas de dióxido de carbono para no cabrearse con tan tremendo deterioro paisajístico.
Aprovechando que el Pisuerga... le prometo a la compañía una buena comida en el Bosque, intuyendo que estaría volable, y aparecí por allí cuando se veía ya algún ala por el cielo. Tras el almuerzo -Media de Marqués de Cáceres, sopita picadillo, revueltos de gambas, champiñones y jamón y medallones de ternera en salda para compartir, más cafés, 32 leuró, adivinen quién paga- se contaban por lo menos diez o doce en el aire, no muy alejados del despegue. Me acerqué por el aterrizaje con la idea de volver a conectar la vela a la silla -la tenía suelta desde el curso de paracaídas- y mientras andaba en la faena fueron aterrizando el Pacomesa, Leo, Gaspar y algunos otros. Habían hecho buenos vuelos aunque todos traían los dedos helados ¿Para cuando unos guantes calefactados de parapente?
Cómo no tenía plan de volar, no volé, pero entre abrir el ala, revisarla un poco, hacer un intento de campa, volverla a plegar, conectarla a los mosquetones, empaquetar todo de nuevo  y saludar a la gente, lo único que me ha faltado en el día de vuelo ha sido volar. Me recuerda a Alfred Hitchcock, que planificaba tanto sus películas que cuando llegaba a los estudios le resultaba aburridísimo el rodaje. Bueno, no es una comparación adecuada, disfruto mucho del propio vuelo. La semana próxima será. Estaremos atentos a las predicciones de Carlos, a ver donde nos manda.
Moraleja: si el día está perro, cambia la ventisca cortante en tu cara por el tacto cálido de terciopelos y sedas en tus dedos.

domingo, 29 de enero de 2012

Jugando a salvar la dentadura



A las ocho y media en punto salimos en el "coche de cinco parapentes" de Paco Mesa para el cursillo de lanzamiento y plegado de paracaídas en Teba. A esa hora, una veladura de vapores rasantes difuminaba la campiña a ambos lados de la carretera, como si el Creador hubiera dejado su obra a medio terminar, esperando a la tarde para dibujarla en todo su esplendor. Mientras desayunábamos en un ventorrillo, donde el padre se desvivía por ponernos las tostadas y el hijo domaba un potrenco alazán, me figuraba el lote de currar que se estarían dando Jota y los suyos montando el andamiaje.
Llegamos algo tarde pero a tiempo de enganchar con la clase teórica. Lo más interesante, cuándo tirar el paracaídas:
- Cuando una rotura grande del ala impide volar.
- Cuando hay una colisión con enredo.
- En una corbata importante que no se deslía y con inicio de barrena irrecuperable.
- En una cascada de incidentes, donde la situación empeora por momentos.

Segunda cosa, cómo tirarlo:
- Extrayéndolo del contenedor y dejándo caer, excepto si se parachuta sin viento, que entonces sí que hay que lanzarlo fuerte para que no lo atrape el parapente.
- Recogiendo el parapente antes de que se vuelva a inflar para evitar el "espejo", o liberándolo si se llevan sueltas rápidas.

El resto de la teórica, imprescindible recordarla por todo el que se cuelgue de un trapo. Igual que la técnica de plegado, que habría que rehacer en todo paracaídas una vez cada seis meses. Jota nos recuerda las dos técnicas, una en la que se abre más rápido, adivinen por cual opto yo, supervisado por Carlos López, de quien explotamos su condición de monitor en excedencia.
En la fila para saltar, ensayo continuo de la extracción. Con el contenedor ventral me cuesta llegar al asa por que está algo descolgado. Cuando me toca el turno, ya de los últimos, me quito de la cabeza el miedo interpretando el papel del valiente y trepo decidido al andamio, que empieza a temblar contagiado por mi pánico. Truco: centrarte en la colocación correcta del arnés, no parar, inspiración y soltar el aire de golpe a la vez que te dejas caer a plomo, como especialista de película de tiros alcanzado por el bueno. Esto sirve también  para que no te duelan las agujas de acupuntura. A las chicas no les hace falta, solo sienten dolor cuando las planta el chulito de turno, mejor para ellas, el que solo les duela eso y el que las deje el susodicho. Todo lo que se ensaya sirve y saco el paraca antes de la primera oscilación y hago la simulación de recogida del parapente inmediatamente después. 
Antes, ocurre algo preocupante: Luisma no consigue por dos veces sacar el paraca. En tierra también cuesta ¿Mal diseño, mala colocación…? luego lo resolvieron, pero es bueno que pase… en el cursillo. A Pablo Andreu se le coló por el acelerador -tampoco pudo abrir- pero en la situación real no hubiera sucedido.
Me alegró volver a ver a gente del curso de iniciación. Pablo el grande está recuperado, aunque se toma el reinicio con calma, hace bien. Beatríz Lamata, con constancia aragonesa -aunque no se de donde es- estaba allí, forjando una campeona contenida en los tarros pequeños de los buenos perfumes. El resto, casi nadie faltó a la cita.
El viejo Rouco no para de atosigar -con aparentes pretensiones deshonestas- a un cursillista por el que demuestra enfermiza fijación. Tengo un par de fotos que dejan constancia de ello.  Enseguida ha surgido la teoría de la conspiración según la cual, Jota habría entrenado al perro para que "persuada" a todo el que no tiene seguro de vuelo que se lo saque, y ha hecho una demostración de fuerza con el colega.  Yo lo tramitaré mañana mismo porque además de ser bueno, no creo que mis pantalones Quechua resistan la embestida del mixto lobo.

