jueves, 26 de julio de 2012

El aliado

El jueves pasado tras la siesta me acerqué por Algodonales, donde ya estaban Rafael "Canalsur" y David "Sanlucar" entre otros. Subí con ellos a un Poniente de viento más que alegre y con arranques racheados que invitaban a la prudencia. He comprobado que el rito de la preparación, con el mismo ceremonial con que el cura se viste para la misa del Corpus, atempera la ventolera: primero las botas -solo las uso para el momento del vuelo- luego los protectores de rodillas y piernas, coderas, mono o ropa de abrigo, radio en el lateral, etc... todo un procedimiento que, seguido paso se convierte en una rutina cómoda. Para cuando he terminado, las ventanas de desegue ya se han definido. Fue un vuelo interesante, no muy alto, siempre cerca del palomar, lo no proorciona la tranquilidad para disfrutar del paisaje o tomar fotos. He de reconocer que, como todos los españoles, tengo el estómago revuelto por la indigestión de "la prima" , que esta vez no me ha curado ni la sesión de vuelo.
Cómo llegué tarde, bajé pronto. Rafael me había dicho que se podía subir andando desde las ruinas hasta Poniente, una hora de camino. Aterricé sobre un campo de cardos resecos -u otras plantas igual de pinchudas- que prolongaron la plegada. Cuando emprendí la marcha campo a través, mochilón a la espalda, un sol ya dorado por su caida empezaba a lamer el horizonte. En el kilómetro 3.5 escondí la mochila y empecé a subir ayudado por los bastones -buena idea de Carlos López- con la energía de quien le van a borrar el camino en cuanto se vaya la luz. Detrás de cada última curva, una cuesta y después, otra curva más, y después otra cuesta, en un paraje que se ensombrecía por momentos. Llegué al despegue con noche casi cerrada y la línea entre cielo y tierra apenas silueteada por los estertores del atardecer.
El domingo repetí el programa, ir solamente por la tarde dejando la mañana para la parentela. El primer alegrón fue ver a Carlos en la montaña, aun no en vuelo pero de buen ánimo. Pronto nos estará marcando la senda de nuevo. Posteriormente nos regaló una serie de sus maravillosos fotomontajes parapentísticos cuyo enlace me permito copiar: https://picasaweb.google.com/
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VuelosDeVerano2012
El resto de la cuadrilla, Andrés, Pacomesa, Pepe, Gaspar... ya habían tenido su experiencia tridimensional mañanera con desigual fortuna, la mayoría buena. Las madres, como los curas y la Guardia Civil, siempre están de servicio y la allí presente me regañó con cariño por dejar mi vela al sol. Tenía razón, y la tapé con la silla hasta que el viento, malcriado como hijo único de padres viejos, nos fue permitiendo despegar. Llegué a estar a 200 metros por encima, bueno para lo que acostumbro, y disfruté esta vez del vuelo, haciendo alguna incursión al valle para intentar cazar y centrar térmicas. 
Seguí a los pajarracos, más numerosos que otras veces, y me aproximé al despegue ensayando el toplanding. Esta vez conseguí dejar a la prima de riesgo en casa. Descarté las ruinas y me dirigí al campo tras el despegue oficial con tanta desconsideración al fuerte viento reinante que cuando giré para aterrizar me quedé clavado, algo lejos del punto previsto. Iba directo hacia un zarzal pero el gradiente me permitió avanzar un poco, sin llegar a la barranquilla de delante. Esta vez la excursión fue por la dehesa, loma y vaguada incluidas.  
En el campo de aterrizaje aprendí del "holandrés" que si tiramos de las telas unidas por una costura y el hilo de esta no vuelve a desaparecer tras la tracción, el material ha perdido sus propiedades elásticas. La cena, sustanciosa para el que quiso, fue un buen encuentro, ensombrecido por una expresión que cada vez suena más: "habría que fusilar a unos cuantos". Lo que se dice medio en broma puede llegar a suceder y, muy posiblemente, termine siendo "ajusticiado" alguien cercano al que lo ha dicho, si no él mismo. Igual sirve para la guillotina, que la guerra civil y la revolución francesa ya son historia. ¡Qué enseñarán en las escuelas! Con estas cosas no se bormea.

