jueves, 28 de junio de 2012

El piloto del arcoiris

Un fuerte resfriado de verano me ha retenido este fin de semana en tierra, que conozco mi cuerpo serrano y si me pide descanso, mejor dárselo. Mientras me reservaba en mi estudio, recibí una llamada de Kasparellus que me habló con cierto misterio de una buena historia que contarme, que si le invitaba a una copa. Le contesté que si se conformaba con algún tinto joven o una infusión, bien, y si no que él mismo se trajera el bebercio. A la hora acordada apareció con una botella de J&B, unos 7Up, una bolsa de hielo y un cuarto kilo de pistachos. Dio en el clavo, todo me gustaba y nada de eso tenía. Tras un primer cubata comentando vaguedades, adoptó una actitud trascendente y empezó a narrarme la siguiente historia, asegurándome que era la primera vez que hablaba de ello.

"Hace unos diez días estrené mi nueva Ellus 4. Subí con todo el grupo a Poniente de Alogodonales, donde el viento estaba muy de norte y el personal optó por intentar despegar desde la piedra (norte) cuando aparecieron en el horizonte las primeras velas que habían salido de allí. Yo estaba entusiasmado con mi equipo y me dediqué a instalar el acelerador y a comprobar los detalles de la nueva ala. Un rato después de quedarme solo lo tenía todo preparado y, aunque el viento seguía fuerte y bastante cruzado, algunas rachas más ligeras y mejor orientadas me animaban a despegar. Me sentía optimista y con fuerza para superar cualquier inconveniencia climatológica. Era, no obstante, un día raro en que un frente frío amenazaba con perturbar más la atmósfera, aunque finalmente no tuvo consecuencias visibles para el conjunto de los mortales.

En el momento propicio, tiré de las bandas "A" y la vela, como si adquiriera alma en ese instante, despertó con una levantada perfecta, contenta como un cachorro acariciado. Giré y a los dos pasos estaba en el aire, elevado con la decisión de quien tiene todas las fuerzas intactas. El ala parecía responder al pensamiento, girando, planeando y ascendiendo, comandada casi por telepatía, pues a  la mínima insinuación en los mandos obedecía con agilidad. No le he perdido el cariño a mi vieja vela, pero hay que reconocer que esto es otra cosa, ¡ya me tocaba! Entusiasmado por un vario contentísimo, que parecía estar festajando la nueva cabalgadura, empecé a subir a más tres, más cuatro, más cinco, más seis, más siete, y cuando me di cuenta me hallaba debajo de una nube que parecía haberse formado de repente, pues ni yo hasta ahora ni mis compañeros antes nos habíamos percatado de ella. El fondo era plano y oscuro y la parte superior no era visible, ya que era muy alta y yo estaba en su vertical. Por una vez me dejé guiar por el atrevimiento de llevar un parapente inmejorable y me sumergí de lleno en la densa masa vaporosa.

Al principio el vuelo era estable, con un ascenso rápido aunque controlado y yo me encontraba animado, pensando en la suerte de estrenar la vela con una subida record. Apenas veía nada pero no  estaba desorientado pues recordaba los giros y cambios de dirección que había hecho desde que entre. Pero la turbulencia fue aumentando rápidamente y pronto perdí el sentido de la posición a medida que el parapente empezaba a galopar más que a trotar. La vela cabeceaba de un lado a otro y de delante hacia atrás y yo penduleaba en todos los sentidos en un sin fin de wing over incontrolados. El frío arreciaba -venía con ropa de verano- y enseguida apareció  la lluvia, más frío y finalmente el granizo, al principio en granos pequeños, después más grandes, que me golpeaban con violencia. Los fogonazos de los relámpagos y el ruido ensordecedor de los truenos me trasladaban a una batalla naval nocturna donde el vapor casi impenetrable de la nube emulaba la atmósfera asfixiante del humo de pólvora quemada. Fui pasando del miedo al pánico, del pánico al terror desbordado y me vi rogando a gritos a Dios, a toda la Corte Celestial que me socorriera, que perdonara mis pecados, que yo me arrepentía de todas mis faltas, jurando y perjurando que si salía vivo nada sería igual: no volvería a tener la osadía de ignorar los avisos de la Providencia, no volvería a emitir juicios radicales e irracionales cuando analizará la vida pública, sería un hombre nuevo..., ¡Oh Dios mío, si me sacaba de este infierno gaseoso! Un relámpago, madre de todos los relámpagos, me encegueció y un trueno, con el bramido de diez mil truenos, me ensordeció, quedando inerte y aturdido, a merced de la Divina Providencia.

