martes, 10 de julio de 2012

El Yelmo interior

El buu buu de la labadora como música de fondo me acompaña en este momento de relax después de la trabajera sin remunerar del Yelmo.  Ochocientos kilómetros, más la tensión de tratar de despegar a casi mil metros del aterrizaje, con un viento con contrato temporal, más un pateo campo a través entre otros muchos esfuerzos psicomotrices cansan en mis estrenados cincuenta y cuatro julios, lo de "abriles" ya no pega. Y luego propone alguno que nos vayamos de canchondeo a la discoteca ¡más horas extra, te quieé i'yaaah!!!
Mis tres vuelos han ido de más a menos y ha habido de todo. El primero, el mejor, de apenas cien metros sobre el despegue, con el vicio de contemplar el intradós de las demás velas como si fueran piernas bajo faldas. Buen despegue, pero aterrizaje en la pista de los torpes con aviso de la columna de que o la dejo tranquila con los culazos o me voy a enterar. La altura, aunque poca, me permite disfrutar y hacer fotos. 
El sábado de mañana, ventoso y, para mí, de poco tiro. Estuve luchando contra las descendencias apoyándome en la cuchara que forma el farallón de la izquierda con la cresta.
 Una ascensión ocasional que daba complejo de nata montada al que se metía allí: se subía a base de "efecto batidora". Cuando no funcionó tuve que buscar pista con viento de costado y rotorizado por los árboles, dando un costalazo en el único hueco sin pedruscos del suelo. Para ejercitarme, a las dos de la solanera abrí nueva ruta entre el campo de los torpes y  la concentración, atravesando olivares, rastrojos, zanjas, bosque y arroyuelos, que nadie, ni antes ni después, ha vuelto a transitar.  El destino, el santuario de San Gambrinus de la Cruzcampo y su fuente milagrosa, a uno con cincuenta euros la cañita. Esta peregrinación hecha con fervor equivale a cinco caminos de Santiago.
El sábado por la tarde lo intenté de nuevo con un viento embravecido, casi de sur. Los de acro hicieron maravillas con esas velas de talla infantil pero yo tuve bajé por la ruta terrestre, que acongoja más que la volable. Los Andrés  y Pepe Valiente, Pacomesa, Rafel Canalsur, Leo   y demás, salen sin problemas e incluso les cuesta bajar. El domingo pruebo una vela de último diseño, la Zenit que tiene en venta David Carrillo. Despegué sin viento al segundo intento y planeé hasta mi pista. Va como un torpedo y se maneja muy bien pero es mucha velocidad para mí, todavía me falta para pasar de categoría, el aterrizaje, pufff.


El ambiente ha estado bien, a pesar de "la cosa". La feria, animada aunque con menos asistencia. Buenas exhibiciones oficiales: acro desde un castillo cercano, también sobre la concentración, saltos base, paramotores, etc. No faltaron los popes del deporte -Raul Rodríquez, Llorens, Pitoco- tanto en paramotor como en libre, ni las casas comerciales, aunque menos que el año pasado.
El problema es que no se podía estar en todos los sitios a la vez y si te ibas a volar te quedabas sin espectáculo. David Carrillo y Jota se permitieron ver el acro desde arriba, volando, a costa de aterrizar en su momento cerca del castillo.



También hubo exhibiciones oficiosas, con algún colega enroscándose en la altura con esas barrenas desesperadas que llaman SAT, otros despegando y  haciendo top landing, ofendiendo a la ventolera, y los demás cogiendo térmicas VIP (Very important Paraglider) a las que yo, lógicamente, tenía vedado el acceso. El bar, pelín caro,  los bocatas grandes y el arroz bueno. Los de la peña de Niculoso (entiendase del Club Parapente Sevilla) disfrutamos de todo sin meternos con nadie, especialmente de la contemplación -con mirada de alerta radárica- de las poco numerosas féminas que por allí habían, se nota que la sangre a esta edad también está a punto. No faltó animación, oficial u oficiosa. Por la noche, liturgia aeronáutica con buenos documentales de aeroficción -imposibles- y ofrendas al santo del lugar bebiendo su agüita amarilla. Fue en uno de esos momentos de camaradería cuando Pedrete Miralles me contó, a medio voz, su sorprendente odisea:

"Quise exprimir la tarde al máximo y cuando ya todos, casi de noche, planeaban camino del aterrizaje conseguí elevarme un poco e inicié el último SAT de la jornada. Sin darme cuenta, me desplacé sobre la vertical de sotavento y al salir de la maniobra me atraparon los rotores. Descendí rezando y dando tumbos y cuando toqué tierra noté que seguía deslizándome hacia abajo, magullándome piernas, brazos y cara. Había caído en una especie de chimenea vertical que me tragaba. Un golpe en el mentón debió dejarme inconsciente. 
Recuperé el sentido y me pareció estar en el paraíso de los musulmanes. Cinco chicas vestidas como Afrodita me limpiaban los arañazos y una mujer más madura, guapísima también, dirigía y observaba. Les pregunté que en que hospital estaba y la señora me dijo que había entrado sin ser invitado en la Gran Gruta ¡Era asombroso! Todo el Yelmo está hueco de manera natural, creando un espacio interior de límites fantásticos, cada uno de una forma y color diferente, y una temperatura agradabilísima. Una comunidad compuesta solo de mujeres vivía aislada en su interior. Recuperado, la dama encargó a dos de las chicas que me enseñaran el lugar. Subiendo por senderos y pasarelas, alcanzamos la parte inferior de la cumbre donde, fascinado, contemplé una pista de despegue sobre la que varias chicas estaban saliendo. Los parapentes eran finísimos, de un blanco brillante, igual que su escuetas túnicas. - El tejido es de tela de araña, fino, suave y resistente, igual que nuestras túnicas, me dijeron. Me colocaron uno y saltamos los tres, ejecutando una barrena en triple espejo en la que ellas se acompasaban a mis evoluciones.
Una suave luz que penetraba por tragaluces a modo de troneras iluminaba el amplio espacio por el que volamos durante diez minutos. Cuando tomamos tierra, mis compañeras de vuelo me llevaron de la mano ante la señora que, sonriendo, me habló: 
- Has invadido nuestro mundo secreto, aunque no por tu voluntad, por lo que te dejaremos vivir. Pero tiene un precio. Eres un buen mozo y necesitamos varones reproductores. Lleváoslo y asegurad el resultado. Ponte este amuleto al cuello para que no falles. Tres veces con cada una ¡Ni te cuento, tú!
Cuando terminamos, agotados, las chicas me vendaron los ojos y me condujeron por complejos vericuetos hasta que en cierto momento sentí aire fresco. Me ataron las manos delante, me colocaron mi parapente y sin quitarme la venda me hicieron correr hasta que me vi en el aire.
- No te desates ni te quites la venda hasta que pasen cinco minutos, volarás recto hasta entonces, me gritaron a modo de despedida.
Y aquí estoy, asustado pero con unas ganas irresistibles de volver a encontrar el agujero por donde entré, aquello es una maravilla..
- Pedrete, tu has fumado algo o te está viendo el psiquiatra, mira que lo que dices es muy grave: ¡Que el Yelmo está hueco y habitado por una comunidad de mujeres, que dentro vuelan en parapente de telaraña, eso es una locura! - Tu sabes de sobra que nunca he desvariado, y ¿cómo te crees que me he hecho estos arañazos? Mira la prueba, aquí está el amuleto que me regaló la gran dama.
Y me mostró una figurilla símbolo de la fecundidad con una funda y una cuerda a modo de collar que desde luego no se compra en ninguna tienda de hippie. Parecía auténtico."