En la sobremesa, mientras los demás explicaban la crisis, una reputada campeona me confesó su secreto: había domesticado a un águila para que le localizara las témicas.
"-¡Venga ya, no te quedes conmigo! - Que sí, pero no se lo cuentes a nadie que me podrían descalificar, aunque el reglamento no lo prohibe expresamente. - Prometido, pero, a ver ¿De que va esto?
Es una larga historia. Yo nací en una aldea perdida en la serranía, donde mi padre era pastor de día y furtivo de noche. Mi madre había fallecido al poco de parirme y me crió Silveria, una vecina con fama de bruja que lo mismo hacía de partera que libraba del mal de ojo. Con luna llena, desaparecía dos o tres días y a su vuelta se mostraba trastornada y ausente durante un tiempo. Mis primeras sangres, con doce años, coincidieron con el plenilunio. Ese día, mi nodriza me llamó con misterio y me dijo que ya estaba preparada para conocer su secreto. Aprovechando que padre se iba por unos días a la feria de ganado, Silveria preparó un atillo y salimos al oscurecer monte arriba. Subimos por senderos y trochas sin descanso durante mucho tiempo y cuando ya no podía más, llegamos a una cueva a la que accedimos por una gatera disimulada tras un lentisco.
Dentro el espacio se abría y la luna inundaba la estancia a través de una apertura en la parte superior, a modo de tragaluz. Sin preámbulos, Silveria me dijo que íbamos a iniciar un rito de invocación a las fuerzas de la naturaleza que me daría un poder sobre ella, y que este sería según mi deseo. Sin saber que pedir, me dejé guiar por la hechicera que me desnudó, hizo tenderme sobre el suelo de roca y me cubrió el cuerpo con un paño rojo. Luego me rodeó con siete velas negras, cuyo penetrante humo causaba una sensación placentera. Se situó detrás de mí y empezó a salmodiar una letanía en un lenguaje extraño que mezclaba palabras desconocidas, latinajos y graznidos de alimañas. Cuando la luna se situó justo en medio de la claraboya, su luz recortó el perfil de un ave inmensa que descendió aleteando suavemente, hasta posarse en lo alto de mí, apoyando cada una de sus patas engarradas justo donde más temía, para mi espanto. A  pesar de las afiladas garras, parecía procurar no hacerme daño, por lo que su peso era soportable. Mientras, Silveria, en estado de trance por el humo de la velas y otros cigarros que fumaba, danzaba a mi alrededor y untaba mis brazos y las alas del pájaro con una pócima que había preparado, que además de lo típico -sebo de vela negra, unto de gato del mismo color, salivajo de sapo, semen de ahorcado, etc- debía contener algo de mi propio flujo menstrual, ya que me había pedido un paño intimo usado.  En el climax de la ceremonia, el pájaro extendió sus alas en paralelo a mis brazos en cruz . Fue bajandolas hasta que brazos y alas fueon una misma cosa. Luego, el animal me dió un picotacito en mi frente y sorbió un poco de la sangre del rasguño. Finalmente, a una orden de la sacerdotisa, plegó sus alas, descendió y se acurrucó sumiso a mi lado, invitándome con la mirada a que lo acariciara. Mi deseo era que aquel ave que surcaba el cielo tan majestuosamente, me ayudara a mí a hacerlo, pues volar como las águilas y los ángeles era mi mayor anhelo.
Desde entonces mantenemos una complicidad telepática. Cuando despego, sin que tenga que decir nada, aparece y me localiza las mejores térmicas, volando en círculo sobre ellas,  según la ruta que me convenga. No necesito ni vario ni instrumentos. Solo una vez revoloteó en un sitio sin térmica y fue para marcar el punto donde un colega, apenas visible desde el aire, yacía mal herido tras un mal aterrizaje de emergencia.
- ¡Increible!  ¿Y te ayuda en algo más? -Bueno, cuando estoy muy desesperada por no encontrar nada para ascender, apoya su cabeza tras mí silla y me empuja batiendo sus enormes alas con fuerza,  para no pinchar antes de tiempo. No consige hacerme subir pero si mantener la altura, hasta que intuye una térmica y va a buscarla. - Y, por ejemplo, ¿Es capaz de sobrevolar a un tipo guapo, cariñoso, rico y sin compromiso, que pudiera ser un buen partido para ti? - Más quisiera yo, pero eso no lo sabe hacer, ¡como en su momento no expresé ese deseo! Si aún viviera la Silveria, le pediría que volviéramos a la montaña para repetir la ceremonia cambiando las condiciones.