No se cuanto tiempo pasaría desde que perdí la conciencia pero cuando la recobré me encontréaba volando suavemente en una bruma que parecía la neblina de una mañana soleada. Por encima vislumbraba un cielo azul claro y no quedaba rastro de la tempestad anterior. El sonido de la brisa tañendo el arpa de los cordinos había sustituido a las explosiones broncas de los truenos. Notaba paz y tranquilidad interior, apenas ensombrecida por la incertidumbre de no saber donde me encontraba. De pronto, algo más adelante y a mi derecha, observé a otro parapentista, que me miraba sonriendo. Pilotaba un parapente antidiluviano, cuadrangular, sin estabilos, con cajones inmensos de colores chillones, cada uno con una gama del arcoiris. Vestía un mono de esquiador igual de brillante y se cubría con un caso de futbol americano. Lo más extraño es que volaba
con una perfección sobrehumana, haciendo giros irrepetibles que no obedecían a las leyes del vuelo, menos con un parapente tan primitivo. No veía a nadie más en el aire y el suelo seguía cubierto por una densa masa, por lo que me acerqué a él, mientras pulsaba el micrófono. -Hola compañero, estoy perdido, ¡me puedes ayudar! -Hello, body, I'm lost, can you help me? La radio siguió en silencio pero vi -la distancia visible alrededor y hacia arriba era infinita- que me hacía señas de que le siguiera, y así lo hice.

A  los pocos minutos sucedió lo más sorprendente. El misterioso piloto se acercó a la cara superior de la nube, en una zona especialmente oscura y se dispuso a aterrizar como si aquello fuera una superficie consistente. Incrédulo, vi como metía frenos a fondo, sacaba los pies y se posaba sutilmente, deslizándose la vela detrás como sábana soltada de sus pinzas. Mi entendimiento se negaba a admitir que aquella planicie de vapor de agua se comportara como un portaaviones pero lo estaba viendo con mis ojos. Desde abajo, el piloto  me indicó con un gesto seguro que hiciera lo mismo. Confuso y confiado a la vez, dirigí mi vuelo hacia el rellano donde había aterrizado y repetí su gesto, tomando contacto con un suelo firme, algo flexible, con la consistencia de un colchón duro, perfecta para aterrizar. Los pocos pasos que di levantaron una leve neblina y la tela se aplanó en aquel campo imposible, quedando semicubierta por un manto nebuloso. Me desabroché la silla y me dirigí hacia el fantástico personaje para agradecerle mi salvación. A mitad del trayecto me detuve cuando me señaló hacia un lado y, nuevamente sorprendido, vi un como en esa dirección se había formado un enorme agujero por donde podía contemplar, desde muy alto, el paisaje que me era tan familiar: el Mogote, Algodonales, los pantanos, la Muela... Mi salvador, sonriendo, me indicó que debía despegar sin demora. Le di las gracias con un gesto y me volví a colocar rápidamente el equipo, pues el agujero empezaba a cerrarse. Localicé cerca una especie de rampa por la que inicié el despegue corriendo hacia delante, como en la escuela, y al instante me vi otra vez en el aire. La nube estaba de nuevo encima, cada vez más alta, y el agujero por el que la atravesé se cerró por completo.

Barrené, metí orejas y descendí rápido, deseando llegar a tierra canto antes. Me alegró volver a oír la voz de mis compañeros por la radio, ajenos a todo lo sucedido. Miré hacia arriba y la gran nube había desaparecido. Poco antes de Villalones identifiqué un campo donde aterrizar sin dificultad, y así lo hice. De mi extraña historia no conservaba prueba alguna, por lo que decidí ocultarla para que no me tomaran por loco. He querido contártela a ti porque ha sido una experiencia demasiado fuerte para guardármela para mi solo"

Todos conocéis al protagonista de estos hechos, hombre formal poco dado a las fantasías y menos propenso a embriagueces durante el vuelo que no sean los que proporciona la propia actividad de manera natural. También me conocéis a mi, persona dedicada a la ciencia y a lo empírico y demostrable. Os pido por tanto que no dudéis de lo que os he relatado lo mismo que yo creo firmemente lo que he oído de su boca. Y si alguien en un vuelo especialmente alto vuelve a ver al misterioso piloto, que le haga saber que Kasperallus llegó a tierra bien, eternamente agradecido, y que en pago de ello se ha convertido en un hombre nuevo, y va a dejar de fumar y de decir barbaridades de sus oponentes políticos.




lunes, 18 de junio de 2012

Superwoman, basado en hechos reales

Carlos nos anima a volar los dos días pero ese lujo solo está al alcance de algunos. Los demás quedamos a la espera de lo que  decida el grueso del grupo (la mayor parte, no el obeso, que no lo hay) y nos decantamos por el sábado. La primera opción es poniente de Algodonales, donde llegamos cuando algunos habían despegado ya de la piedra (norte). El viento se muestra fuertecito, racheado y cruzado de norte, por lo que casi ni sacamos los equipos. Gaspar prueba vela nueva y Leo su nueva vela, también casi a estrenar. Decidimos intentarlo en norte, excepto Gaspar, que de manera ceremoniosa revisa su equipo e instala el acelerador con celo de neurocirujano. Allí lo dejamos y de allí despegó en su vuelo inaugural.