domingo, 1 de julio de 2012

El hombre que abrazaba a los árboles

Quince días sin volar son muchos días, casi tantos como de abstinencia en lo que más guste, a saber cada uno. Los hay que no pueden resistirse a hurgarse en la nariz, que por cierto, puede ser hasta terapéutico. El sábado, contra el plan previsto, me uní a un selecto grupo de Sevillanos (Andrés, Gaspar y Leo) camino de el Bosque, sin saber si el viento nos dejaría volar. Los expertos se quedaron abajo, en el despegue de las delta y el prudente y el neófito subimos al de arriba. Descubrí una nueva ruta de acceso pues si en determinada bifurcación tomas la que va hacia abajo terminas en la parte inferior del repechón de la subida empinada, para empezar de nuevo a escalar. Es paralelo al camino, menos cómodo pero más pintoresco: si alguien quiere lo acompaño... sin cargar con la mochila.

El viento racheado y cruzado por momentos nos hace dudar. He aprendido que lo mejor es preparar y esperar a que baje la intensidad. Reviso los cordinos a conciencia, una segunda corbata seguida sería de imbéciles. Le he tomado el tranquillo a los despegues con viento -tocaremos madera- y hoy salgo bien, dirigiéndome a las piedras de la izquierda a la vez que subo hasta los mil, que fue lo más alto que estuve. La atmósfera estaba "guarrilla" con constantes  plegaditas de estabilos que no me preocupan. El exceso de peso -hoy llevaba hasta los cargadores de la radio y el vario- no me dejará subir, pero asienta la vela un montón. Un par de alumnos avanzados de Lijar Sur vuelan constantemente por encima mía, lo que mosquea un poco, no por la escuela, sino por ser ellos de escuela. En cierto momento, uno se mete en el venturi de en medio y le cuesta salir. Empiezo a entender: si a la falta de habilidad para aprovechar las térmicas se une el exceso de peso y la evitación de las zonas prohibidas (fugas de los extremos, venturi y la parte posterior de la montaña) me autolimita para subir. Se que podría seguir la vertical de la cresta sin meterme en los rotores, pero no me fío de las rachas, aunque llevo siempre el acelerador preparado. Los otros tres de la cuadrilla andaban perdidos por esos cielos de Dios, incluyendo a Gaspar, que tardó en despegar pero cuando lo hizo subió rapidísimo y para atrás como los cangrejos, tal era la fuerza de la racha. Enseguida estuvo a la altura de los otros, en esos espacios al que solo tienen acceso los iniciados, que en esto del vuelo  la estratificación social es bastante literal: unos arriba y otros abajo. Hago un intento de salir al valle pero no encuentro nada. Al segundo, tampoco, así que me dispongo a aterrizar mentalizándome para usar los pies, viendo como Gastón me adelantaba en el descenso barrenando hasta casi taladrar el suelo como un sacacorchos, para luego no tocar tierra y volver a subir, seguro que hay pacto con el Diablo por medio. Tres vueltas a los frenos, manos al fondo y en el último instante, culazo que te crió. Definitivamente, creo que es fobia a cargar mi rodilla izquierda -la del accidente de moto de cuando tenía 20 años- además del vicio de aterrizar con ultraligeros. Andrés y Leo, que lo vieron, no entendían porqué no saqué los pies. Muy buen vuelo, de todas formas.

A las siete, vuelta para aprovechar la restitución. Me inclino por la subida clásica, una vez explorada la alternativa, esta pierde interés, y sigo a Gaspar como perrillo faldero. Abajo quedaron Gastón Andrés y Leo, junto a un par de alas delta. Uno de los pilotos de estas era casi septagenario, diría yo.
Toda la promoción de Lijar Sur estaba arriba, no se cabía, pero cuando pido pista, me hacen sitio. Vuelvo a despegar bien, aunque solo noté presión al final de la carrera, quizás la racha bajó demasiado. Esta vez pretendía subir al crestón de la derecha, así que cuando tomé altura en la de la izquierda, la fui sobrevolando. Localicé a Leo y por radio le dije que intentaría seguirle, a ver así pillaba alguna térmica. Nos adentramos en el valle, yo debajo y detrás, parecía estar remolcado por un cable invisible. No tuvimos suerte y nos volvimos con doscientos metros menos, como si mi torpeza hubiera lastrado su vuelo.  Andrés me dijo por radio algo de la cresta, entendí que no la sobrepasara, aunque era justo lo contrario, pues ya no habían rachas y podría subir mejor encima de ella. Hice algunas fotos, sobre todo de Gaspar. Cuando el sol estaba más bajo de lo acostumbrado giré hacia el valle y en lo alto del campo de aterrizaje vi algo asombroso. Un parapente cubría casi la mitad del único árbol que había allí. Después he hecho el cálculo considerando el tamaño aproximado de la finca, y la estadística es de una posibilidad entre once mil ciento once de que alguien aterrice en ese árbol con los ojos cerrados. Algo habría pasado que me llamaba poderosamente la atención. Volví a tomar tierra con mi técnica personal, estoy por vender la botas y volar con chanclas, para lo que me sirven.