He oido historias asombross de las que no he tenido por que dudar, pero este caso me parece que es solo afan de protagonismo de la señora. Tengo la impresión de que gana campeonatos por que es buena ¡ni águila ni nada! Quizás un buen psicoanalista pudiera entender lo que hay detrás de estas fantasías. 

martes, 24 de julio de 2012

Ave Fenix

El fin de semana anterior se cerró sin despegar los pies del suelo a pesar de cargar con el mochilón dese el viernes al domingo. La playa lo acaparó todo y Vejer de la Frontera, único sitio que quedaba cerca, no se puso cuando pasé por allí. Cómo sucedaneo, unos ratitos en mi vieja loma de el Balcón de Andalucía, entrando por Castilleja de Guzman, que me deparó un par de buenos atardeceres de campa, tan  necesaria y gratificante a la vez. He avanzado en el control de la vela en tierra, donde la mantengo arriba por un tiempo percibiendo sus movimientos casi sin mirar, aunque no me resisto a controlarla visualmente por el rabillo del ojo. El viento estuvo alegre en ambas ocasiones y, la verdad, recordando los arrastrones propios y las historias trágicas de otros estampándose la sesera contra las rocas, no he dejado de sentir miedo hasta el momento de la levantada. Una vez arriba, esa muñeira desangelada que hay que bailar cuando queremos mantener la vela en alto, cuyo ejemplo más gráfico fue el vídeo grabado por Gaspar a Andrés Suárez (el Valiente) en que no se sabe si el piloto sigue a la vela o la vela baila al compás del piloto. Eso iba a ser todo cuando recibí, in situ, la visita de Francesco de la Tavola, ese cavaliere con el que coincidimos frecuentemente y que, me confesó, escondía la siguiente historia, que tiene su comienzo precisamente en el lugar en el que nos encontramos: la loma del Balcón de Sevilla:

"Yo sabía que no se puede volar aquí porque  esta zona corresponde a la senda de planeo de los aviones comerciales cuando aterrizan en San Pablo. Pero vine con la intención, como tú hoy, de hacer campa y si se ponía a tiro, dar un planeito. Ese día el viento venía de poniente, por lo que me dirigí al cerro de enfrente, el que está coronado por los árboles, para aprovechar la ladera oeste. Los aviones no entraban por allí porque tendrían el viento a favor, pero si podían despegar en esa dirección, como efectivamente ocurrió. Tras un rato en tierra viendo como mi nueva vela cada vez se mnostraba más dócil en mis manos, decidí tomar carrera y dar un saltito, con tan aparente buena fortuna que una súbita ráfaga me elevó más de los previsto. Eran las seis de la tarde de un día caluroso y, nueva casualidad, una térmica imprevista me siguió subiendo hasta una altura considerable. Cuando empezaba a disfrutar de mi proeza sentí a mis espaldas un zumbido creciente, finalmente ensordecedor que terminó con una violenta sacudida, que puso la vela delante y debajo de mi, seguida por un tironazo bárbaro que solo puede comprender cuando vi el inmenso vientre de un Boeing 747, al que me mantenía unido por el parapente enganchado del extremo superior del timón de dirección, al que se fijaba en un saliente -una sonda o una antena- que le impedía soltarse.

Tras los primeros momentos de confusión puede estabilizarme, dejando de dar bandazos, y hacerme cargo de mi situación, a pesar de que un viento fortísimo me quemaba el cuerpo entero. El avión ascendía mientras ponía rumbo sur y a los pocos minutos vislumbré el estrechó de Gibraltar y las imponentes montañas del Atlas, en el norte de Marruecos. A medida que el avión subía y se aproximaba a África, el aire se hacía más irrespirable y la presión mayor hasta sentirme desfallecer. Cuando iba a perder el sentido, un súbito desgarrón de la flamante vela me liberó de mi nodriza y empecé a caer como una hoja... de plomo. Mi instinto de supervivencia me hizo tirar el paracaídas  al observar acercarse las cumbres nevadas. 

Desperté, dolorido y confuso, en la penumbra de una habitación grande y fresca, con el sonido de unos acordes árabes de fondo. Me parecía haber dormido días enteros. Un hombre con ropa occidental, gafas sin montura y fonendo al cuello me tomaba el pulso y hablaba en árabe con unas bellísimas jóvenes que estaban al lado. Después, en un inglés de colegio, se dirigió a mí. -How do you feel? Are you in pain? -Perdone, soy español. -¡Ah, paisa! ¿Te duele algo? Tu estás bendecido por Allá, el Magnánimo, tienes mucha suerte; ¿De donde has caído? Recordé mi forma de entrada y decidí ocultarla, resultaría increíble. -Estaba practicando parapente en estas montañas, mentí, y una corriente rompió mi vela y me arrastró hasta aquí. Gracias por su ayuda. -No me agradezcas nada, estas bajo la hospitalidad del jeque Abdulláh, señor de estar tierras, y bajo la protección de su Majestad el Rey de Marruecos. El galeno se retiró haciendo una reverencia al personaje que llegaba, un venerable anciano vestido con una chilaba de terciopelo verde, seguido a dos pasos por una no menos respetable señora.