La piedra está en medio de un venturi que obliga a despegar con viento fuerte, ya que lo contrario significa que la ladera no tira.  La gente que lo intenta aprovecha las rachas flojas para salir, y así lo hacen varios de la cuadrilla, si bien otros desisten tras un rato de aguantar la vela a tensión con dos o tres compañeros controlando el borde de ataque. No me gusta ni el sitio, reducido y con muchos arbustos delante, ni  las rachas fuertes por lo que desempaco de mala gana, dejando pasar el tiempo. He aprendido que si no estás a gusto, nadie te obliga a salir .Además, en otro despiste tonto he olvidado la antena de la radio. Al rato me entero de que Andrés (V), camino de Ronda, ha aterrizado en Villalones. así que voy a la recogida. Circulando cerca de donde debía estar Andrés oigo un silbido, paro y doy marcha atrás. Del olivar sale Gaspar, que había bautizado  a su equipo con un cross para que fuera sabiendo lo que le espera, poco palomeo y mucha milla por delante. David de Sanlucar también tomó por la zona, así que regresamos los cuatro. La norma consuetudinaria en parapente dicta que el que hace cross espera a última hora o se busca el regreso por su cuenta, así que, aunque agradecido, no tenía por que haber interrumpido mi día de vuelo, me amonesta Andrés. Me disculpé argumentando que no iba a volar en esas condiciones y le prometí que si se volvía a darse la misma situación... haría lo mismo. Pepe (V) llegó a El Bosque.

Fuimos directamente a poniente y el viento, aun racheado, estaba algo más suave y mejor orientado.Un compañero recién equipado comprueba que su vela le saca del apuro en que se mete el solito, al dejarse atrapar por la fuga de la izquierda. Instalé la radio de Andrés y la dejé con el volumen bajo. Pretensé y a la mínima tregua de las rachas levanté, giré y salí, mientras los de tierra empezaban a gritarme. El estabilo derecho estaba encorbatado y una racha empezaba a subirme y desplazarme hacia atrás. Lo primero, tirar del freno y nada, luego del cordino quita corbatas y tampoco, vuelta al freno, cada vez un poco más atrás, vuelta al cordino, otra vez el freno y por fin se deshizo el entuerto. Intento entaconar el aro del acelerador y no lo encuentro, así que agarro los maillones del mismo y tiro con fuerza, está duro, hasta que empiezo a avanzar y salgo de la vertical del despegue. Por la radio, muy baja, no oía nada. Luego me advirtieron que con una corbata no muy grande como aquella debería haber seguido volando hasta alejarme de la ladera y después tratar de desliarla. También, que hay que revisar bien la vela mientras sube, antes de girar y despegar, no se cómo se me escapó esto. A pesar de que no paré hasta que no se desenredó, no tuve sensación de peligro ni me sentí nervioso, será el atrevimiento de la ignorancia.

En desagravio, me he homenajeado con uno de los mejores vuelos realizados hasta ahora. El espacio empezaba a teñirse de atardecer y un viento generoso disipaba los calores de junio. Para empezar, tome altura encima del despegue hasta cerca de los 1500, mucho más bajo que otros. Allí giré una térmica a casi +4, una proeza para mi. Cuando llevaba media hora cerca del palomar, tiré para el aterrizaje a ver lo que pasaba, y pasó que una termiquita de +1 me subió otra vez a 1300. Volví para recorrer ahora toda la cornisa de norte, volando unas veces por la cresta y otras un poco sobre el páramo. Todo ese largo paredón, marca que indica por donde la naturaleza cortó el mejor trozo del pastel del Mogote, es grandioso desde abajo y desde arriba. Se adivina lleno de vida, habitado por especies voladoras y terrestres en perfecta simbiosis, donde el hombre es un advenedizo al que la bondad animal  permite entrometerse como el que se cuela en una convite al que no está invitado.

En contra de mi costumbre, me resistí a dejar de evolucionar, de este a oeste, por encima del farallón compartiendo espacio con unos pajaracos hermosos que orientaban las ascendencias. Me di cuenta que, tanto si seguía a los pájaros como a Gastón, que andaba a su aire por allí, yo subía. En uno de nuestros acercamientos empezó a silbarme con insistencia, lo que interpreté como una advertencia. El viento sobre el páramo era fuerte y me iba a arrastrar a sotavento. Acordándome del apuro que pasó el compañero, metí acelerador a fondo y salí parsimoniósamente, se ve que la meseta tiene pocos amantes y trata de retenerlos. Para no abusar ni de la tarde ni ahora del lector, hice una par de barrenitas y algún intento de wingover para perder altura divirtiéndome y aterricé de libro en mi colina particular,

En la cerveza de contar mentiras, una mamá de cuatro hijos, el pequeño de un añito que aprenderá a volar antes que a andar, me sorprende cuando me entero que es una experta parapentista en activo. Seguro que el guionista de Superwoman se inspiró en ella.




domingo, 10 de junio de 2012

Amariconamiento

"Quería llamar la atención sobre el carácter amariconado que está tomando este grupo en las crónicas (...) Tradicionalmente (...) se contaba alguna anécdota graciosa o se hacía alguna referencia, siempre de una manera austera y viril (...) Pero veo que el exceso de adulaciones está llenado estas crónicas. (...). ¡Compañeros! cuidemos nuestras formas, que nuestro grupo, que anteriormente se le conocía con el marcial nombre de "los Miura", no tome una imagen ñoña  ahora que somos "los Niculoso"

Este providencial correo, enviado por un leal camarada, nos acaba de llegar advirtiéndonos del peligro de decadencia en que podría incurrir nuestro selecto grupo si no corregimos severamente la deriva sensiblera que nos aqueja. Imbuido de la más ferviente voluntad de sacrificio, pongo manos a la obra con tesón, con la firme promesa de no caer en los decadentes usos literarios que han minado el espíritu de Occidente.

