domingo, 19 de febrero de 2012

UN DÍA TORCIDO (O "ENTUISTADO")



Después del magnífico día de vuelo del sábado anterior y de una semana cargante en lo laboral, tenía ganas de desplegar alas. Mí día previsto era también este sábado. Cómo no sabía de nadie que saliera, me recorrí el camino de Camas donde hay una ladera que,  cuando  está de noroeste, recuerda a las de escuela. Hice algo de campa en el terronal pero estaba solo y no es bueno  buscarle las cosquillas al viento sin compaña que socorra en caso de tropiezo. Por la tarde me tiré cuatro horas de reloj pegando trocitos de tela adhesiva allí donde veían un porito. Mi vela tiene una capa como de silicona por dentro y en la unión de las costillas del borde de ataque dicha patina se agrieta. Grietacita que había, parchecito que ponía. Os sugiero que reviséis las vuestras sin tienen ya algún tiempo.

Mi padre dice que cuando las cosas no vienen rodadas, mejor dejarlas. Es una especie de superstición que en mi caso algunas veces se cumple y otras no, pues muchas cosas interesantes en mi vida se han llevado a cabo después de tres intentos fallidos (a la tercera...). Pero esta vez todo avisaba. Tenía que estar talando árboles con mi primo y mi hijo, cargó con la motosierra desde Jaén para tal tarea, en vez ir a la sierra (la cabra tira pa´l monte y el parapentísta pá la sierra, cada loco...). Avisé que estaría en el huerto por la tarde y tiré pál monte (digo pá la sierra) con los senior de Triana. En el despegue de norte de Algodonales no se ponía claro y retrocedimos a Montellano, donde se veía gente volando.

En el despegue, el viento estaba algo cruzado, mucha gente experta hacía intentos de salida fallidos y los sensatos esperaban a verlas venir. Algo me decían que no era el momento pero tenía ganas de planear y coger el coche, que había dejado debajo, y volver a Sevilla. La primera tanda de intentos fue cada vez peor, hasta terminar, despues de una voltereta,  enredando el cordaje en un acebuche. Un escuadrón de voluntarios, entre los que estaban los colegas sevillanos, lo desenredó y tras el sustillo, y pensando seriamente en que lo más sensato era volverme sin volar, volví a la carga.

Dos nuevos intentos, otra voltereta, una inflada con corbata, alguien que dice, sal tú primero que a mí me da risa, y Luisma que se ofrece a ayudarme. Nos preparamos y cuando levanté la vela, de pronto me vi girando al contrario, entuistado y volando hacia el lado y atrás, de cara al borde de salida. Solté frenos, postura fetal protegiéndome la cara con las manos y los compañones con las piernas, cimbronazo contra un arbusto y golpe fuerte y seco varios metros más allá, impactando con la frente -del casco- y con las parte delantera de las piernas. ¡Os juro que traté de hostiárme con dignidad, como manda la regla de nuestro club, y que si no salió mejor, no fue por falta de empeño!.

Resultado  La presión del paracaídas ventral -algo debió  protegerme- me hunde la barriga y me abre las costillas, que no se rompen esta vez, los guantes de esquí me salvan los nudillos, el caso la cabeza y las espinilleras, las patas traseras . Me levanto sin resuello pero solo me duele la pierna derecha, que no está rota, las costillas y la mano. Luego, algo el cuello. Es la segunda vez que tras una hostia, entre los que viene a socorrerme me veo la cara del Carlos preguntando como estoy y participando la operación. La otra vez fue en Matalascain. Una chica grabó un vídeo del incidente que espero colgar en la red en cuanto lo tenga, para escarmiento por cabeza ajena del personal. Ya debe resultar hasta aburrido para la colegaría, agradecer tantas atenciones. Y no me quedan palabras.

Pedí opiniones del incidente y creo que Andrés (el valiente) y Bea la instructora dieron con la clave. Debía de haber desistido después de tantos intentos, o al menos haber descansado un buen rato. Y la p... silla, según observó Bea, está mal regulada y me levanta enseguida, dejándome sin control en el giro. Jota también me indicó que, con viento fuerte es mejor levantar despacio y, si alguien te ayuda, hay que sincronizarse muy bien en el sentido del giro. Nada de esto es responsabilidad del bueno de Liusma, que hizo lo que pudo y lo pasó mal también.