-¡A sí que eres español! No piso la península desde que luché en la Cruzada de Liberación, a las órdenes del Caudillo. No se si eres un enviado de Alláh o un infiel que ha profanado mi harén. Ante la duda te dejaré que vivas y que y que goces de este paraíso en la tierra, pero si tengo pruebas de que eres un enemigo, mandaré cortarte el cuello después de arrancar tus atributos. -Oh, señor, juro por Dios, digo por Alláh, que no era mi intención molestarle. Si me lo permite, saldré de aquí ahora mismo. -¡Eres un ingrato, cristiano! Acaso desprecias mi hospitalidad. Te digo que goces de nuestro jardín de Alláh representado por estas beldades. ¡Fátima, Yasmina! -ordenó el anciano dirigiéndose a dos jóvenes- haced que este hombre honre al Profeta tras conocer vuestras virtudes. Y tu, infiel, compórtate con mis dos esposas como si fuera yo mismo, que a mi edad prefiero testaferros para ciertas cosas. Confundido y expectante, me dejé guiar por las púberes, que no creían en la suerte de yacer con un varón tan atractivo como yo, hacia una alcoba anexa. Cuando me tendía en el lecho, se acercó la mujer que acompañaba al jeque, ante la cual, las muchachas se inclinaron y, a una orden suya, se retiraron presurosas. 

- Soy Amira, la primera mujer del ABdulah. Abstente, joven, de tocar a ninguna de sus esposas, ya que después no vivirás para contarlo. Ya les ha ocurrido a tres italianos y a dos franceses. Nadie puede vivir para desvelar que el Jeque es representado en estos trances. Solo yo puedo otorgarte mis favores y si cumples bien, podrás salir de aquí a salvo y cargado de presentes. Ven esta noche a mi estancia, retocemos un rato y al amanecer te embarcaré en una goma -bote neumático de contrabandistas de hachís- que atravesará el estrecho con un cargamento y te dejará en los alrededores de Tarifa. - Gracias, Amira, será un placer. ¿Podría pedirte un favor? ¿Haz que reparen mi vela, que me es muy querida? -No se para que la necesitas, pero yo misma me encargaré, pues en mis ratos de asueto, que son muchos, me entretengo con la costura. - Gracias de nuevo, procura que quede como nueva, sin que pierda la forma cuando la hinche el viento, por favor. 


Me quedé solo y aproveché para salir al inmenso patio donde, en una especie de taller aledaño, tres objetos llamaron mi antención: mi silla de vuelo, una bomba de agua portatil movida por un motor Solo (usado también en paramotores) y un aerogenerador pequeño, cuya hélice estaba desmontada. Se me encendió la mente y, con un par de llaves, desacoplé la bomba, dejando el motor unido al soporte, y corté con una segueta la parte sobrante de ese soporte. Después probé acoplar la hélice al eje del motor y lógicamente, no coincidía. Busqué la broca apropiada y agrandé el agujero de la hélice hasta que se acopló bien . A falta de pasador para fijarla, le apliqué un bote entero de Loctite a la unión del eje y la hélice. En esto llegó un sirviente que, receloso, me preguntó si necesitaba algo, a lo que le contesté que estaba construyendo un ventilador para refrescar el patio y hacerlo más agradable a su señor, en señal de agradecimiento. Se fue satisfecho, lo que me permitió seguir  acoplando toda la estructura -motor, depósito y hélice montados en el soporte- a la silla, para lo que le eliminé el airbag e improvisé una bancada de unión, usando los restos del soporte de la bomba. Anochecía cuando terminé mi paramotor modelo Ave Fenix.

Tras una rápida ducha, me dirigí a cumplir mi promesa, con la lívido por los suelos. -Toma, mi amante cristiano, aquí tienes tu vela cosida, dame ahora lo que acordamos. - Gracias, señora,  pero déjame un instante que la levante al viento para ver cómo ha quedado. -Bien, pero no tardes, porque si no quedo satisfecha, seré yo quien te desgarre lo que no te sirva conmigo. Entonces lo vi claro, ni quería perder los compañones a manos de la señora, ni la libertad por narcotraficante. Parsimoniósamente, me coloqué el paramotor improvisado, enganché la vela y, ante la mirada atónita de esposas, concubinas y criados, arranqué y despegué a la carrera saliendo desde una punta del patio y rozando el tejado del palacio al abandonar el lugar. Detrás, con voz desgarrada, la señora decía: -Vuelve, maldito infiel, cumple lo acordado o no tendrás agujero donde esconderte.