El pasado Jueves de Corpus Christie, tras cumplir con las sagradas obligaciones religiosas que manda la Auténtica Fé, salimos para la montañas (no nevadas en esta época) al amanecer, iluminados por un sol imperial cuyos rayos recordaban la glorias de nuestros antepasados, en cuyos dominios no se ponía el astro rey. Formábamos la patrulla el camarada Nicolas, un servidor, el amigo Antonio, vieja gloria de la aeronáutica, todos bajo la firme y sabia dirección del comandante Gaspar, que ante la baja provisional en combate de otros mandos, toma, impasible el ademán, la tutela de las operaciones. A última hora, nueva sangre voluntariosa se incorpora a la misión en la persona de Pepe Retra, cuyos diez minutos de demora se justifican por el cumplimiento de las obligaciones domésticas propias de su sexo y condición (sacar a pasear a los perros). Siguiendo las indicaciones de nuestro venerado Carlos, centramos la acción en la noble villa de El Bosque.

Diseñada la estrategia con profesionalidad y celo, manda el comandante que un vehículo automovil sea colocado en el aterrizaje y que otros dos suban al despegue, sabia decisión que es ejecutada por la tropa con prontitud y orden. Una vez en el camino del objetivo, el proceloso enemigo bloquea el acceso so pretexto de unas obras imprevistas. Nada de esto amilana a nuestro comandante que ordena, raudo, que abandonemos el transporte automotor y prosigamos el avance campo a través, con la impedimenta a la espalda, orden que cumplimos animosos. Alcanzado el primer objetivo, la cota donde se haya el despegue, indica el comandante que sean desplegados los equipos sobre el terreno para comenzar la segunda fase del plan: el  vuelo del personal. A pesar de un viento desfavorable escorado de la derecha, las maniobras transcurren sin otros contratiempos que el ensayo repetido y variado de un camarada, finalmente exitoso y de cuya análisis se sacan sabias conclusiones. Una gentil dama, adornada de las gracias y virtudes de la mujer ibérica, no duda en servir de reportera ocasional, inmortalizando la gesta con su registro gráfico. Otra noble fémina se ve obligada por las circunstancias a ejecutar cometidos instruccionales, actividad que sin duda alterna con sus obligaciones hogareñas. Una vez todos los efectivos en el aire,  cúmpleme acometer la parte de mi misión  que no es otra que adquirir el mayor dominio posible de esta ciencia vuelística para un mejor servicio a la nación. 

Tras un despegue algo peculiar, donde una súbita racha me obligó a improvisar una corrección, exitosa gracias al duro entrenamiento, subo rápido impulsado por la misma. Decido no girar la térmica hasta haberme alejado de la montaña para evitar la consiguiente colisión con su superficie rocosa, no por apego a mi vida que la daría mil veces por la causa sino por no mermar al equipo de un efectivo. En cumplimiento de mi cometido de aprendizaje, ejecuté varios intentos de centrado de térmicas, con más empeño que resultados pero con absoluta fe en el éxito.

La segunda etapa programada era ascender sobre las crestas de la siniestra, sacando el máximo rendimiento al convulso viento reinante. He de confesar que luché con denuedo contra los elementos, a los que finalmente pude domeñar, inspirado en el fervor místico que me inspira la causa. Rematé la faena con un aterrizaje hecho con la innoble parte en que la espalda pierde su nombre, alternativa que juzgué preferible a besar abruptamente el suelo patrio con el morro, cuyo resultado probable hubiera sido la perdida de mi condición de apto para el servicio. Llegados a tierra todos los efectivos sin novedad gracias a la férrea disciplina castrense de la que hacen gala, mandó el comandante rompan filas y la patrulla se disgregó cada uno camino de su casa y el Altísimo en la de todos.

El domingo fuimos llamados nuevamente a filas, acudiendo sin dudar el camarada Pepe Retra, un servidor y el camarada comandante Rafael Canal Sur, nombrado por su valor, veteranía y méritos. Bajo su sabio mando, de nuevo la patrulla cumplió con los objetivos marcados por la superioridad en términos parecidos a la gloriosa jornada anterior. Cabe resaltar la estimable habilidad del cadete Pepe Retra, que, con gracejo y donosura, alcanzó las más altas cotas vuelísticas para admiración y reconomiento de los demás, sirva de ejemplo a imitar. Un cierto momento de peligro pasó un servidor cuando, inadvertidamente, se dejó atrapar por una fuga que parecía ocluírle la salida, sin duda ardil del Maligno. Ecomendándome a la Divina Providencia, me vino la inspiración de pulsar con decisión el acelerador y el viento abrió sus fauces permitiéndome salir. Tras ejecutar un wingover en señal de agradecimiento, me dirigí hacia mi objetivo cuando vi hacerlo a mi guía el comandante Rafael, tomando tierra con la misma técnica que la jornada anterior.