En la larga espera para la recogida, movido por la curiosidad localicé al piloto del árbol y esta es su historia, contada de su propia boca.

"Yo nací en la Argentina, che, hijo inesperado de mi madre y de su cuarto marido. Mis hermanos, mucho más mayores, se criaron juntos, compartiendo bandoleones, chirusas y cumparsitas. Yo siempre anduve yeta y orbitado, pues mi mamá solo tenía ojos para su quinto y su sexto marido. Mi único refugio era un árbol triste y solitario como yo,  en plena Pampa. Me hice una casita en sus ramas y allí me pasaba las horas y las horas, viendo desde lo alto cómo los gauchos lanzaban las boleras desde sus caballos a galope tendido. Un día de tormenta, un rayo punga me partió el árbol y a mí el alma, vos no podéis imaginar lo que sufrí. Desde entonces, mi anhelo, pibe, fue encontrar a su hermano gemelo, pues cada cosa en la naturaleza tiene su replica en otro sitio, eso me enseño un sanador mapuche que me curaba unas cagaleras, con perdón. 

Estuve meses y meses navegando por Google Earth, hasta que lo encontré. En un lugar del sur de España había un rancho grande con tres árboles juntos a un lado, y uno solitario, pequeño y cachuso al otro ¡entedés, che, la analogía! Era mi propia historia. Decidí que tenía que ofrecer lo mejor de mi mismo a ese hermano, a ese otro yo. Cómo no tenia plata para venir a España, dejé a mi familia y me hice pasar por nieto de desaparecidos para sacar gita. La abuela a la que le hice la mula me decía -¡en lo demás no os parecéis en nada, pero los ojos son igualitos, igualitos!

Me acordé de los atentados de las torres gemelas y tracé mi plan. Iba a hacer lo mismo pero al revés, en vez de destruir, construiría. La aeronave ideal, un parapente, porque además de ultraliviano su vuelo es limpio y puro y mientras se desliza, sus telas pueden recoger toda la energía que fluye de la madre tierra hacia la atmósfera, ¡que mejor ofrenda que el abrazo de un parapente! Localicé una escuela del lugar y tomé un curso. El instructor me decía-¡Pero antes de hacer aterrizajes de precisión, tendrás que aprender a despegar, no! -Que no, que no, que solo me interesan los giros y acertarle una torre, digo a un árbol. Me costó una trabajera convencer a la Guardia Civil de que no era un terrorista. -¡Yo solo mato de amor, señor agente! 

Y después de muchos ensayos en otros lugares para no dar pistas, llegó el gran día. Me había duchado con esmero para purificarme y me había vestido con ropa de algodón teñido con tintes naturales. Invoqué a la Energía Cósmica y me fui al aire concentrado en mi misión. Allí estaba la finca, tal como la había visto en sueños tantas veces. En un extremo, los tres árboles mayores, engrupidos y fuleros, y en el otro, mi árbol, cachuso y solitario. Me fui aproximando haciendo ochos y cuando ya casi lo tenía al alcance, una racha traicionera desvió mi trayectoria. En el último instante, sacando fuerzas no se de donde, hice un giro extremo y conseguí que al menos parte de la vela abrazará a mi arbol, a mi otro yo. La misión estaba cumplida.
- Y ahora que va  a ser de tu vida, ***** .(omito el nombre por discreción).
- He encontrado mi destino. Desde ahorita mi laboro consistirá en encontrar a todos los árboles solitarios del mundo y y darles mi abrazo de solidaridad.
- Pues ánimo, porque en el Amazonas habrá cada vez más árboles así".



Ruta probable que siguió el hombre que abrazaba a los árboles


La vuelta, ya tarde, con la sensación, como dijo Gaspar, de traer limpia el alma.

jueves, 28 de junio de 2012

El piloto del arcoiris

Un fuerte resfriado de verano me ha retenido este fin de semana en tierra, que conozco mi cuerpo serrano y si me pide descanso, mejor dárselo. Mientras me reservaba en mi estudio, recibí una llamada de Kasparellus que me habló con cierto misterio de una buena historia que contarme, que si le invitaba a una copa. Le contesté que si se conformaba con algún tinto joven o una infusión, bien, y si no que él mismo se trajera el bebercio. A la hora acordada apareció con una botella de J&B, unos 7Up, una bolsa de hielo y un cuarto kilo de pistachos. Dio en el clavo, todo me gustaba y nada de eso tenía. Tras un primer cubata comentando vaguedades, adoptó una actitud trascendente y empezó a narrarme la siguiente historia, asegurándome que era la primera vez que hablaba de ello.

"Hace unos diez días estrené mi nueva Ellus 4. Subí con todo el grupo a Poniente de Alogodonales, donde el viento estaba muy de norte y el personal optó por intentar despegar desde la piedra (norte) cuando aparecieron en el horizonte las primeras velas que habían salido de allí. Yo estaba entusiasmado con mi equipo y me dediqué a instalar el acelerador y a comprobar los detalles de la nueva ala. Un rato después de quedarme solo lo tenía todo preparado y, aunque el viento seguía fuerte y bastante cruzado, algunas rachas más ligeras y mejor orientadas me animaban a despegar. Me sentía optimista y con fuerza para superar cualquier inconveniencia climatológica. Era, no obstante, un día raro en que un frente frío amenazaba con perturbar más la atmósfera, aunque finalmente no tuvo consecuencias visibles para el conjunto de los mortales.