Reflexiones:
- Hace falta pericia y buena forma. No hacer campa  últimamente y siete quilos de más han facilitado el incidente.
- Las protecciones son importantes ¡Benditas rodilleras-espinilleras que me han salvado rodillas y piernas y bendito casco integral, que me ha conservado la jeta!
- El factor suerte también. Si en vez de hocicar contra el suelo limpio me pego contra uno de los muchos pedruscos que hay por allí... hay algo de ruleta rusa en esto.
- Cuando el día no está para uno, mejor plegar y disfrutar del paisaje y del paisanaje. Aprender a decir. - Pues hoy me voy sin volar ¿Pasa algo?
- El equipo, bueno y bien regulado.

Decisiones: recuperarse de las contusiones y dedicarme por un tiempo a recobrar la forma física. Los días de vuelo, no volar de momento, hacer campa en los aterrizajes que es muy divertido, y seguir de cerca este ambientillo que ya forma parte de mi rutina. Quizás haga fotos  o vídeos -no se me da mal- y ayude en los remontes, además de la campa, claro. Cuando esté en buenas condiciones, ya se verá.

El episodio no me impide disfrutar, a la vuelta, del regalo que la naturaleza y las gentes de Cádiz hacen, sin que lo sepan ni los donantes ni los obsequiados, a todo el que transita por esas tierras. Es cómo la salud, que no se valora hasta que no se pierde. Hoy los trigales lucían un sublime verde esperanza que parecía decirle a la negra desazón que ahoga a nuestro pueblo -¡Aquí estoy yo, la esperanza, ninguna crisis inventada y provocada por los que nunca pierden me va a rendir! Eso parecían decir los trigales verdes, en su lecho ocre de tierra fértil. 