A la vuelta, la fraternal plática entre camaradas de fatigas no impidió algunos momentos de serena reflexión, donde llegamos a la conclusión de cómo la Voluntad Divina a través de sencillo correo manda señales inequívocas de que es cometido ineludible de todo hombre de ley luchar contra la perdida de la nobleza baturra, contra el declive de la pureza de la raza, en definitiva, contra el amariconamiento. Pongámonos a ello sin  cejar en el empeño.

Junio de 2012, Año Triunfal.

El ondear de banderas me ha obnubilado y he dejado de mencionar al camarada Javi Bugarola, de los Bugarola de toda la vida, que fue quien el jueves, al frente de la columna, con la mirada al frente y a pecho descubierto, marchó en avanzadilla camino del objetivo. Vaya mi reconocimiento y mi petición de disculpas. Me he equivocado. No volverá a ocurrir. Palabra de honor.


martes, 5 de junio de 2012

Semana completita

El día de San Fernando, fiesta local en Sevilla, probamos suerte en un ventoso Cañete la Real con desigual fortuna. David Carrillo hizo un vuelo intenso y bien aprovechado -perdidas controladas incluidas- y yo reflexioné sobre la levedad del ser contemplando el cementerio desde la ladera, donde me quedé tras tres intentos. Uno cirros, parapentes de las almas en pena, no impedían las térmicas que elevaban a mi colega al cielo de los presentes. Lo intentamos luego en Algodonales, donde debería haber escasísimo viento, con igual resultado ya que en contra de la previsión, soplaba también fuerte. Los extranjeros renunciaron y de los nacionales solo David, alguno otro y  un par de biplaceros con los vuelos comprometidos salieron. Para que pudiera hacerlo el último, tres sujetamos la tela y dos controlaron a los que iban a volar, lo que no evitó el revolcón del piloto antes del despegue. David voló como jinete de rodeo, con un espectacular top landing que parecía que más que un parapente, tripulaba un propulsor con los que inauguraban as olimpiadas.

El viernes por la tarde, un ratito de campa en Matalascañas me vino bien para recuperar algo la técnica del despegue. No volé por que el viento estaba flojo y por que no iba a eso. Pablete y otros sí que rascaron las dunas.

Con hambre de vuelo y siguiendo las indicaciones de Carlos, el domingo nos decidimos sin titubeos por el Bosque. La patrulla estaba casi al completo -faltaba el metereólogo- incorporando a Pepe el bancario, nuevo en la plaza, Nicolas, que me cedió las fotos que publico, y Rafael de Canalsur, de buen ánimo para reemprender la actividad. Llegados al aparcamiento, los más atrevidos decidieron despegar desde donde las alas delta y los demás cogimos la veredita cuesta arriba. Subir cuesta más, pero se llega más alto. Leo, Gaspar, Paco Mesa, Pepe y yo nos encontramos un viento bueno pero desviado de la derecha que complicaba el despegue. Salí aprovechado una racha baja- para minimizar el efecto lateral- con una carrera corta y decidida.
    
Leo me había indicado que me situara sobre las piedras de la izquierda, donde el viento se enfrentaba mejor, y desde allí  intenté subir hasta la cresta de la derecha. En algún momento volé demasiado cerca de la montaña, no se que hubiera pasado con una racha imprevista, y en otro muy cerca de los árboles. No llegé a estar sobre la cresta más alta como quería. La gente tomaba altura cerca y fuera de la ladera, algunos en pleno valle e incluso sobre los pantanos. A mí se me daba bien sobre al última peña de la izquierda, ya casi en la fuga, donde llegué a estar casi a los 1400, buena cifra en mi caso. Había bastante meneo y el estabilo izquierdo plegaba a menudo, aunque tolero bien las columpiadas de las turbulencias. Intenté girar térmicas y en dos ocasiones lo conseguí en parte, pero aún no veo mentalmente su localización y las pierdo enseguida. Un par de veces salí al valle y probé las orejas de la nueva vela. Entran salen si problemas. También hice una barrena medianita, donde el horizonte giraba ante mi vista con bastante rapidez. El truco, aprendido en aviación, es mirar al horizonte, que no suba ni baje, lo que en el avión daba la clave para los giros "al plato", sin descensos ni ascensos extraños. Me sirvió para combatir el mareo y la desorientación. Los demás seguían mucho más altos, unas veces en bandada yotras cada uno por su cuenta. Me encontré con Gaspar cerca y cuando lo volví a mirar unl instante después estaba cien metros más arriba y sobre donde yo no me hubiera atrevido. Hice un aterrizaje de semiprecisión con una aproximación de ochos clásicos. Desde que enganché medio ala en un olivo, llego al aterrizaje con mucha altura. Una compañera habitual de vuelo nos alegró la jornada con la frescura de su atuendo, que este deporte está saturado de portañuelas y pechos planos, para desdicha de los heteros.