En la comida conozco a Sebastián, un ubriqueño que empezó a volar con 60 años y lo sigue haciendo a los 67, con dos…. Con ejemplos así no da miedo cumplir años. Nos enseña que, en un planeo sin viento y con una inclinación de espalda normal, si tomamos como referencia las rodillas, todo lo que está por debajo se puede alcanzar volando y todo lo que esté por arriba, no.
Los más inquietos se fueron para el Valle, espero que les haya ido bien. Los más tranquilos subimos al despegue de Teba sabiendo que hacía mucho viento. También hacía frío. Volvimos siguiendo la estela de un soberbio sol de invierno que remolonea ya en su puesta. Bajo su luz, el Creador pudo terminar su lienzo de ocres, blancos y verdes, donde hasta el azul del cielo siente celos de la tonalidad profunda de los olivos.

domingo, 22 de enero de 2012

La Parra


Me quedé con las ganas de volar en La Parra este verano. Entonces no era cosa de dejar a la chica en la solanera del mediodía extremeño, así que perdí un vuelo y gané otra cosa. Hoy me he desquitado arrimándome a los senior de Triana que, siguiendo los augurios de Carlos, se organizan pa´tirar pa´Badajoz.
¡Bingo! Los 170 kilómetros (más los de vuelta) han merecido la pena sobradamente. El viento en su punto, la temperatura tolerable y la luz… indescriptible (que venga Vargas LLosa y lo haga). Y el ambiente acorde, los "locales" nos hacen sitio y entre todos no sumamos más de 15 o 20. Buena gente los primos pacenses.
En la sesión de mañana pruebo guantes (Punto azul de Decatlon) y peto de hípica. Salgo bien, cuando ya lo han hecho los demás, pero nada más despegar me siento el peto en la garganta aprentado de tal manera que me cuesta mirar hacia abajo. Aguanto un poco a ver si lo acomodo, mientras veo con envida cómo los demás caracolean por la parte más alta de la ladera. Aquello no mejora y enfilo el aterrizaje. Tomo en un cercado junto al campo oficial, donde los toros, pasada la novelería de los toreros de los vientos, ni se inmutan. Andando de regreso al aterrizaje pierdo la emisora y tardo más de dos horas en no hallarla. Menos mal que Gaspar la localiza a los cuatro pasos, si fuera zahorí, encontraría agua en el Sáhara en un año de sequía.
Subimos de nuevo -Rafa se encarga del transporte- y vuelvo a despegar bien. El vuelo, sin problemas, eliminado el peto. No es que la idea sea mala, es que hay que adaptarla al  parapente haciendo más baja la zona del cuello. El domingo me pondré en la tarea. Decía que el viento se portó como si su nómina no tuviera recortes, ni un momento decayó su intensidad, lo que permitió volar siempre encima de la cresta. De haberme atrevido, hubiera saltado a la ladera de la izquierda, de 15 kilómetros de longitud, pero no hay que precipitarse. to´se andará. Un buen número de pilotos hicieron los catorce kilómetros de ladera, aunque alguno volvió en coche.
De regreso, el lucero del alba hace turno doble y nos escolta por la ventanilla de la derecha luciendo su luminosidad de gala, se ve que la visita de los de la capital lo ha impresionado. No hay camarera, ni guapa ni fea, en el bar, por lo que allí solo hemos disfrutado de la charla desenfadada -intercambiando estrategias para que las respectivas permitan volar también este domingo- de las tapas -croquetas de puchero, chorizo blanco, carne de venado y orejas en salsa- y de la cerveza. Fue entonces, o quizás más tarde, cuando un colega sacó a relucir que le habían deslumbrado unos ojos preciosos de muchacha, disimulados por una cara discreta. Y es que el susodicho, a la chita callando, no solo se harta de volar sino que además… se trae el premio en su retina.
Enseñanzas:
- Cualquier aditamento nuevo en el equipo -el peto por ejemplo- conviene ensayarlo primero colgando la silla, yo no tenía donde.
- O se controlan los objetos que llevamos o contaminamos el campo con cosas que nos cuestan caras reponer.
- Con los locales, suma cordialidad, ellos estaban allí primero.
- En los despegues el mejor sonido es el de la naturaleza. Algunos sevillanitos en Montellano nos hacen sentir vergüenza ajena, y eso que no son mala gente. Y la radio, solo para lo necesario, las ondas son un espacio común. La Parra es un ejemplo a imitar.