domingo, 12 de febrero de 2012

Arriba y abajo




Me había ganado un buen día de vuelo después de tres semanas de abstinencia.  Con el Carlos de explorador y sin correos de los senior de mi tribu, contacto con los junior y enfilamos la de Algodonales, siguiendo el olfato atmosférico de Pablete. En Zero, buena movidilla vuelística: Bea la instructora, con la suave voz con la que se les habla a las flores, da teórica a tres reclutas, mis amigos gaditanos estrenan equipos y gente nueva se arrima al olor de los trapos y de los vientos. Liquido con Jota la Licencia Federativa y subimos para poniente en mi viejo Peugeot, que no se merece lo poco que lo cuido.
Poquita gente al principio pero el viento está bueno y bien encarado. David Renault y Pablo salen y suben rápido. Me tomo mi tiempo. Estreno mono paquistaní, hecho para Antonio el bailarín que resalta mi silueta… cervecera, y que me enfundo encima de las cuatro capas que llevaba. Había sustituido los pantalones por unas mallas y me puse además guantes de esquí sobre otros finos. Aun así, noté algo de fresquito arriba.
Despego bien y subo rápido al principio, recorriendo la ladera en las proximidades del despegue. El asiento de la silla está regulado en su punto -una cintas muy baqueteadas que se destensan con facilidad lo vuelven incómodo- y esa es una clave en el disfrute del vuelo. No recuerdo otra en que haya cambiado tantas veces de cota. Lo mismo estaba a cien metros por encima que a cien por debajo, mirando de reojo posibles aterrizajes alternativos. Como otras veces, ese sube y baja me sugiere la incertidumbre de tantos aspectos de la vida, como el ánimo, el amor, el trabajo, el dinero, donde hoy estás alto y mañana por los suelos y al final… todo el mundo "aterriza". Lo mejor, ver cuando vas cayendo y de pronto, un subidón y vuelta a las alturas. Hay que tener confianza en uno mismo y en la suerte. Pues eso, como la vida misma, tú eres tú (equipo material, equipo mental, tu experiencia) y tus circunstancias, la meteo de ese momento. Ortega y Gasset hubiera sido un magnífico parapentista.
La mayoría de los pilotos se concentran  más alto que yo aunque alguno pincha delante del despegue. Otros, como lobos esteparios, suben en soledad hasta cerca de los dos mil, me parece. Un colega hace top landing -el coche está arriba- e inaugura un campo nuevo treinta metros antes de donde aterriza todo el mundo. Desde arriba, le veo desencantar a los cordinos del hechizo de los arbustos. De repente, aunque las condiciones son buenas, me encuentro volando solo. Me dirijo al despegue guardando las distancias con la línea de alta, tú allí y yo aquí, sobre la que hago ochos, demasiado encima del campo. En el último momento se esfuma el viento y, reafirmado por las indicaciones que  Jota me hace por radio, aterrizo en el sembrado que hay tras la valla, con cuyo dueño tengo que hacer tratos de compra, dada mi querencia por ese campito. Bea, con el máximo tono de sargento de hierro que le permite su dulce voz, me hace ver que la mejor entrada es por encima de los árboles, lo mismo que Jota me había explicado tiempo atrás. Gracias por esta clase extra. Pablete me aclara el motivo de la espantada: el frío. Ventajas de ir abrigado.
La subida sentado en la perrera del Land Rover me trae a la memoria las días de insolaciones y laderas del curso de iniciación. Envidia me dan estos nuevos pollos, que con la moda del biplaza no han pateado el cuestarrón de ninguna loma con veinte quilos en coliflor clavándose en el hombro. Pero lo que no se sufre, no se disfruta.
Ana Derqui, hermosa y animada ¡chica más simpática, tú! sigue recuperándose. Salgo el último, con dos intentos fallidos. En uno, el viento afloja y al notar que la vela no me levanta, aborto. En el otro, despego y vuelvo a caer, pillándome sentado. Me avisan de que son las últimas ráfagas. A la tercera va, y empiezo a subir casi fuera del valle. Dejo la ladera siguiendo a Pablo y noto que subo sin hacer nada. Algunos meneos atenuados por el peso, debo ir al límite, me dan confianza. A lo lejos, David y otros se pierden camino de Montellano. Sobre el aterrizaje, Pablo empieza un moderado barreneo que le lleva cerca del suelo, iba por diez o doce vueltas cuando dejé de contar. La calima casi había desaparecido y el contorno aparece limpio, en toda su inmensidad, visto desde nuestro mágico ojo de pez. Algunos intentan el helicóptero y otras filigranas y yo con giros rápidos al plato, emulo a Pablo y bajo en busca del aterrizaje. El viento lo pone fácil, tomando en el campo oficial, con la consiguiente felicitación de los de Zero ¡Hacía ya tiempo! Una preciosa parapentista aterriza después, con la gracia de la gaviota al posarse sobre el malecón, y se gana el beso de un afortunado.
Tras recoger a David en Montellano, a donde llegó finalmente en el remolque de un tractor, no nos consta que se tropezara allí con alguna ardiente moza entre la paja, emprendimos el retorno. Las últimas claridades perfilan las leves colinas de la campiña y un vaho de oro viejo, despedida del sol, nos señala el oeste, por donde habrá de volver el pícaro viento… de poniente