Tras una tertulia cargada de rabiosa actualidad política donde nadie convencía al contrario de nada, animé a Adrés y a Nicolás a subir otra vez, para aprovechar la restitución. Con la nueva subida del repechito pagué la penitencia de los dulces caseros del café. Saludé a Jota que estaba de curso, y acordamos buscar fecha para la clase particular de térmicas en biplaza que tenemos pendiente. El segundo vuelo fue bonito en lo paisajístico pero pobre en lo aeronáutico pues el suelo no me restituyó nada, aunque la ladera me mantuvo un ratito y el descenso fue suave. Estuvo bien el aterrizaje, un poco antes del punto previsto. Mereció la pena.

A la vuelta, una luna llena pletórica convertía la noche en penumbra plateada, como animándonos a seguir volando en su homenaje. Esta novia desairada está pidiendo a gritos que un selecto grupo de caballeros parapentistas la cortejen al son de la brisa y al ritmo de los vaivenes. A ver que hacemos en el próximo plenilunio , que el despecho de la luna puede traer funestas consecuencias.

lunes, 28 de mayo de 2012

Dos vuelos

La semana parapentera comenzó el viernes de la anterior con la presentación en el congreso de Podología Deportiva del vídeo a cámara lenta del funcionamiento del pie en el  parapentista. Sin ser el mejor material posible, sí se aprecian elementos de interés, como la conveniencia de llevar botas específicas para este deporte y la necesidad del estiramiento previo de las musculatura, especialmente del triceps. También convendría desentumecerse un poco antes del aterrizaje aunque sea en la propia silla ¿dónde si no? sobre todo si el vuelo ha sido largo y relajado. La comunicación despertó un gran interés, especialmente cuando alguien se pegaba una  piña, aunque también causaban admiración los despegues con el valle al fondo. Cómo muchos de vosotros, pienso que el momento más intenso del parapente es ese en que los pies dejan de ser base para convertirse en péndulo.

El martes aproveché la coyuntura laboral en la enseñanza para darme un vuelo reivindicativo acompañado de Javi Buga. Estaba de Montellano, fuertecito, así que nos quedamos en el despegue de abajo, donde yo ni llegué a salir. Echamos de menos la avanzadilla de Andrés el Valiente, que siempre nos indica cuando y hacia donde. Subimos al de arriba y decidimos esperar. Cinco deltas aparcadas en formación daban imagen de portaaviones a la zona. El segundo francés que salió hizo un giro prematuro y una ráfaga le levantó aun más la semiala elevada por el alabeo, por lo que terminó entre matorrales treinta metros más allá, a pesar del rápido intento de corrección del piloto, con estruendo aparente de tubos y huesos rotos. Afortunadamente solo fue un buen susto con pocas consecuencias. Según Buga debió haber picado a la vez que corregía, pero yo creo que no le dio tiempo.
El área se fue llenado de alemanes que iniciaron los despegues, haciendo una demostración, algunos, de como las alas despegan solas a pesar de los errores de sus pilotos. Bea la instructora, admirada, daba fe. Me decidí cuando el viento había bajado demasiado e hice un primer intento torpe, con amago involuntario de girar en sentido contrario. El segundo fue perfecto pero la ladera no tiraba nada, a pesar de dirigirme a la izquierda, de donde se cruzaba un poco. A cada pasada veía el despegue más alto y hubo un momento en que estuve rascando las copas de los árboles. Lo intenté en la ladera de abajo, pero nada. Lo mejor fue aterrizar más o menos donde finalmente decidí. Recogí y subí hasta el despegue inferior, sabiendo que bajar sería más fácil y la recogida más rápida, cabezón que es uno. Paseo hasta la fuentecita, donde practiqué inglés con un nativo hasta que se cansó de malentenderme. Algunos, Javi incluido, le sacaron una buena media hora de vuelo a la tarde.

El finde tocaba playa en Sancti Petri  y cargué el equipo por si acaso. El viernes ya tarde me acerqué a Vejer, donde estaba perfecto. Abajo recogí al único que pinchó y subimos mientras me ponía al corriente de las características de vuelo. Arriba estaban cinco o seis, amabilísimos todos. El despegue es una zona muy reducida y plana, con gran escalón a la espalda, pero si se levanta bien se despega sin necesidad de correr, tampoco se puede. El vuelo es bonito, con el mar de fondo. Otro intento torpe, ayudado por un local, sin saber ninguno de los dos por qué se vino abajo la vela. El segundo fue mejor, aunque el colega me advirtió que subiera las manos. Con dos pasos adelante estás en el aire.