En el momento propicio, tiré de las bandas "A" y la vela, como si adquiriera alma en ese instante, despertó con una levantada perfecta, contenta como un cachorro acariciado. Giré y a los dos pasos estaba en el aire, elevado con la decisión de quien tiene todas las fuerzas intactas. El ala parecía responder al pensamiento, girando, planeando y ascendiendo, comandada casi por telepatía, pues a  la mínima insinuación en los mandos obedecía con agilidad. No le he perdido el cariño a mi vieja vela, pero hay que reconocer que esto es otra cosa, ¡ya me tocaba! Entusiasmado por un vario contentísimo, que parecía estar festajando la nueva cabalgadura, empecé a subir a más tres, más cuatro, más cinco, más seis, más siete, y cuando me di cuenta me hallaba debajo de una nube que parecía haberse formado de repente, pues ni yo hasta ahora ni mis compañeros antes nos habíamos percatado de ella. El fondo era plano y oscuro y la parte superior no era visible, ya que era muy alta y yo estaba en su vertical. Por una vez me dejé guiar por el atrevimiento de llevar un parapente inmejorable y me sumergí de lleno en la densa masa vaporosa.

Al principio el vuelo era estable, con un ascenso rápido aunque controlado y yo me encontraba animado, pensando en la suerte de estrenar la vela con una subida record. Apenas veía nada pero no  estaba desorientado pues recordaba los giros y cambios de dirección que había hecho desde que entre. Pero la turbulencia fue aumentando rápidamente y pronto perdí el sentido de la posición a medida que el parapente empezaba a galopar más que a trotar. La vela cabeceaba de un lado a otro y de delante hacia atrás y yo penduleaba en todos los sentidos en un sin fin de wing over incontrolados. El frío arreciaba -venía con ropa de verano- y enseguida apareció  la lluvia, más frío y finalmente el granizo, al principio en granos pequeños, después más grandes, que me golpeaban con violencia. Los fogonazos de los relámpagos y el ruido ensordecedor de los truenos me trasladaban a una batalla naval nocturna donde el vapor casi impenetrable de la nube emulaba la atmósfera asfixiante del humo de pólvora quemada. Fui pasando del miedo al pánico, del pánico al terror desbordado y me vi rogando a gritos a Dios, a toda la Corte Celestial que me socorriera, que perdonara mis pecados, que yo me arrepentía de todas mis faltas, jurando y perjurando que si salía vivo nada sería igual: no volvería a tener la osadía de ignorar los avisos de la Providencia, no volvería a emitir juicios radicales e irracionales cuando analizará la vida pública, sería un hombre nuevo..., ¡Oh Dios mío, si me sacaba de este infierno gaseoso! Un relámpago, madre de todos los relámpagos, me encegueció y un trueno, con el bramido de diez mil truenos, me ensordeció, quedando inerte y aturdido, a merced de la Divina Providencia.

No se cuanto tiempo pasaría desde que perdí la conciencia pero cuando la recobré me encontréaba volando suavemente en una bruma que parecía la neblina de una mañana soleada. Por encima vislumbraba un cielo azul claro y no quedaba rastro de la tempestad anterior. El sonido de la brisa tañendo el arpa de los cordinos había sustituido a las explosiones broncas de los truenos. Notaba paz y tranquilidad interior, apenas ensombrecida por la incertidumbre de no saber donde me encontraba. De pronto, algo más adelante y a mi derecha, observé a otro parapentista, que me miraba sonriendo. Pilotaba un parapente antidiluviano, cuadrangular, sin estabilos, con cajones inmensos de colores chillones, cada uno con una gama del arcoiris. Vestía un mono de esquiador igual de brillante y se cubría con un caso de futbol americano. Lo más extraño es que volaba
con una perfección sobrehumana, haciendo giros irrepetibles que no obedecían a las leyes del vuelo, menos con un parapente tan primitivo. No veía a nadie más en el aire y el suelo seguía cubierto por una densa masa, por lo que me acerqué a él, mientras pulsaba el micrófono. -Hola compañero, estoy perdido, ¡me puedes ayudar! -Hello, body, I'm lost, can you help me? La radio siguió en silencio pero vi -la distancia visible alrededor y hacia arriba era infinita- que me hacía señas de que le siguiera, y así lo hice.

A  los pocos minutos sucedió lo más sorprendente. El misterioso piloto se acercó a la cara superior de la nube, en una zona especialmente oscura y se dispuso a aterrizar como si aquello fuera una superficie consistente. Incrédulo, vi como metía frenos a fondo, sacaba los pies y se posaba sutilmente, deslizándose la vela detrás como sábana soltada de sus pinzas. Mi entendimiento se negaba a admitir que aquella planicie de vapor de agua se comportara como un portaaviones pero lo estaba viendo con mis ojos. Desde abajo, el piloto  me indicó con un gesto seguro que hiciera lo mismo. Confuso y confiado a la vez, dirigí mi vuelo hacia el rellano donde había aterrizado y repetí su gesto, tomando contacto con un suelo firme, algo flexible, con la consistencia de un colchón duro, perfecta para aterrizar. Los pocos pasos que di levantaron una leve neblina y la tela se aplanó en aquel campo imposible, quedando semicubierta por un manto nebuloso. Me desabroché la silla y me dirigí hacia el fantástico personaje para agradecerle mi salvación. A mitad del trayecto me detuve cuando me señaló hacia un lado y, nuevamente sorprendido, vi un como en esa dirección se había formado un enorme agujero por donde podía contemplar, desde muy alto, el paisaje que me era tan familiar: el Mogote, Algodonales, los pantanos, la Muela... Mi salvador, sonriendo, me indicó que debía despegar sin demora. Le di las gracias con un gesto y me volví a colocar rápidamente el equipo, pues el agujero empezaba a cerrarse. Localicé cerca una especie de rampa por la que inicié el despegue corriendo hacia delante, como en la escuela, y al instante me vi otra vez en el aire. La nube estaba de nuevo encima, cada vez más alta, y el agujero por el que la atravesé se cerró por completo.