domingo, 5 de febrero de 2012

Frío





¡Frío, mucho frío! Avisados estábamos y así ha sido. No obstante, el domingo ha perdonado y algunos han sacado pecho a la rasca, ya más suavizada. Yo tenía plan de hotelito de playa y el viernes lo pasé comprobando lo bien que hablan alemán los camareros del La Barrosa Park y los distinguidos que están con su palomita y todo. Hoy domingo he ido a conocer el despegue de Vejer, un sitio interesante si se está por la zona y el viento viene de poniente. Me ha sorprendido -no agradablemente- lo cambiado que está el campo con tanto generador eólico. Hay que repetirse constantemente que eso es bueno porque se dejan de emitir a la atmósfera miles de toneladas de dióxido de carbono para no cabrearse con tan tremendo deterioro paisajístico.
Aprovechando que el Pisuerga... le prometo a la compañía una buena comida en el Bosque, intuyendo que estaría volable, y aparecí por allí cuando se veía ya algún ala por el cielo. Tras el almuerzo -Media de Marqués de Cáceres, sopita picadillo, revueltos de gambas, champiñones y jamón y medallones de ternera en salda para compartir, más cafés, 32 leuró, adivinen quién paga- se contaban por lo menos diez o doce en el aire, no muy alejados del despegue. Me acerqué por el aterrizaje con la idea de volver a conectar la vela a la silla -la tenía suelta desde el curso de paracaídas- y mientras andaba en la faena fueron aterrizando el Pacomesa, Leo, Gaspar y algunos otros. Habían hecho buenos vuelos aunque todos traían los dedos helados ¿Para cuando unos guantes calefactados de parapente?
Cómo no tenía plan de volar, no volé, pero entre abrir el ala, revisarla un poco, hacer un intento de campa, volverla a plegar, conectarla a los mosquetones, empaquetar todo de nuevo  y saludar a la gente, lo único que me ha faltado en el día de vuelo ha sido volar. Me recuerda a Alfred Hitchcock, que planificaba tanto sus películas que cuando llegaba a los estudios le resultaba aburridísimo el rodaje. Bueno, no es una comparación adecuada, disfruto mucho del propio vuelo. La semana próxima será. Estaremos atentos a las predicciones de Carlos, a ver donde nos manda.
Moraleja: si el día está perro, cambia la ventisca cortante en tu cara por el tacto cálido de terciopelos y sedas en tus dedos.

domingo, 29 de enero de 2012

Jugando a salvar la dentadura



A las ocho y media en punto salimos en el "coche de cinco parapentes" de Paco Mesa para el cursillo de lanzamiento y plegado de paracaídas en Teba. A esa hora, una veladura de vapores rasantes difuminaba la campiña a ambos lados de la carretera, como si el Creador hubiera dejado su obra a medio terminar, esperando a la tarde para dibujarla en todo su esplendor. Mientras desayunábamos en un ventorrillo, donde el padre se desvivía por ponernos las tostadas y el hijo domaba un potrenco alazán, me figuraba el lote de currar que se estarían dando Jota y los suyos montando el andamiaje.
Llegamos algo tarde pero a tiempo de enganchar con la clase teórica. Lo más interesante, cuándo tirar el paracaídas:
- Cuando una rotura grande del ala impide volar.
- Cuando hay una colisión con enredo.
- En una corbata importante que no se deslía y con inicio de barrena irrecuperable.
- En una cascada de incidentes, donde la situación empeora por momentos.

Segunda cosa, cómo tirarlo:
- Extrayéndolo del contenedor y dejándo caer, excepto si se parachuta sin viento, que entonces sí que hay que lanzarlo fuerte para que no lo atrape el parapente.
- Recogiendo el parapente antes de que se vuelva a inflar para evitar el "espejo", o liberándolo si se llevan sueltas rápidas.

El resto de la teórica, imprescindible recordarla por todo el que se cuelgue de un trapo. Igual que la técnica de plegado, que habría que rehacer en todo paracaídas una vez cada seis meses. Jota nos recuerda las dos técnicas, una en la que se abre más rápido, adivinen por cual opto yo, supervisado por Carlos López, de quien explotamos su condición de monitor en excedencia.
En la fila para saltar, ensayo continuo de la extracción. Con el contenedor ventral me cuesta llegar al asa por que está algo descolgado. Cuando me toca el turno, ya de los últimos, me quito de la cabeza el miedo interpretando el papel del valiente y trepo decidido al andamio, que empieza a temblar contagiado por mi pánico. Truco: centrarte en la colocación correcta del arnés, no parar, inspiración y soltar el aire de golpe a la vez que te dejas caer a plomo, como especialista de película de tiros alcanzado por el bueno. Esto sirve también  para que no te duelan las agujas de acupuntura. A las chicas no les hace falta, solo sienten dolor cuando las planta el chulito de turno, mejor para ellas, el que solo les duela eso y el que las deje el susodicho. Todo lo que se ensaya sirve y saco el paraca antes de la primera oscilación y hago la simulación de recogida del parapente inmediatamente después. 
Antes, ocurre algo preocupante: Luisma no consigue por dos veces sacar el paraca. En tierra también cuesta ¿Mal diseño, mala colocación…? luego lo resolvieron, pero es bueno que pase… en el cursillo. A Pablo Andreu se le coló por el acelerador -tampoco pudo abrir- pero en la situación real no hubiera sucedido.
Me alegró volver a ver a gente del curso de iniciación. Pablo el grande está recuperado, aunque se toma el reinicio con calma, hace bien. Beatríz Lamata, con constancia aragonesa -aunque no se de donde es- estaba allí, forjando una campeona contenida en los tarros pequeños de los buenos perfumes. El resto, casi nadie faltó a la cita.
El viejo Rouco no para de atosigar -con aparentes pretensiones deshonestas- a un cursillista por el que demuestra enfermiza fijación. Tengo un par de fotos que dejan constancia de ello.  Enseguida ha surgido la teoría de la conspiración según la cual, Jota habría entrenado al perro para que "persuada" a todo el que no tiene seguro de vuelo que se lo saque, y ha hecho una demostración de fuerza con el colega.  Yo lo tramitaré mañana mismo porque además de ser bueno, no creo que mis pantalones Quechua resistan la embestida del mixto lobo.