El viento estaba en su punto y nos mantuvimos en el borde de la planicie sin dificultad, sobrevolando los empinados trigales, alguno ya cosechado, y las dehesas de la ladera aprovechadas por las bacas. Una linea eléctrica limita el recorrido por la zona del pueblo y una fuga por el otro lado. Enmedio, casi un kilómetro de recorrido sobre un atardecer precioso, con las playas del Palmar al fondo, Conil a lo lejos y los montes llenos de molinos a la derecha, Un colega no paraba de aterrizar y salir desde el propio despegue. Yo lo ensayé varias veces en un sito aparentemente apropiado más allá pero le tengo mucho respeto a los rotores, así que, considerando la hora de cierre del restaurante del hotel, descendí hasta al trigal segado más próximo a la carretera. hice un aterrizaje de manual y conseguí estar de nuevo arriba enseguida para recuperar el coche, la primera vez que hago autostop cargado con el mochilón. Llegué a tiempo de la cena por poco. Podía haber volado otra vez ayer, pero al igual que el león que retozaba cerca de una cebra tras haberse comido una gacela, ya estaba satisfecho.
Hablé con Carlos, de cuya evolución clínica hemos estado al corriente sus colegas más cercanos, alegrándome de su lenta pero segura mejoría. Como en cualquier grupo, en este nadie es imprescindible y todos necesarios, aunque alguno más que otros. Y es que como dijo aquel, todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros, dicho esto sin el sentido peyorativo que tiene la frasecita.

La vuelta a la urbe atravesando Cádiz casi entera, la confirmación de que, junto con Asturias, es la provincia más bonita de España, sea cual sea la hora en la que se contemple. También la que tiene más paro, pero la belleza no se la quita nadie.

domingo, 13 de mayo de 2012

Unos que viene, otros que se van


A correos llevé el paquete mal liado que envolvía mi Nova Artax camino de Toledo y de correos recogí dos días después una caja cuadrada que contenía mi nueva Nova Rookie procedente de Galicia, tal que si la oficina postal fuese funeraria y maternidad a la vez, unos se van, y otros vienen. Me despedí con nostalgia de la primera y recibí con alborozo a la segunda. El salón de casa no es buen sitio para inspeccionar pero aun siendo usada, se ve que está bien. El color conserva cierta viveza y no se ven desperfectos por parte alguna. Completaba el envío unas bandas de paramotor y una magnífica mochila que ha sustituido a la anterior, ya ajada por el uso. El sábado por la tarde, la primera ocasión disponible, tocaba probarla.

Quedé con mi tercer hermano, feliz poseedor de un recién estrenado título de instructor de ultraligeros y de una aeronave de tal definición con más experiencia en sus tubos y telas que prestaciones. Venía con un colega de vuelo y a ambos engañé con el pretexto de conocer el ambiente parapentístico y con la intención real de que bajaran dos coches desde el despegue. Afortunadamente les gustó y eso que, en levante,  el día estaba tonto del culo y todo despegue era un planeo sin más. El personal habitual de mi patrulla no se hayaba por allí pero pude saludar a algunos colegas que llevaba semanas sin ver. Los que estaban lucían un llamativo camuflaje facial de pared, producto de una impenetrable capa de crema protectora. que les daba aspecto de prepararse para asaltar los pueblos blancos o de interpretar el papel de ánimas el día de difuntos. Ni el sol ni el verano, por cierto, parecen notar la crisis.

Desplegué el ala y apareció como me la esperaba: limpia, sin ningún problema y con las bandas similares a la Artax. Después de un par de preinflados me volví y corrí lo que pude pues apenas había viento y la pista se me acababa. Tras de un segundo contacto con el suelo, salí raspando los lentiscales cuando casi me veía dando un barrigazo. En el aire la vela vuela fina, sensible a los mandos, girando de manera alegre, pero sin insinuación de plegada ni pamplinas semejantes. Todo el vuelo fue un bajar continuo, pero disfruté del ratito, haciendo giros cerrados y observando con envidia a los más expertos que parecían prendidos de un tendedero invisible en las alturas. Como es habitual, levante estaba movidito y varias veces, al rozar una térmica que daba más por saco que otra cosa, sufrí unos meneones respetables a los que ya me he acostumbrado. Me pareció un ala especialmente ligera, si no en velocidad sí en agilidad, sintiéndola segura a la vez. Es una 1-2 baja de un diseño relativamente reciente, aunque creo que está ya descatalogada. Lo pasé bien en ese poco tiempo, y hasta pude ver como la tarde avivaba los tonos del valle, revitalizando con su luz trigales, floresta y pantanos. Ensayé un aterrizaje de precisión en lo alto de la lomita y casi lo logré a costa de un culazo, lo propio de estar desentrenado en aterrizar sin un nudito de viento en contra. Noté que, por más que bajaba los frenos, frenar no frenaba, pero conste que había calma chicha.