Barrené, metí orejas y descendí rápido, deseando llegar a tierra canto antes. Me alegró volver a oír la voz de mis compañeros por la radio, ajenos a todo lo sucedido. Miré hacia arriba y la gran nube había desaparecido. Poco antes de Villalones identifiqué un campo donde aterrizar sin dificultad, y así lo hice. De mi extraña historia no conservaba prueba alguna, por lo que decidí ocultarla para que no me tomaran por loco. He querido contártela a ti porque ha sido una experiencia demasiado fuerte para guardármela para mi solo"

Todos conocéis al protagonista de estos hechos, hombre formal poco dado a las fantasías y menos propenso a embriagueces durante el vuelo que no sean los que proporciona la propia actividad de manera natural. También me conocéis a mi, persona dedicada a la ciencia y a lo empírico y demostrable. Os pido por tanto que no dudéis de lo que os he relatado lo mismo que yo creo firmemente lo que he oído de su boca. Y si alguien en un vuelo especialmente alto vuelve a ver al misterioso piloto, que le haga saber que Kasperallus llegó a tierra bien, eternamente agradecido, y que en pago de ello se ha convertido en un hombre nuevo, y va a dejar de fumar y de decir barbaridades de sus oponentes políticos.




lunes, 18 de junio de 2012

Superwoman, basado en hechos reales

Carlos nos anima a volar los dos días pero ese lujo solo está al alcance de algunos. Los demás quedamos a la espera de lo que  decida el grueso del grupo (la mayor parte, no el obeso, que no lo hay) y nos decantamos por el sábado. La primera opción es poniente de Algodonales, donde llegamos cuando algunos habían despegado ya de la piedra (norte). El viento se muestra fuertecito, racheado y cruzado de norte, por lo que casi ni sacamos los equipos. Gaspar prueba vela nueva y Leo su nueva vela, también casi a estrenar. Decidimos intentarlo en norte, excepto Gaspar, que de manera ceremoniosa revisa su equipo e instala el acelerador con celo de neurocirujano. Allí lo dejamos y de allí despegó en su vuelo inaugural.

La piedra está en medio de un venturi que obliga a despegar con viento fuerte, ya que lo contrario significa que la ladera no tira.  La gente que lo intenta aprovecha las rachas flojas para salir, y así lo hacen varios de la cuadrilla, si bien otros desisten tras un rato de aguantar la vela a tensión con dos o tres compañeros controlando el borde de ataque. No me gusta ni el sitio, reducido y con muchos arbustos delante, ni  las rachas fuertes por lo que desempaco de mala gana, dejando pasar el tiempo. He aprendido que si no estás a gusto, nadie te obliga a salir .Además, en otro despiste tonto he olvidado la antena de la radio. Al rato me entero de que Andrés (V), camino de Ronda, ha aterrizado en Villalones. así que voy a la recogida. Circulando cerca de donde debía estar Andrés oigo un silbido, paro y doy marcha atrás. Del olivar sale Gaspar, que había bautizado  a su equipo con un cross para que fuera sabiendo lo que le espera, poco palomeo y mucha milla por delante. David de Sanlucar también tomó por la zona, así que regresamos los cuatro. La norma consuetudinaria en parapente dicta que el que hace cross espera a última hora o se busca el regreso por su cuenta, así que, aunque agradecido, no tenía por que haber interrumpido mi día de vuelo, me amonesta Andrés. Me disculpé argumentando que no iba a volar en esas condiciones y le prometí que si se volvía a darse la misma situación... haría lo mismo. Pepe (V) llegó a El Bosque.

Fuimos directamente a poniente y el viento, aun racheado, estaba algo más suave y mejor orientado.Un compañero recién equipado comprueba que su vela le saca del apuro en que se mete el solito, al dejarse atrapar por la fuga de la izquierda. Instalé la radio de Andrés y la dejé con el volumen bajo. Pretensé y a la mínima tregua de las rachas levanté, giré y salí, mientras los de tierra empezaban a gritarme. El estabilo derecho estaba encorbatado y una racha empezaba a subirme y desplazarme hacia atrás. Lo primero, tirar del freno y nada, luego del cordino quita corbatas y tampoco, vuelta al freno, cada vez un poco más atrás, vuelta al cordino, otra vez el freno y por fin se deshizo el entuerto. Intento entaconar el aro del acelerador y no lo encuentro, así que agarro los maillones del mismo y tiro con fuerza, está duro, hasta que empiezo a avanzar y salgo de la vertical del despegue. Por la radio, muy baja, no oía nada. Luego me advirtieron que con una corbata no muy grande como aquella debería haber seguido volando hasta alejarme de la ladera y después tratar de desliarla. También, que hay que revisar bien la vela mientras sube, antes de girar y despegar, no se cómo se me escapó esto. A pesar de que no paré hasta que no se desenredó, no tuve sensación de peligro ni me sentí nervioso, será el atrevimiento de la ignorancia.

En desagravio, me he homenajeado con uno de los mejores vuelos realizados hasta ahora. El espacio empezaba a teñirse de atardecer y un viento generoso disipaba los calores de junio. Para empezar, tome altura encima del despegue hasta cerca de los 1500, mucho más bajo que otros. Allí giré una térmica a casi +4, una proeza para mi. Cuando llevaba media hora cerca del palomar, tiré para el aterrizaje a ver lo que pasaba, y pasó que una termiquita de +1 me subió otra vez a 1300. Volví para recorrer ahora toda la cornisa de norte, volando unas veces por la cresta y otras un poco sobre el páramo. Todo ese largo paredón, marca que indica por donde la naturaleza cortó el mejor trozo del pastel del Mogote, es grandioso desde abajo y desde arriba. Se adivina lleno de vida, habitado por especies voladoras y terrestres en perfecta simbiosis, donde el hombre es un advenedizo al que la bondad animal  permite entrometerse como el que se cuela en una convite al que no está invitado.