Un viento de sur me empujó hacia la península y, muy cerca de la playa, se agotó el combustible. Nadé los últimos metros y traté de convencer a la Guardia Civil, que me sorprendió cuando vigilaba un alijamiento, de que no era un narco. -Me dormí con la caña en las manos, señor agente, y me caí del bote. Ahora vivo aterrado. Cada vez que veo a alguien con pinta de marroquí me temo que sea un esbirro de Amira, que me quiere llevar de vuelta al harem para que cumpla lo prometido o pague si no lo hago".

No se si serán reales estos hechos pero Francesco nunca nos ha mentido antes, salvo extrema necesidad, por lo que, aunque no verosímil, puede que lo narrado sea verídico.

Después he realizado un par de vuelos, donde han sucedido cosas interesantes y me han confiado aventuras aún más sorprendentes, pero eso queda para otra entrega.

jueves, 12 de julio de 2012

El Yelmo contado por un profesional

Por su rigor informativo y su brevedad (lo bueno si breve...), replico este correo del grupo de Niculoso donde un auténtico profesional describe lo que ha sido, vuelísticamente, el Yelmo este año. Disculpa el apropie, Rafael (de Canalsur).


"El Yelmo ha estado en su línea... buena. Se han volado todos los días: la tarde del viernes, mañana y tarde del sábado y mañana del domingo. No han sido vuelos de demasiada envergadura, pero sí variados: el viernes 2 horas de vuelo (o tres los que apuraron de principio a fin), con térmicas que se podian girar hasta 500-700 metros (yo no pasé de los 500), y planeo final hasta los aterrizajes (nada de restitución). El sábado mañana, planeo para los tempraneros y vuelo muy térmico para los menos impacientes, con aterrizaje cañero. El sábado tarde viento fuerte y racheado; los que aprovechamos la racha floja para salir tuvimos un buen vuelo, con colchón en el valle pero clavados como chinchetas entre Robledo y El Ojuelo (5-10 km/h con acelerador a tope). Después arreció en el despegue, dejando muestrario de arrastrones y chupinazos. El domingo, planeo unos; los más hábiles giraron térmicas sobre el despegue y sobre Cortijos Nuevos. Muy destacable la actuación de Paco Mesa: el sábado voló a la hora más térmica, remontando hasta los 2200 desde la maniobra de aproximación; finalmente aterrizó en el festival a fuerza de meter orejas, el último de los no profesionales cuando más arreciaba la caña. El domingo alargó el vuelo hasta sobrevolar Cortijos Nuevos con casi 2000 metros. Así que, mal que te pese, amigo Gaspar, el tanteo está así: Kasparellus 1 - Paco Mesa 1.

Saludos y nos vemos".

martes, 10 de julio de 2012

El Yelmo interior

El buu buu de la labadora como música de fondo me acompaña en este momento de relax después de la trabajera sin remunerar del Yelmo.  Ochocientos kilómetros, más la tensión de tratar de despegar a casi mil metros del aterrizaje, con un viento con contrato temporal, más un pateo campo a través entre otros muchos esfuerzos psicomotrices cansan en mis estrenados cincuenta y cuatro julios, lo de "abriles" ya no pega. Y luego propone alguno que nos vayamos de canchondeo a la discoteca ¡más horas extra, te quieé i'yaaah!!!
Mis tres vuelos han ido de más a menos y ha habido de todo. El primero, el mejor, de apenas cien metros sobre el despegue, con el vicio de contemplar el intradós de las demás velas como si fueran piernas bajo faldas. Buen despegue, pero aterrizaje en la pista de los torpes con aviso de la columna de que o la dejo tranquila con los culazos o me voy a enterar. La altura, aunque poca, me permite disfrutar y hacer fotos. 
El sábado de mañana, ventoso y, para mí, de poco tiro. Estuve luchando contra las descendencias apoyándome en la cuchara que forma el farallón de la izquierda con la cresta.
 Una ascensión ocasional que daba complejo de nata montada al que se metía allí: se subía a base de "efecto batidora". Cuando no funcionó tuve que buscar pista con viento de costado y rotorizado por los árboles, dando un costalazo en el único hueco sin pedruscos del suelo. Para ejercitarme, a las dos de la solanera abrí nueva ruta entre el campo de los torpes y  la concentración, atravesando olivares, rastrojos, zanjas, bosque y arroyuelos, que nadie, ni antes ni después, ha vuelto a transitar.  El destino, el santuario de San Gambrinus de la Cruzcampo y su fuente milagrosa, a uno con cincuenta euros la cañita. Esta peregrinación hecha con fervor equivale a cinco caminos de Santiago.
El sábado por la tarde lo intenté de nuevo con un viento embravecido, casi de sur. Los de acro hicieron maravillas con esas velas de talla infantil pero yo tuve bajé por la ruta terrestre, que acongoja más que la volable. Los Andrés  y Pepe Valiente, Pacomesa, Rafel Canalsur, Leo   y demás, salen sin problemas e incluso les cuesta bajar. El domingo pruebo una vela de último diseño, la Zenit que tiene en venta David Carrillo. Despegué sin viento al segundo intento y planeé hasta mi pista. Va como un torpedo y se maneja muy bien pero es mucha velocidad para mí, todavía me falta para pasar de categoría, el aterrizaje, pufff.