domingo, 15 de enero de 2012

Retomando el vuelo


He retomado de lleno la actividad parapentística con cinco o seis vuelos, dos de los cuales han sido un festín de espacio/tiempo por su duración y por el disfrute de moverte en las tres dimensiones -volar es el autentico 3D y no esas pamplinas de las gafitas- con el viento en la cara como única compañía. La peña, calidad humana de primera, no conozco otro ambiente mejor y ya me he movido en algunos. Es difícil poder corresponder a tantas atenciones desinteresadas y a tantas muestras de afecto que me animan a escribir estas cuatro líneas. Se echa de menos a alguna gente, como a Pablo el grande y a María.
Lo primero es lo primero: enseñanzas de los últimos vuelos.

1) He notado mucho la falta de campa, que es esencial. Me siento inseguro en los despegues, lo que supone casi un intento fallido por cada uno bueno. Tengo que retomar el ratito semanal de ejercicios en el campo de la feria, antes de que pongan la calle del infierno. El problema es que vendí el arnés, gran fallo, y la silla que tengo ahora es pesada y engorrosa, con el paracaídas ventral. Puede que en este sitio  proteja algo a los compañones del frío y de un impacto traicionero pero esa preñez fraudulenta no anima a la campa. Será cuestión de quitar el nudo y poner un mosquetón para unirlo a la silla, que es como debe ir aunque nadie lo haga. Así podré quitar el paraca para practicar en tierra.

2) Alguna forma física es necesario mantener: 8 ó 10 kilómetros andando al trabajo todos los días que puedo me han permitido subir el repechón del Bosque cargando con un equipo que pesa casi el doble que el de algún colega, eso sí, a pasito lento.

3) El tema de seguridad.- Jota me trajo unas magníficas botas que me pongo solo adespegar y que me quito en cuanto toco tierra. Para andar no son cómodas, pero ya las he amortizado aterrizando sobre un montón de pedruscos en Montellano. Con las normales me hubiera hecho daño y con estas, ni me enteré. También uso sin ninguna molestia unas rodilleras espinilleras que ya me han servido varias veces con tanto despegue abortado y tanto aterrizaje al "rodillazo". No es coña, estoy por diseñar una silla con ruedas ¡No confundir con sillade ruedas, no tengamos mal fario! para aterrizar a gusto. Dos fracasos: la protección de motocrós no sirve para el parapente, mejor usar el peto de hípica que utiliza el colega letrado. Y a mi silla no le entran las sueltas rápidas que me trajo Jota. Cabezón que soy, las voy a meter mediante una delicada intervención quirúrgica en las cinchas, para escándalo del personal experto. Pero creo que se lo que me hago. En cuanto lo resuelva le devolveré a Josín los mosquetones y los enganches del acelerador que tan voluntariosamente me prestó.
4) De los vuelos malos, osea pinchazos, pues que todavía no me quedo arriba si las condiciones no son ideales. En algún caso, he sido de los pocos que han ido para abajo. Deja perplejo ver cómo los colegas parecen levitar más que volar cuando tú pareces sumergirte más que planear. He llegado a pensar que mi vela está podrida, pero alguien entendido me dice que no, que aprenda… pues eso.