En la comida conozco a Sebastián, un ubriqueño que empezó a volar con 60 años y lo sigue haciendo a los 67, con dos…. Con ejemplos así no da miedo cumplir años. Nos enseña que, en un planeo sin viento y con una inclinación de espalda normal, si tomamos como referencia las rodillas, todo lo que está por debajo se puede alcanzar volando y todo lo que esté por arriba, no.
Los más inquietos se fueron para el Valle, espero que les haya ido bien. Los más tranquilos subimos al despegue de Teba sabiendo que hacía mucho viento. También hacía frío. Volvimos siguiendo la estela de un soberbio sol de invierno que remolonea ya en su puesta. Bajo su luz, el Creador pudo terminar su lienzo de ocres, blancos y verdes, donde hasta el azul del cielo siente celos de la tonalidad profunda de los olivos.

domingo, 22 de enero de 2012

La Parra


Me quedé con las ganas de volar en La Parra este verano. Entonces no era cosa de dejar a la chica en la solanera del mediodía extremeño, así que perdí un vuelo y gané otra cosa. Hoy me he desquitado arrimándome a los senior de Triana que, siguiendo los augurios de Carlos, se organizan pa´tirar pa´Badajoz.
¡Bingo! Los 170 kilómetros (más los de vuelta) han merecido la pena sobradamente. El viento en su punto, la temperatura tolerable y la luz… indescriptible (que venga Vargas LLosa y lo haga). Y el ambiente acorde, los "locales" nos hacen sitio y entre todos no sumamos más de 15 o 20. Buena gente los primos pacenses.
En la sesión de mañana pruebo guantes (Punto azul de Decatlon) y peto de hípica. Salgo bien, cuando ya lo han hecho los demás, pero nada más despegar me siento el peto en la garganta aprentado de tal manera que me cuesta mirar hacia abajo. Aguanto un poco a ver si lo acomodo, mientras veo con envida cómo los demás caracolean por la parte más alta de la ladera. Aquello no mejora y enfilo el aterrizaje. Tomo en un cercado junto al campo oficial, donde los toros, pasada la novelería de los toreros de los vientos, ni se inmutan. Andando de regreso al aterrizaje pierdo la emisora y tardo más de dos horas en no hallarla. Menos mal que Gaspar la localiza a los cuatro pasos, si fuera zahorí, encontraría agua en el Sáhara en un año de sequía.
Subimos de nuevo -Rafa se encarga del transporte- y vuelvo a despegar bien. El vuelo, sin problemas, eliminado el peto. No es que la idea sea mala, es que hay que adaptarla al  parapente haciendo más baja la zona del cuello. El domingo me pondré en la tarea. Decía que el viento se portó como si su nómina no tuviera recortes, ni un momento decayó su intensidad, lo que permitió volar siempre encima de la cresta. De haberme atrevido, hubiera saltado a la ladera de la izquierda, de 15 kilómetros de longitud, pero no hay que precipitarse. to´se andará. Un buen número de pilotos hicieron los catorce kilómetros de ladera, aunque alguno volvió en coche.
De regreso, el lucero del alba hace turno doble y nos escolta por la ventanilla de la derecha luciendo su luminosidad de gala, se ve que la visita de los de la capital lo ha impresionado. No hay camarera, ni guapa ni fea, en el bar, por lo que allí solo hemos disfrutado de la charla desenfadada -intercambiando estrategias para que las respectivas permitan volar también este domingo- de las tapas -croquetas de puchero, chorizo blanco, carne de venado y orejas en salsa- y de la cerveza. Fue entonces, o quizás más tarde, cuando un colega sacó a relucir que le habían deslumbrado unos ojos preciosos de muchacha, disimulados por una cara discreta. Y es que el susodicho, a la chita callando, no solo se harta de volar sino que además… se trae el premio en su retina.
Enseñanzas:
- Cualquier aditamento nuevo en el equipo -el peto por ejemplo- conviene ensayarlo primero colgando la silla, yo no tenía donde.
- O se controlan los objetos que llevamos o contaminamos el campo con cosas que nos cuestan caras reponer.
- Con los locales, suma cordialidad, ellos estaban allí primero.
- En los despegues el mejor sonido es el de la naturaleza. Algunos sevillanitos en Montellano nos hacen sentir vergüenza ajena, y eso que no son mala gente. Y la radio, solo para lo necesario, las ondas son un espacio común. La Parra es un ejemplo a imitar.