El ambiente ha estado bien, a pesar de "la cosa". La feria, animada aunque con menos asistencia. Buenas exhibiciones oficiales: acro desde un castillo cercano, también sobre la concentración, saltos base, paramotores, etc. No faltaron los popes del deporte -Raul Rodríquez, Llorens, Pitoco- tanto en paramotor como en libre, ni las casas comerciales, aunque menos que el año pasado.
El problema es que no se podía estar en todos los sitios a la vez y si te ibas a volar te quedabas sin espectáculo. David Carrillo y Jota se permitieron ver el acro desde arriba, volando, a costa de aterrizar en su momento cerca del castillo.



También hubo exhibiciones oficiosas, con algún colega enroscándose en la altura con esas barrenas desesperadas que llaman SAT, otros despegando y  haciendo top landing, ofendiendo a la ventolera, y los demás cogiendo térmicas VIP (Very important Paraglider) a las que yo, lógicamente, tenía vedado el acceso. El bar, pelín caro,  los bocatas grandes y el arroz bueno. Los de la peña de Niculoso (entiendase del Club Parapente Sevilla) disfrutamos de todo sin meternos con nadie, especialmente de la contemplación -con mirada de alerta radárica- de las poco numerosas féminas que por allí habían, se nota que la sangre a esta edad también está a punto. No faltó animación, oficial u oficiosa. Por la noche, liturgia aeronáutica con buenos documentales de aeroficción -imposibles- y ofrendas al santo del lugar bebiendo su agüita amarilla. Fue en uno de esos momentos de camaradería cuando Pedrete Miralles me contó, a medio voz, su sorprendente odisea:

"Quise exprimir la tarde al máximo y cuando ya todos, casi de noche, planeaban camino del aterrizaje conseguí elevarme un poco e inicié el último SAT de la jornada. Sin darme cuenta, me desplacé sobre la vertical de sotavento y al salir de la maniobra me atraparon los rotores. Descendí rezando y dando tumbos y cuando toqué tierra noté que seguía deslizándome hacia abajo, magullándome piernas, brazos y cara. Había caído en una especie de chimenea vertical que me tragaba. Un golpe en el mentón debió dejarme inconsciente. 
Recuperé el sentido y me pareció estar en el paraíso de los musulmanes. Cinco chicas vestidas como Afrodita me limpiaban los arañazos y una mujer más madura, guapísima también, dirigía y observaba. Les pregunté que en que hospital estaba y la señora me dijo que había entrado sin ser invitado en la Gran Gruta ¡Era asombroso! Todo el Yelmo está hueco de manera natural, creando un espacio interior de límites fantásticos, cada uno de una forma y color diferente, y una temperatura agradabilísima. Una comunidad compuesta solo de mujeres vivía aislada en su interior. Recuperado, la dama encargó a dos de las chicas que me enseñaran el lugar. Subiendo por senderos y pasarelas, alcanzamos la parte inferior de la cumbre donde, fascinado, contemplé una pista de despegue sobre la que varias chicas estaban saliendo. Los parapentes eran finísimos, de un blanco brillante, igual que su escuetas túnicas. - El tejido es de tela de araña, fino, suave y resistente, igual que nuestras túnicas, me dijeron. Me colocaron uno y saltamos los tres, ejecutando una barrena en triple espejo en la que ellas se acompasaban a mis evoluciones.
Una suave luz que penetraba por tragaluces a modo de troneras iluminaba el amplio espacio por el que volamos durante diez minutos. Cuando tomamos tierra, mis compañeras de vuelo me llevaron de la mano ante la señora que, sonriendo, me habló: 
- Has invadido nuestro mundo secreto, aunque no por tu voluntad, por lo que te dejaremos vivir. Pero tiene un precio. Eres un buen mozo y necesitamos varones reproductores. Lleváoslo y asegurad el resultado. Ponte este amuleto al cuello para que no falles. Tres veces con cada una ¡Ni te cuento, tú!
Cuando terminamos, agotados, las chicas me vendaron los ojos y me condujeron por complejos vericuetos hasta que en cierto momento sentí aire fresco. Me ataron las manos delante, me colocaron mi parapente y sin quitarme la venda me hicieron correr hasta que me vi en el aire.
- No te desates ni te quites la venda hasta que pasen cinco minutos, volarás recto hasta entonces, me gritaron a modo de despedida.
Y aquí estoy, asustado pero con unas ganas irresistibles de volver a encontrar el agujero por donde entré, aquello es una maravilla..
- Pedrete, tu has fumado algo o te está viendo el psiquiatra, mira que lo que dices es muy grave: ¡Que el Yelmo está hueco y habitado por una comunidad de mujeres, que dentro vuelan en parapente de telaraña, eso es una locura! - Tu sabes de sobra que nunca he desvariado, y ¿cómo te crees que me he hecho estos arañazos? Mira la prueba, aquí está el amuleto que me regaló la gran dama.
Y me mostró una figurilla símbolo de la fecundidad con una funda y una cuerda a modo de collar que desde luego no se compra en ninguna tienda de hippie. Parecía auténtico."