5) Hablando de vuelos buenos, he disfrutado de dos de los mejores. A últimos de diciembre en Montellano volé hasta hartarme, en un día de invierno que envidiaría la primavera si se enterara. El viento estaba tan a punto que podía pilotar solo con el peso, abriendo los brazos como la chica del Titanic. Y hoy mismo nos ha sorprendido una jornada que ha ido mejorando hasta ser de las más buenas de esta estación, según los que saben. 1800 mt ellos, 1400 yo. Me he ido atreviendo a ganar altura por la cresta situada tras el despegue y por primera vez me he adentrado hacia el valle, ascendiendo donde ni había viento de ladera ni yo notaba térmica, será la magia del Bosque. Descendí, ensayando algunos giros, cuando no aguantaba más el frío en los dedos de las manos, como el resto del personal.

La única tapa caliente -albóndigas en sala- estaba rica, rica, por lo que he repetido resolviendo la cena como lo hacemos los resolteros. La tertulia, cordial y entrañable, con su puntito guasón y con el viejo Rouco cogiendo al vuelo los cachitos de pan  con salsa que le dábamos. A la vuelta, un anochecer pardo rojizo nos regala la vista dejándonos cierto regusto a culpa, unos tantas sensaciones y otros tan pocas.

martes, 30 de agosto de 2011

Sacando conclusiones


Como ya ha pasado más de una semana del costalazo, se pueden ir sacando algunas conclusiones, a la vista de las sustanciosas consideraciones de Jota, de Gaspar, de Carlos, de Josejax y de Luisma. Aprender es la justificación de la pomposa e irónica denominación de este hilo: Manual de Perfecto Parapentista.
- Como en cualquier actividad, evitar riesgos "cantados" debe ser una prioridad en parapente. Yo mismo me había percatado con anterioridad de que una zanja junto al despegue o al aterrizaje podía constituir un problema.
– Igual ocurre con el equipo inadecuado, en mal estado o mal revisado, el viento racheado, las maniobras imprudentes o demasiado atrevidas para el nivel que se tiene, el trafico intenso y no controlado en las laderas, etc.
– La falta de formación, entrenamiento y forma física son malos compañeros de vuelo.
– El vuelo en zonas desconocidas requiere un buen asesoramiento por parte de los pilotos expertos en el lugar.
– Siempre deberíamos volar con alguien observándonos y que nos pregunte por radio que dónde estamos si no nos ve. No se cómo habría podido salir del costalazo con el parapente a tensión por el viento si Carlos y otros colegas no me ayudan a quitármelo, y eso que no había perdido movilidad por no tener afectada ninguna articulación ni hueso importante.
– Las protecciones corporales, como petos, coderas o rodilleras -hay quien las lleva- son muy buenas en estos casos. Si las usan los pilotos de motocross, por qué nosotros no.
– El casco, integral, y mejor con pantalla. A mi me ha salvado la jeta tres veces.
– Tan perjudicial como el descuido de la seguridad puede ser la obsesión exagerada por este tema. Paradójicamente, más de una accidente grave ha ocurrido por eso. Mi pobre amigo Benito, tras un adelantamiento hizo un giro brusco para evitar adelantar en un cambio de rasante, resbaló con la moto y… en paz descanse.
– Y si se da uno la piña y la cuenta, pues paciencia, dieta variada, moverse lo que permitan las articulaciones sanas -y no molesten las dañadas- y mantener el ánimo sin hacerse mucho el malito. Cuanto más parafernalia se monte, más presión familiar para que uno no vuelva a practicar la actividad de marras. Medicamentos, los menos posibles: fármaco en griego significa veneno.Ah, y aprovechar el tiempo mientras se reposa. Y de baja laboral, la mínima, no está el país…