En contra de mi costumbre, me resistí a dejar de evolucionar, de este a oeste, por encima del farallón compartiendo espacio con unos pajaracos hermosos que orientaban las ascendencias. Me di cuenta que, tanto si seguía a los pájaros como a Gastón, que andaba a su aire por allí, yo subía. En uno de nuestros acercamientos empezó a silbarme con insistencia, lo que interpreté como una advertencia. El viento sobre el páramo era fuerte y me iba a arrastrar a sotavento. Acordándome del apuro que pasó el compañero, metí acelerador a fondo y salí parsimoniósamente, se ve que la meseta tiene pocos amantes y trata de retenerlos. Para no abusar ni de la tarde ni ahora del lector, hice una par de barrenitas y algún intento de wingover para perder altura divirtiéndome y aterricé de libro en mi colina particular,

En la cerveza de contar mentiras, una mamá de cuatro hijos, el pequeño de un añito que aprenderá a volar antes que a andar, me sorprende cuando me entero que es una experta parapentista en activo. Seguro que el guionista de Superwoman se inspiró en ella.




domingo, 10 de junio de 2012

Amariconamiento

"Quería llamar la atención sobre el carácter amariconado que está tomando este grupo en las crónicas (...) Tradicionalmente (...) se contaba alguna anécdota graciosa o se hacía alguna referencia, siempre de una manera austera y viril (...) Pero veo que el exceso de adulaciones está llenado estas crónicas. (...). ¡Compañeros! cuidemos nuestras formas, que nuestro grupo, que anteriormente se le conocía con el marcial nombre de "los Miura", no tome una imagen ñoña  ahora que somos "los Niculoso"

Este providencial correo, enviado por un leal camarada, nos acaba de llegar advirtiéndonos del peligro de decadencia en que podría incurrir nuestro selecto grupo si no corregimos severamente la deriva sensiblera que nos aqueja. Imbuido de la más ferviente voluntad de sacrificio, pongo manos a la obra con tesón, con la firme promesa de no caer en los decadentes usos literarios que han minado el espíritu de Occidente.

El pasado Jueves de Corpus Christie, tras cumplir con las sagradas obligaciones religiosas que manda la Auténtica Fé, salimos para la montañas (no nevadas en esta época) al amanecer, iluminados por un sol imperial cuyos rayos recordaban la glorias de nuestros antepasados, en cuyos dominios no se ponía el astro rey. Formábamos la patrulla el camarada Nicolas, un servidor, el amigo Antonio, vieja gloria de la aeronáutica, todos bajo la firme y sabia dirección del comandante Gaspar, que ante la baja provisional en combate de otros mandos, toma, impasible el ademán, la tutela de las operaciones. A última hora, nueva sangre voluntariosa se incorpora a la misión en la persona de Pepe Retra, cuyos diez minutos de demora se justifican por el cumplimiento de las obligaciones domésticas propias de su sexo y condición (sacar a pasear a los perros). Siguiendo las indicaciones de nuestro venerado Carlos, centramos la acción en la noble villa de El Bosque.

Diseñada la estrategia con profesionalidad y celo, manda el comandante que un vehículo automovil sea colocado en el aterrizaje y que otros dos suban al despegue, sabia decisión que es ejecutada por la tropa con prontitud y orden. Una vez en el camino del objetivo, el proceloso enemigo bloquea el acceso so pretexto de unas obras imprevistas. Nada de esto amilana a nuestro comandante que ordena, raudo, que abandonemos el transporte automotor y prosigamos el avance campo a través, con la impedimenta a la espalda, orden que cumplimos animosos. Alcanzado el primer objetivo, la cota donde se haya el despegue, indica el comandante que sean desplegados los equipos sobre el terreno para comenzar la segunda fase del plan: el  vuelo del personal. A pesar de un viento desfavorable escorado de la derecha, las maniobras transcurren sin otros contratiempos que el ensayo repetido y variado de un camarada, finalmente exitoso y de cuya análisis se sacan sabias conclusiones. Una gentil dama, adornada de las gracias y virtudes de la mujer ibérica, no duda en servir de reportera ocasional, inmortalizando la gesta con su registro gráfico. Otra noble fémina se ve obligada por las circunstancias a ejecutar cometidos instruccionales, actividad que sin duda alterna con sus obligaciones hogareñas. Una vez todos los efectivos en el aire,  cúmpleme acometer la parte de mi misión  que no es otra que adquirir el mayor dominio posible de esta ciencia vuelística para un mejor servicio a la nación. 

Tras un despegue algo peculiar, donde una súbita racha me obligó a improvisar una corrección, exitosa gracias al duro entrenamiento, subo rápido impulsado por la misma. Decido no girar la térmica hasta haberme alejado de la montaña para evitar la consiguiente colisión con su superficie rocosa, no por apego a mi vida que la daría mil veces por la causa sino por no mermar al equipo de un efectivo. En cumplimiento de mi cometido de aprendizaje, ejecuté varios intentos de centrado de térmicas, con más empeño que resultados pero con absoluta fe en el éxito.

La segunda etapa programada era ascender sobre las crestas de la siniestra, sacando el máximo rendimiento al convulso viento reinante. He de confesar que luché con denuedo contra los elementos, a los que finalmente pude domeñar, inspirado en el fervor místico que me inspira la causa. Rematé la faena con un aterrizaje hecho con la innoble parte en que la espalda pierde su nombre, alternativa que juzgué preferible a besar abruptamente el suelo patrio con el morro, cuyo resultado probable hubiera sido la perdida de mi condición de apto para el servicio. Llegados a tierra todos los efectivos sin novedad gracias a la férrea disciplina castrense de la que hacen gala, mandó el comandante rompan filas y la patrulla se disgregó cada uno camino de su casa y el Altísimo en la de todos.