domingo, 1 de julio de 2012

El hombre que abrazaba a los árboles

Quince días sin volar son muchos días, casi tantos como de abstinencia en lo que más guste, a saber cada uno. Los hay que no pueden resistirse a hurgarse en la nariz, que por cierto, puede ser hasta terapéutico. El sábado, contra el plan previsto, me uní a un selecto grupo de Sevillanos (Andrés, Gaspar y Leo) camino de el Bosque, sin saber si el viento nos dejaría volar. Los expertos se quedaron abajo, en el despegue de las delta y el prudente y el neófito subimos al de arriba. Descubrí una nueva ruta de acceso pues si en determinada bifurcación tomas la que va hacia abajo terminas en la parte inferior del repechón de la subida empinada, para empezar de nuevo a escalar. Es paralelo al camino, menos cómodo pero más pintoresco: si alguien quiere lo acompaño... sin cargar con la mochila.

El viento racheado y cruzado por momentos nos hace dudar. He aprendido que lo mejor es preparar y esperar a que baje la intensidad. Reviso los cordinos a conciencia, una segunda corbata seguida sería de imbéciles. Le he tomado el tranquillo a los despegues con viento -tocaremos madera- y hoy salgo bien, dirigiéndome a las piedras de la izquierda a la vez que subo hasta los mil, que fue lo más alto que estuve. La atmósfera estaba "guarrilla" con constantes  plegaditas de estabilos que no me preocupan. El exceso de peso -hoy llevaba hasta los cargadores de la radio y el vario- no me dejará subir, pero asienta la vela un montón. Un par de alumnos avanzados de Lijar Sur vuelan constantemente por encima mía, lo que mosquea un poco, no por la escuela, sino por ser ellos de escuela. En cierto momento, uno se mete en el venturi de en medio y le cuesta salir. Empiezo a entender: si a la falta de habilidad para aprovechar las térmicas se une el exceso de peso y la evitación de las zonas prohibidas (fugas de los extremos, venturi y la parte posterior de la montaña) me autolimita para subir. Se que podría seguir la vertical de la cresta sin meterme en los rotores, pero no me fío de las rachas, aunque llevo siempre el acelerador preparado. Los otros tres de la cuadrilla andaban perdidos por esos cielos de Dios, incluyendo a Gaspar, que tardó en despegar pero cuando lo hizo subió rapidísimo y para atrás como los cangrejos, tal era la fuerza de la racha. Enseguida estuvo a la altura de los otros, en esos espacios al que solo tienen acceso los iniciados, que en esto del vuelo  la estratificación social es bastante literal: unos arriba y otros abajo. Hago un intento de salir al valle pero no encuentro nada. Al segundo, tampoco, así que me dispongo a aterrizar mentalizándome para usar los pies, viendo como Gastón me adelantaba en el descenso barrenando hasta casi taladrar el suelo como un sacacorchos, para luego no tocar tierra y volver a subir, seguro que hay pacto con el Diablo por medio. Tres vueltas a los frenos, manos al fondo y en el último instante, culazo que te crió. Definitivamente, creo que es fobia a cargar mi rodilla izquierda -la del accidente de moto de cuando tenía 20 años- además del vicio de aterrizar con ultraligeros. Andrés y Leo, que lo vieron, no entendían porqué no saqué los pies. Muy buen vuelo, de todas formas.