viernes, 26 de agosto de 2011

El club de los parapentistas hostiados


Hostiarse es una cosa que solo le pasaba a los demás hasta que el pasa a uno mismo y todos somos candidatos, aunque unos hagan más méritos que otros. Hostiarse en parapente es, además, un requisito imprescindible para formar parte del exquisito club o asociación que vamos a formar próximamente, con congreso constituyente, directiva, presidente de honor y tribunal de admisión, pues habrá mucho accidentado hogareño que quiera colarse, la envidia es muy mala.
Hostiarse en parapente es, también, un rito de paso –que decimos en Antropología- sin el cual, el perfecto parapentista no lo será nunca. Al igual que los antiguos marinos solo podía lucir una argolla de oro en la oreja izquierda si habían pasado por el temible cabo de Hornos, alcanzando la categoría de Lobo Marino, el perfecto parapentista que haya vivido este trance deberá llevar su signo distintivo –a decidir que y donde- que lo haga identificable para el resto de la comunidad vuelística.
Habrá dos grados:el de los que la hostia no les dejó secuelas importantes y el de los que les ha mermado significativamente su calidad de vida, que formarán la élite del club; y también dos secciones: los que tuvieron el traspiés por causas del azar, independientemente de su buena técnica de vuelo, y a los que les sobrevino por hacer el capullo volando, que serán la mayoría. Por último, hay que saber que los miembros de ese club serán los que después de haber pasado por esta experiencia iniciática, siguen amando el parapente o alguna  otra forma alternativa de vuelo libre y que no hay renunciado a seguir practicándolo.  Un grupo especial lo formarán los que su entorno familiar les presione fuertemente –chantajes emocionales y de todo tipo incluidos- para que deje la actividad y otro de igual categoría los que hayan pasado más de una vez por el mismo trance: estos no tendrán que pagar ni cuota. Y una cuestión más: el tribunal de admisión habrá de valorar si el candidato se hostió con dignidad –que diría maestro Jota- o lo hizo amariconado –con perdón de los señores gays, que son unos caballeros- tanto en el momento del impacto como en el rato posterior. Maldecir el vuelo, lloriquear –salvo dolor insufrible, a los hombres siempre nos duele más que las mujeres- o exagerar las consecuencias del hecho quitan mucho mérito a la ceremonia.
Planteo el tema de coña porque esta vivencia constituye un hito en la vida vuelística de un piloto. No entiendo como algunos se avergüenzan de contarlo, como si fuera una deshonra, todo lo contrario. Incluso habría que llevar un registro para mayor gloria del deporte. Además ayudaría a prevenir los accidentes y daría pie a otra asociación hermana: la de los que después de muchos años de vuelo intenso, no han tenido ni un rasguño, bien por experiencia y pericia, bien por suerte, bien porque hayan hecho un pacto con el diablo, en el que no creo pero existir, existe.
He de contar que mi formación parapentistica me está sirviendo para sobrellevar estas jornadas postraumáticas con tres costillas rotas y contusiones múltiples. Si antes tenía que inflar la vela con pericia, ahora he de vigilar cómo me levanto de la silla sin que el costado me pegue un bocado de tiburón. Si en el vuelo había de conducirme con cuidado por la ladera, ahora lo hago entre los muebles, procurando no tirar los objetos que no podré recoger: un truco, un rascador de espalda es muy útil para acceder al suelo o a los sitios altos; si antes había de planificar y ejecutar bien el aterrizaje, ahora tengo que estudiar como me siento, o me acuesto para evitar el mismo resultado que cuando me levanto. Y además, si para volar en parapente había de explorar nuevos lugares donde hacerlo, ahora tengo que estudiar nuevos sitios donde poder dormir, en la cama habitual es imposible. En mi caso, mi querida hermana le ha expropiado temporalmente el sillón reclinable futbolerotelevisivo al buenazo de su marido para que yo eche un sueñecito por las noches. Lo acabo de estrenar y la larga cabezada me ha dado fuerzas para escribir estas letras. Permitidme que me reserve cómo he resuelto satisfactoriamente otras cuestiones de higiene íntima, que solo confesaré a los hermanos en la hostia que necesiten la información o a los que me paguen una pasta gansa.
Otra analogía es que la solidaridad en el parapente es la misma que necesitas y tienes que fomentar en este estado, en el que dependes de enfermeras en los hospitales y de familiares en tu casa. Por cierto, vaya belleza nórdica la de la doctorcita del centro de salud de Matalascañas que estaba de guardia, dan ganas de volver a hostiarse el día que le toque turno.
Ah, y falta redactar un Kamasutra adaptado a estas situaciones, id sugiriendo el contenido de los capítulos. Uno de ellos sería cómo hacerlo con tres costillas rotas sin que el dolor sea más fuerte que el placer, o mejor, sin ningún dolor, que a mi edad cualquier cosa me desconcentra.
¡Cueeentamé, co..mo pasooooó! Que dice la rumbita. Pues primero salí ayudado por Carlos López de la puta plataforma del chiringuito Bananas, inflando bien, pero penduleando en el aire mucho sin saber porqué. Ese día volaba con la Ambar en vez de la Artax pero no creo que sea la causa. Pinché enseguida. Hice unos intentos de salir desde abajo que no me salieron y volví pacientemente a subir a la ladera y me dispuse a despegar otra vez, también ayudado por el inapreciable Carlos.
Volví a inflar bien pero también salí dando bandazos, aunque esta vez logré sobrevolar la superficie alta. En uno de los bamboleos  supe que tocaba tierra y me preparé para un arrastroncito de los que me son familiares y así contacté, pero no se quedó ahí, sino que la vela siguió tirando con fuerza y me lanzó a una zanja donde impacté con la parte baja de la pared de enfrente, unos cinco metros de recorrido. El golpe fue brutal, creo que el casco y cierta forma física, también la suerte, me salvaron de peores. Me levanté a cámara lenta como en las películas de guerra cuando ha caído una bomba al lado. Después, la atención de los colegas, magnífica, primer tratamiento en Matalascañas, donde tienen una especie de 061 en pequeñito, traslado a Huelva, luego a Sevilla y finalmente al desorganizado estudio donde habito, en el que el más desorganizado aún de mi hijo hace de enfermero con buena voluntad y acierto.
Y eso es todo amigos. Solo me falta mostrar mi más vivo agradecimiento a los colegas, en especial a Pablo Andreu y a su amigo, a los que les fastidié el día, a Carlos, Andrés, a David Renault, y restantes pilotos que me recogieron, a la chica que tomaba el sol junto al camping, a los numerosos compañeros que se han interesado por mí (Luisma, Carlos, Pablo el grande, Jns, etc, etc y especialmente Jota), al Servicio Andaluz de Salud ¿saben que solo el traslado de Huelva a Sevilla costó 600 euros? especialmente a su personal y a mi gente.
Finalmente ¡Tengan cuidado ahí arriba y sobre todo cuando lleguen abajo, que esto duele tela!
Nos vemos.