El domingo fuimos llamados nuevamente a filas, acudiendo sin dudar el camarada Pepe Retra, un servidor y el camarada comandante Rafael Canal Sur, nombrado por su valor, veteranía y méritos. Bajo su sabio mando, de nuevo la patrulla cumplió con los objetivos marcados por la superioridad en términos parecidos a la gloriosa jornada anterior. Cabe resaltar la estimable habilidad del cadete Pepe Retra, que, con gracejo y donosura, alcanzó las más altas cotas vuelísticas para admiración y reconomiento de los demás, sirva de ejemplo a imitar. Un cierto momento de peligro pasó un servidor cuando, inadvertidamente, se dejó atrapar por una fuga que parecía ocluírle la salida, sin duda ardil del Maligno. Ecomendándome a la Divina Providencia, me vino la inspiración de pulsar con decisión el acelerador y el viento abrió sus fauces permitiéndome salir. Tras ejecutar un wingover en señal de agradecimiento, me dirigí hacia mi objetivo cuando vi hacerlo a mi guía el comandante Rafael, tomando tierra con la misma técnica que la jornada anterior.

A la vuelta, la fraternal plática entre camaradas de fatigas no impidió algunos momentos de serena reflexión, donde llegamos a la conclusión de cómo la Voluntad Divina a través de sencillo correo manda señales inequívocas de que es cometido ineludible de todo hombre de ley luchar contra la perdida de la nobleza baturra, contra el declive de la pureza de la raza, en definitiva, contra el amariconamiento. Pongámonos a ello sin  cejar en el empeño.

Junio de 2012, Año Triunfal.

El ondear de banderas me ha obnubilado y he dejado de mencionar al camarada Javi Bugarola, de los Bugarola de toda la vida, que fue quien el jueves, al frente de la columna, con la mirada al frente y a pecho descubierto, marchó en avanzadilla camino del objetivo. Vaya mi reconocimiento y mi petición de disculpas. Me he equivocado. No volverá a ocurrir. Palabra de honor.


martes, 5 de junio de 2012

Semana completita

El día de San Fernando, fiesta local en Sevilla, probamos suerte en un ventoso Cañete la Real con desigual fortuna. David Carrillo hizo un vuelo intenso y bien aprovechado -perdidas controladas incluidas- y yo reflexioné sobre la levedad del ser contemplando el cementerio desde la ladera, donde me quedé tras tres intentos. Uno cirros, parapentes de las almas en pena, no impedían las térmicas que elevaban a mi colega al cielo de los presentes. Lo intentamos luego en Algodonales, donde debería haber escasísimo viento, con igual resultado ya que en contra de la previsión, soplaba también fuerte. Los extranjeros renunciaron y de los nacionales solo David, alguno otro y  un par de biplaceros con los vuelos comprometidos salieron. Para que pudiera hacerlo el último, tres sujetamos la tela y dos controlaron a los que iban a volar, lo que no evitó el revolcón del piloto antes del despegue. David voló como jinete de rodeo, con un espectacular top landing que parecía que más que un parapente, tripulaba un propulsor con los que inauguraban as olimpiadas.

El viernes por la tarde, un ratito de campa en Matalascañas me vino bien para recuperar algo la técnica del despegue. No volé por que el viento estaba flojo y por que no iba a eso. Pablete y otros sí que rascaron las dunas.

Con hambre de vuelo y siguiendo las indicaciones de Carlos, el domingo nos decidimos sin titubeos por el Bosque. La patrulla estaba casi al completo -faltaba el metereólogo- incorporando a Pepe el bancario, nuevo en la plaza, Nicolas, que me cedió las fotos que publico, y Rafael de Canalsur, de buen ánimo para reemprender la actividad. Llegados al aparcamiento, los más atrevidos decidieron despegar desde donde las alas delta y los demás cogimos la veredita cuesta arriba. Subir cuesta más, pero se llega más alto. Leo, Gaspar, Paco Mesa, Pepe y yo nos encontramos un viento bueno pero desviado de la derecha que complicaba el despegue. Salí aprovechado una racha baja- para minimizar el efecto lateral- con una carrera corta y decidida.
    
Leo me había indicado que me situara sobre las piedras de la izquierda, donde el viento se enfrentaba mejor, y desde allí  intenté subir hasta la cresta de la derecha. En algún momento volé demasiado cerca de la montaña, no se que hubiera pasado con una racha imprevista, y en otro muy cerca de los árboles. No llegé a estar sobre la cresta más alta como quería. La gente tomaba altura cerca y fuera de la ladera, algunos en pleno valle e incluso sobre los pantanos. A mí se me daba bien sobre al última peña de la izquierda, ya casi en la fuga, donde llegué a estar casi a los 1400, buena cifra en mi caso. Había bastante meneo y el estabilo izquierdo plegaba a menudo, aunque tolero bien las columpiadas de las turbulencias. Intenté girar térmicas y en dos ocasiones lo conseguí en parte, pero aún no veo mentalmente su localización y las pierdo enseguida. Un par de veces salí al valle y probé las orejas de la nueva vela. Entran salen si problemas. También hice una barrena medianita, donde el horizonte giraba ante mi vista con bastante rapidez. El truco, aprendido en aviación, es mirar al horizonte, que no suba ni baje, lo que en el avión daba la clave para los giros "al plato", sin descensos ni ascensos extraños. Me sirvió para combatir el mareo y la desorientación. Los demás seguían mucho más altos, unas veces en bandada yotras cada uno por su cuenta. Me encontré con Gaspar cerca y cuando lo volví a mirar unl instante después estaba cien metros más arriba y sobre donde yo no me hubiera atrevido. Hice un aterrizaje de semiprecisión con una aproximación de ochos clásicos. Desde que enganché medio ala en un olivo, llego al aterrizaje con mucha altura. Una compañera habitual de vuelo nos alegró la jornada con la frescura de su atuendo, que este deporte está saturado de portañuelas y pechos planos, para desdicha de los heteros.