domingo, 15 de enero de 2012

Retomando el vuelo


He retomado de lleno la actividad parapentística con cinco o seis vuelos, dos de los cuales han sido un festín de espacio/tiempo por su duración y por el disfrute de moverte en las tres dimensiones -volar es el autentico 3D y no esas pamplinas de las gafitas- con el viento en la cara como única compañía. La peña, calidad humana de primera, no conozco otro ambiente mejor y ya me he movido en algunos. Es difícil poder corresponder a tantas atenciones desinteresadas y a tantas muestras de afecto que me animan a escribir estas cuatro líneas. Se echa de menos a alguna gente, como a Pablo el grande y a María.
Lo primero es lo primero: enseñanzas de los últimos vuelos.

1) He notado mucho la falta de campa, que es esencial. Me siento inseguro en los despegues, lo que supone casi un intento fallido por cada uno bueno. Tengo que retomar el ratito semanal de ejercicios en el campo de la feria, antes de que pongan la calle del infierno. El problema es que vendí el arnés, gran fallo, y la silla que tengo ahora es pesada y engorrosa, con el paracaídas ventral. Puede que en este sitio  proteja algo a los compañones del frío y de un impacto traicionero pero esa preñez fraudulenta no anima a la campa. Será cuestión de quitar el nudo y poner un mosquetón para unirlo a la silla, que es como debe ir aunque nadie lo haga. Así podré quitar el paraca para practicar en tierra.

2) Alguna forma física es necesario mantener: 8 ó 10 kilómetros andando al trabajo todos los días que puedo me han permitido subir el repechón del Bosque cargando con un equipo que pesa casi el doble que el de algún colega, eso sí, a pasito lento.

3) El tema de seguridad.- Jota me trajo unas magníficas botas que me pongo solo adespegar y que me quito en cuanto toco tierra. Para andar no son cómodas, pero ya las he amortizado aterrizando sobre un montón de pedruscos en Montellano. Con las normales me hubiera hecho daño y con estas, ni me enteré. También uso sin ninguna molestia unas rodilleras espinilleras que ya me han servido varias veces con tanto despegue abortado y tanto aterrizaje al "rodillazo". No es coña, estoy por diseñar una silla con ruedas ¡No confundir con sillade ruedas, no tengamos mal fario! para aterrizar a gusto. Dos fracasos: la protección de motocrós no sirve para el parapente, mejor usar el peto de hípica que utiliza el colega letrado. Y a mi silla no le entran las sueltas rápidas que me trajo Jota. Cabezón que soy, las voy a meter mediante una delicada intervención quirúrgica en las cinchas, para escándalo del personal experto. Pero creo que se lo que me hago. En cuanto lo resuelva le devolveré a Josín los mosquetones y los enganches del acelerador que tan voluntariosamente me prestó.
4) De los vuelos malos, osea pinchazos, pues que todavía no me quedo arriba si las condiciones no son ideales. En algún caso, he sido de los pocos que han ido para abajo. Deja perplejo ver cómo los colegas parecen levitar más que volar cuando tú pareces sumergirte más que planear. He llegado a pensar que mi vela está podrida, pero alguien entendido me dice que no, que aprenda… pues eso.