lunes, 15 de agosto de 2011

Las montañas del Valle

El miércoles ya tarde aparqué en el descampado de la calle de infierno (donde instalan las atracciones en la Feria de Sevilla) para desplegar la vela. El sitio, magnífico; el precio, explicarle a los chicos  de la Policía Nacional que todo aparato que vuela, planea y no tiene porqué estrellarse si se para el motor, incluido su helicóptero, menos los cohetes, y que mi parapente, al no tener motor, no suponía ningún peligro para la seguridad nacional.- ¡No, no...! si no venimos a identificarle, es por curiosidad.-¡Vale, gracias, buen servicio!. Esta semana pienso volver, a una zona asfaltada y sin polvo de albero.

En el puente, hotelito a pensión completa en Benalmádena. Lo más cercano para volar, el Valle de Abdalajís, al que llevaba tiempo con ganas de meterle mano. Laure me puso en contacto con Merino y este con el club local. La amable chica que me atendió al teléfono me indicó el lugar equivocado, no tenía porque saberlo, pero al final llegué y me encontré con el sitio y con la gente. El viaje, una vuelta a la España de la posguerra, con unas carreteritas a las que solo les faltaba un pelotón de la Falange guardando lo cruces, los viejos y los que han estudiado historia lo entenderán.

Los pilotos malagueños, atentos y colegas a más no poder. Me enseñaron el aterrizaje, me guiaron al despegue, me explicaron como se volaba allí y se ofrecieron para todo lo que hiciera falta. Volábamos en la Capilla, que no es propiamente el de Poniente, porque el viento venía algo de norte. Ya había gente en el aire pero me advirtieron que el viento era escasísimo y podía pinchar. La ventaja es que desde el aterrizaje hay apenas veinte minutos andando hasta el despegue, por lo que no había problema para recuperar el coche. Dejé salir a tres, de los que uno bajó directo. Los que fueron bien aprovechaban las rachitas de termoladera -creo que es eso- para subir, de modo que escarmenté por cabeza ajena. Una brisita se hizo notar mientras me preparaba así que... tirón de la vela, salida decidida y giro a la derecha, buscando un paredón con pinta de estar calentito. No me engañó, me recordaba el "ascensor" que hay a la derecha del despegue de poniente en Algodonales.