Tras una tertulia cargada de rabiosa actualidad política donde nadie convencía al contrario de nada, animé a Adrés y a Nicolás a subir otra vez, para aprovechar la restitución. Con la nueva subida del repechito pagué la penitencia de los dulces caseros del café. Saludé a Jota que estaba de curso, y acordamos buscar fecha para la clase particular de térmicas en biplaza que tenemos pendiente. El segundo vuelo fue bonito en lo paisajístico pero pobre en lo aeronáutico pues el suelo no me restituyó nada, aunque la ladera me mantuvo un ratito y el descenso fue suave. Estuvo bien el aterrizaje, un poco antes del punto previsto. Mereció la pena.

A la vuelta, una luna llena pletórica convertía la noche en penumbra plateada, como animándonos a seguir volando en su homenaje. Esta novia desairada está pidiendo a gritos que un selecto grupo de caballeros parapentistas la cortejen al son de la brisa y al ritmo de los vaivenes. A ver que hacemos en el próximo plenilunio , que el despecho de la luna puede traer funestas consecuencias.

lunes, 28 de mayo de 2012

Dos vuelos

La semana parapentera comenzó el viernes de la anterior con la presentación en el congreso de Podología Deportiva del vídeo a cámara lenta del funcionamiento del pie en el  parapentista. Sin ser el mejor material posible, sí se aprecian elementos de interés, como la conveniencia de llevar botas específicas para este deporte y la necesidad del estiramiento previo de las musculatura, especialmente del triceps. También convendría desentumecerse un poco antes del aterrizaje aunque sea en la propia silla ¿dónde si no? sobre todo si el vuelo ha sido largo y relajado. La comunicación despertó un gran interés, especialmente cuando alguien se pegaba una  piña, aunque también causaban admiración los despegues con el valle al fondo. Cómo muchos de vosotros, pienso que el momento más intenso del parapente es ese en que los pies dejan de ser base para convertirse en péndulo.

El martes aproveché la coyuntura laboral en la enseñanza para darme un vuelo reivindicativo acompañado de Javi Buga. Estaba de Montellano, fuertecito, así que nos quedamos en el despegue de abajo, donde yo ni llegué a salir. Echamos de menos la avanzadilla de Andrés el Valiente, que siempre nos indica cuando y hacia donde. Subimos al de arriba y decidimos esperar. Cinco deltas aparcadas en formación daban imagen de portaaviones a la zona. El segundo francés que salió hizo un giro prematuro y una ráfaga le levantó aun más la semiala elevada por el alabeo, por lo que terminó entre matorrales treinta metros más allá, a pesar del rápido intento de corrección del piloto, con estruendo aparente de tubos y huesos rotos. Afortunadamente solo fue un buen susto con pocas consecuencias. Según Buga debió haber picado a la vez que corregía, pero yo creo que no le dio tiempo.
El área se fue llenado de alemanes que iniciaron los despegues, haciendo una demostración, algunos, de como las alas despegan solas a pesar de los errores de sus pilotos. Bea la instructora, admirada, daba fe. Me decidí cuando el viento había bajado demasiado e hice un primer intento torpe, con amago involuntario de girar en sentido contrario. El segundo fue perfecto pero la ladera no tiraba nada, a pesar de dirigirme a la izquierda, de donde se cruzaba un poco. A cada pasada veía el despegue más alto y hubo un momento en que estuve rascando las copas de los árboles. Lo intenté en la ladera de abajo, pero nada. Lo mejor fue aterrizar más o menos donde finalmente decidí. Recogí y subí hasta el despegue inferior, sabiendo que bajar sería más fácil y la recogida más rápida, cabezón que es uno. Paseo hasta la fuentecita, donde practiqué inglés con un nativo hasta que se cansó de malentenderme. Algunos, Javi incluido, le sacaron una buena media hora de vuelo a la tarde.

El finde tocaba playa en Sancti Petri  y cargué el equipo por si acaso. El viernes ya tarde me acerqué a Vejer, donde estaba perfecto. Abajo recogí al único que pinchó y subimos mientras me ponía al corriente de las características de vuelo. Arriba estaban cinco o seis, amabilísimos todos. El despegue es una zona muy reducida y plana, con gran escalón a la espalda, pero si se levanta bien se despega sin necesidad de correr, tampoco se puede. El vuelo es bonito, con el mar de fondo. Otro intento torpe, ayudado por un local, sin saber ninguno de los dos por qué se vino abajo la vela. El segundo fue mejor, aunque el colega me advirtió que subiera las manos. Con dos pasos adelante estás en el aire.


El viento estaba en su punto y nos mantuvimos en el borde de la planicie sin dificultad, sobrevolando los empinados trigales, alguno ya cosechado, y las dehesas de la ladera aprovechadas por las bacas. Una linea eléctrica limita el recorrido por la zona del pueblo y una fuga por el otro lado. Enmedio, casi un kilómetro de recorrido sobre un atardecer precioso, con las playas del Palmar al fondo, Conil a lo lejos y los montes llenos de molinos a la derecha, Un colega no paraba de aterrizar y salir desde el propio despegue. Yo lo ensayé varias veces en un sito aparentemente apropiado más allá pero le tengo mucho respeto a los rotores, así que, considerando la hora de cierre del restaurante del hotel, descendí hasta al trigal segado más próximo a la carretera. hice un aterrizaje de manual y conseguí estar de nuevo arriba enseguida para recuperar el coche, la primera vez que hago autostop cargado con el mochilón. Llegué a tiempo de la cena por poco. Podía haber volado otra vez ayer, pero al igual que el león que retozaba cerca de una cebra tras haberse comido una gacela, ya estaba satisfecho.
Hablé con Carlos, de cuya evolución clínica hemos estado al corriente sus colegas más cercanos, alegrándome de su lenta pero segura mejoría. Como en cualquier grupo, en este nadie es imprescindible y todos necesarios, aunque alguno más que otros. Y es que como dijo aquel, todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros, dicho esto sin el sentido peyorativo que tiene la frasecita.

La vuelta a la urbe atravesando Cádiz casi entera, la confirmación de que, junto con Asturias, es la provincia más bonita de España, sea cual sea la hora en la que se contemple. También la que tiene más paro, pero la belleza no se la quita nadie.