Mientras esperábamos la recogida, nos tomamos una cervecita helada en un chiringuito improvisado en el cortijo. Laura, creo que así se llamaba -la misericordiosa le añadiría yo- ha colocado una mesita de playa con unas neveritas debajo, repletas de lo que más apetece; cerveza, cola, refrescos, etc., con un cartel bilingue que los anuncia, proyección internacional, oye ¡Estos son emprendedores y no los de la Cámara de Comercio, bravo por tí, Laurita! Me zampé un cervezón -castigo a mi barriga talegera- y mis dos conductores otros tantos. 
El regreso, adelantado por culpa de RENFE, un reencuentro entre hermanos que charlan de la realidad de la vida desde su medio siglo, lo mismo que antes hablaban de sus anhelos desde sus quince años. ¡La vida es un suspiro! decía un viejo amigo, ¡Suspirémosla, intensa y lentamente! Después, me puse a pensar cómo las habilidades del vuelo pueden servir para fintar las lenguas que gastan puñales, que no todo el mundo practica el parapente.

martes, 8 de mayo de 2012

Nubes y claros


Un cielo indeciso en nubes (casi todo el catálogo) y claros nos recibió en poniente el domingo, donde llegamos gracias el coche-patera del Pacomesa. Hacía frío por momentos y, como otras veces, los veteranos las veían venir. Un grupo de alumnos de progresión de  Lijarsur amenizaba la espera, recordándome los todavía recientes tiempos de levantadas, panderazos y vuelta a intentarlo. Aproveché para grabar, con fines científicos, todo un repertorio de despegues fallidos, donde los pies, objeto de mi estudio, adoptan posturas inverosímiles. El aire estaba tontorrón -guarrete en el argot- y costaba subir, tanto que incluso algunos experimentados no lo consiguieron.

Ya de los últimos -me da tranquilidad ver un rato la actuación de los demás- salí con un despegue aceptable. Después de evolucionar cerca de la ladera un tiempo con no mucha altura probé suerte en el valle, por encima del aterrizaje, y fui bajando cada vez más, aunque con intentos de mantenerme aprovechando cualquier alarma del vario. Aun no me he tomado en serio la faena de centrar térmicas y me limito a frenar un poco cuando las atravieso y a dejar que la vela se acelere en las descendencias. No tengo problemas con las turbulencias, ni me inmuto cuando un chupinazo inesperado nos revolea a mí por un lado y a la vela por el contrario. Hice fotos de la tela en vuelo porque me las pidió el comprador. Efectivamente, ayer volé por última mi familiar trapo, que aunque esté de buen uso, toca renovar por cuestión de prestigio social en la clasista (jejeje) sociedad parapentista. Puede que eche de menos esta aeronave (con todas la letras) con la que, amante mimosa y entregada, he compartido tantos ratos de placer y también algunos de infortunio, como la vida misma.

El aterrizaje, en la parcela de mi uso y disfrute fue decentito, sin pegar con el culo. Ya en tierra pude seguir por radio la aventura de Andrés V. y Gastón que, como habían maquinado, intentaban hacer cross hasta Ronda. Para ellos será una cosa cotidiana, un abrir boca pensando en la gran temporada que se aproxima, pero para mí es un sucedáneo de la odisea colombina. Según oía, a 1500 metros se lanzaron a favor del viento y no pararon hasta su destino. En la zona el ambiente estaba relativamente tranquilo, algo animado por los alumnos que hacía campa y se corregían los unos a los otros bajo la mirada de Paco el Largo que parecía dejarlos que aprendieran por si mismos. Parte de la patrulla de Triana remontamos otra vez y nos disponíamos a salir cuando el viento arreció un tanto y le hizo dar un traspiés al Pacomesa, que empezaba la luna de miel con su nueva vela. El mismo viento, con sus respingos, hacia graciosos los intentos de otros.

Cuando se calmó un poco me animé a despegar con una técnica también aceptable y empecé a subir bastante. No pasé de los 1200, que para mí ya está bien sobre todo cuando veía a otros más bajos. Estuve un buen rato disfrutando junto a la ladera, subiendo y bajando, rara vez debajo de la cota de despegue, y sorteando alumnos. Me percaté de lo anárquico que se vuela aquí, donde nadie parece respetar las reglas de trafico aéreo (los que tienen la ladera a la derecha deben pasar por dentro) y donde hay que estar más pendiente de la trayectoria en ruta de colisión de los neófitos que del vuelo como tal. Estuve un tiempo cerca de Paco, cuya vela, al igual que la mía, hacía plegaditas cuando alguna térmica la enrabietaba. Me fijé en el pantano, hoy de un intenso azul turquesa en palabras de Gaspar, y no conseguí sacarle el color pero se veía muy bonito. Si conseguir sacarle una foto. Las recientes lluvias habían restaurado el viejo lienzo de la naturaleza, eliminándole esa patina gris que produce el polvo y la calima, y los verdes lucían muy verdes y los ocres, más ocres. Cuando todavía se volaba bien me dirigí al aterrizaje. Decidí seleccionar un punto de mi parcela y aterrizar en él. Lo hice a unos diez metros de la diana, señal de que voy adquiriendo precisión. 

La tarde se fue aclarando, como si los ángeles del cielo hubieran comprado todo el estocaje de nubes de la mañana, penando que mercancía tan exuberante no se encuentra todos los días. Sobre un manto de grama  musgosa y minúsculas florecillas plegué con todo esmero mi vela, esperando que su nuevo propietario la disfrute. Al regreso apagué la sintonía de la radio y sintonicé con el compañero, con el que practiqué el grato deporte de la conversación sincera e inteligente que, después de la ayuda a los demás, hacer el amor con la mujer de tu vida, y volar en parapente, es una de las sensaciones más gratificantes que existen: barato, sin riesgos y no parece que canse.