Primero di una pasada a pocos metros sobre el despegue, que tiene la particularidad de estar relativamente bajo en relación a la altura de la montaña. A la segunda, y sobre la zona donde la piedra se mostraba desnuda, empecé a ascender notablemente. En la tercera o cuarta vuelta, una turbulencia solitaria le pegó tal sacudida a la vela que vi como la banda derecha se arrugaba medio metro al quedarse sin tensión. Un trallazo al instante  puso las cosas en su sitio y me disipó de golpe los últimos sopores de la siesta.
Lo que siguió fue un ascenso casi continuo, el pitito estaba contento, que me llevó casi a los 1700, mi record personal. Cómo en las últimas ocasiones, he sacado la cámara. aunque una calima de fondo dificultó la nitidez de las imágenes. Sigo erre que erre con el centrado de las térmicas y con la reticencia a alejarme de la zona despegue y aterrizaje. Supongo que cuando domine mejor las ascendencias me aventuraré un poco. Es como cuando me costaba destetarme de la tutela de la Escuela, requiere su tiempo. No faltaron las turbulencias ni los bandazos. El paisaje, majestuoso, con el pantano de Guadalorce, creo, siempre presente y la afilada cresta de la Capilla bajo mi trasero. A medida que caía la tarde fui perdiendo altura así que intenté un top landing, que a priori no parecía complicado. Estuve a dos metros del suelo, pero me pasé de largo, así que decidí tirar para el aterrizaje, llegando muy alto como es mi manía. Problema: costaba bajar sobre la zona, lo que me obligo a hacer ochos y más ochos pronunciados hasta que me harté y enfilé la parcela. Terminé contactando con los terrones ¡de pie, por fin, de pie!  al otro extremo, comprobando la buena calidad de las faenas agrícolas en toda la finca.

En el área de plegado, los colegas que me habían recibido en principio se ofrecieron a subirme para recuperar el coche, pero otro piloto tenía que hacerlo por haber olvidado el lastre, así que me despedí de ellos agradecido. Al ratillo, otros le trajeron de arriba lo que le faltaba al mencionado compañero, así que me dispuse a subir andando, sopesando cuanto iba a adelgazar, no hay mal... A medio camino, un monovolumen se paró a mi lado para que me subiera. Era el colega, que había convencido a otro con coche para rescatarme de la cuestecita. Todo un detalle, se ve que el parapente conserva la caballerosidad de los tiempos del Barón Rojo ¡que no se pierda, por favor!

Arriba, una pareja linda, me recordaron a Pablo y María, renunciaron a salir en biplaza, ella no baila..., no vuela sola. Junto a ellos Manuel, un albañil retirado que con 62 años lleva seis o siete dándole al parapente y al paramotor. Con ejemplos así no da tanto miedo darse cuenta de lo rápido que se pasa el tiempo y lo pronto que llegarán las terceras y las cuartas edades. Bajé con Manuel, todo un honor.

Cerca de Benalmádena se vuela en playa, aunque el despegue es arriesgado, según me dijeron. Pero hay un pedazo de planeo desde una antena en Mijas hasta la playa de mil metros de altura. A ver si organizamos algo. Para celebrarlo, espetones en el paseo marítimo, a la porra el self-service del hotel.


                                                              La capilla, con el pueblo al fondo

                                         Despegue y aterrizaje en la Capilla (El valle de Abdalajís)


                                              El pantano a contraluz, difuminado por la calima.



La semana próxima, curso de cross. Deseando y temiendo.

ENSEÑANZAS (A corregir por los expertos)


- Cuando se va a un sitio nuevo a volar, hay que asesorarse muy bien por los pilotos del lugar, a los que les suele ser grata esta tarea.
- Hay que informarse previamente sobre la forma de llegar, incluido el estado de las carreteras y caminos. Puede ser fácil perderse en las sierras. Lo ideal sería quedar con un piloto de la zona que te lleve la primera vez.
- Saber cuando va a llegar una rachita, por el movimiento de la vegetación en la ladera o por otros síntomas, es una habilidad de expertos muy útil.
- Dejar que los más expertos salgan primero es muy sensato, sobre todo en sitio nuevo.
- Incluso en la playa, en cualquier momento puede haber una plegada más o menos importante. Llevar los frenos un poco calzados da seguridad, además de aumentar el índice de planeo.
- Hay que saber en que momento de la aproximación hay que enfilar el aterrizaje o habrá que estar mentalizado para patear toda la finca.
- No exagerar el nivel real que se tiene y no ir de listillo ni de "enterao" de la capital facilita las relaciones sociales en cualquier ambiente, y más en este, donde la solidaridad es imprescindible.