5) Hablando de vuelos buenos, he disfrutado de dos de los mejores. A últimos de diciembre en Montellano volé hasta hartarme, en un día de invierno que envidiaría la primavera si se enterara. El viento estaba tan a punto que podía pilotar solo con el peso, abriendo los brazos como la chica del Titanic. Y hoy mismo nos ha sorprendido una jornada que ha ido mejorando hasta ser de las más buenas de esta estación, según los que saben. 1800 mt ellos, 1400 yo. Me he ido atreviendo a ganar altura por la cresta situada tras el despegue y por primera vez me he adentrado hacia el valle, ascendiendo donde ni había viento de ladera ni yo notaba térmica, será la magia del Bosque. Descendí, ensayando algunos giros, cuando no aguantaba más el frío en los dedos de las manos, como el resto del personal.

La única tapa caliente -albóndigas en sala- estaba rica, rica, por lo que he repetido resolviendo la cena como lo hacemos los resolteros. La tertulia, cordial y entrañable, con su puntito guasón y con el viejo Rouco cogiendo al vuelo los cachitos de pan  con salsa que le dábamos. A la vuelta, un anochecer pardo rojizo nos regala la vista dejándonos cierto regusto a culpa, unos tantas sensaciones y otros tan pocas.

martes, 30 de agosto de 2011

Sacando conclusiones


Como ya ha pasado más de una semana del costalazo, se pueden ir sacando algunas conclusiones, a la vista de las sustanciosas consideraciones de Jota, de Gaspar, de Carlos, de Josejax y de Luisma. Aprender es la justificación de la pomposa e irónica denominación de este hilo: Manual de Perfecto Parapentista.
- Como en cualquier actividad, evitar riesgos "cantados" debe ser una prioridad en parapente. Yo mismo me había percatado con anterioridad de que una zanja junto al despegue o al aterrizaje podía constituir un problema.
– Igual ocurre con el equipo inadecuado, en mal estado o mal revisado, el viento racheado, las maniobras imprudentes o demasiado atrevidas para el nivel que se tiene, el trafico intenso y no controlado en las laderas, etc.
– La falta de formación, entrenamiento y forma física son malos compañeros de vuelo.
– El vuelo en zonas desconocidas requiere un buen asesoramiento por parte de los pilotos expertos en el lugar.
– Siempre deberíamos volar con alguien observándonos y que nos pregunte por radio que dónde estamos si no nos ve. No se cómo habría podido salir del costalazo con el parapente a tensión por el viento si Carlos y otros colegas no me ayudan a quitármelo, y eso que no había perdido movilidad por no tener afectada ninguna articulación ni hueso importante.
– Las protecciones corporales, como petos, coderas o rodilleras -hay quien las lleva- son muy buenas en estos casos. Si las usan los pilotos de motocross, por qué nosotros no.
– El casco, integral, y mejor con pantalla. A mi me ha salvado la jeta tres veces.
– Tan perjudicial como el descuido de la seguridad puede ser la obsesión exagerada por este tema. Paradójicamente, más de una accidente grave ha ocurrido por eso. Mi pobre amigo Benito, tras un adelantamiento hizo un giro brusco para evitar adelantar en un cambio de rasante, resbaló con la moto y… en paz descanse.
– Y si se da uno la piña y la cuenta, pues paciencia, dieta variada, moverse lo que permitan las articulaciones sanas -y no molesten las dañadas- y mantener el ánimo sin hacerse mucho el malito. Cuanto más parafernalia se monte, más presión familiar para que uno no vuelva a practicar la actividad de marras. Medicamentos, los menos posibles: fármaco en griego significa veneno.Ah, y aprovechar el tiempo mientras se reposa. Y de baja laboral, la mínima, no está el país…