A las siete, vuelta para aprovechar la restitución. Me inclino por la subida clásica, una vez explorada la alternativa, esta pierde interés, y sigo a Gaspar como perrillo faldero. Abajo quedaron Gastón Andrés y Leo, junto a un par de alas delta. Uno de los pilotos de estas era casi septagenario, diría yo.
Toda la promoción de Lijar Sur estaba arriba, no se cabía, pero cuando pido pista, me hacen sitio. Vuelvo a despegar bien, aunque solo noté presión al final de la carrera, quizás la racha bajó demasiado. Esta vez pretendía subir al crestón de la derecha, así que cuando tomé altura en la de la izquierda, la fui sobrevolando. Localicé a Leo y por radio le dije que intentaría seguirle, a ver así pillaba alguna térmica. Nos adentramos en el valle, yo debajo y detrás, parecía estar remolcado por un cable invisible. No tuvimos suerte y nos volvimos con doscientos metros menos, como si mi torpeza hubiera lastrado su vuelo.  Andrés me dijo por radio algo de la cresta, entendí que no la sobrepasara, aunque era justo lo contrario, pues ya no habían rachas y podría subir mejor encima de ella. Hice algunas fotos, sobre todo de Gaspar. Cuando el sol estaba más bajo de lo acostumbrado giré hacia el valle y en lo alto del campo de aterrizaje vi algo asombroso. Un parapente cubría casi la mitad del único árbol que había allí. Después he hecho el cálculo considerando el tamaño aproximado de la finca, y la estadística es de una posibilidad entre once mil ciento once de que alguien aterrice en ese árbol con los ojos cerrados. Algo habría pasado que me llamaba poderosamente la atención. Volví a tomar tierra con mi técnica personal, estoy por vender la botas y volar con chanclas, para lo que me sirven.



En la larga espera para la recogida, movido por la curiosidad localicé al piloto del árbol y esta es su historia, contada de su propia boca.

"Yo nací en la Argentina, che, hijo inesperado de mi madre y de su cuarto marido. Mis hermanos, mucho más mayores, se criaron juntos, compartiendo bandoleones, chirusas y cumparsitas. Yo siempre anduve yeta y orbitado, pues mi mamá solo tenía ojos para su quinto y su sexto marido. Mi único refugio era un árbol triste y solitario como yo,  en plena Pampa. Me hice una casita en sus ramas y allí me pasaba las horas y las horas, viendo desde lo alto cómo los gauchos lanzaban las boleras desde sus caballos a galope tendido. Un día de tormenta, un rayo punga me partió el árbol y a mí el alma, vos no podéis imaginar lo que sufrí. Desde entonces, mi anhelo, pibe, fue encontrar a su hermano gemelo, pues cada cosa en la naturaleza tiene su replica en otro sitio, eso me enseño un sanador mapuche que me curaba unas cagaleras, con perdón. 

Estuve meses y meses navegando por Google Earth, hasta que lo encontré. En un lugar del sur de España había un rancho grande con tres árboles juntos a un lado, y uno solitario, pequeño y cachuso al otro ¡entedés, che, la analogía! Era mi propia historia. Decidí que tenía que ofrecer lo mejor de mi mismo a ese hermano, a ese otro yo. Cómo no tenia plata para venir a España, dejé a mi familia y me hice pasar por nieto de desaparecidos para sacar gita. La abuela a la que le hice la mula me decía -¡en lo demás no os parecéis en nada, pero los ojos son igualitos, igualitos!

Me acordé de los atentados de las torres gemelas y tracé mi plan. Iba a hacer lo mismo pero al revés, en vez de destruir, construiría. La aeronave ideal, un parapente, porque además de ultraliviano su vuelo es limpio y puro y mientras se desliza, sus telas pueden recoger toda la energía que fluye de la madre tierra hacia la atmósfera, ¡que mejor ofrenda que el abrazo de un parapente! Localicé una escuela del lugar y tomé un curso. El instructor me decía-¡Pero antes de hacer aterrizajes de precisión, tendrás que aprender a despegar, no! -Que no, que no, que solo me interesan los giros y acertarle una torre, digo a un árbol. Me costó una trabajera convencer a la Guardia Civil de que no era un terrorista. -¡Yo solo mato de amor, señor agente! 

Y después de muchos ensayos en otros lugares para no dar pistas, llegó el gran día. Me había duchado con esmero para purificarme y me había vestido con ropa de algodón teñido con tintes naturales. Invoqué a la Energía Cósmica y me fui al aire concentrado en mi misión. Allí estaba la finca, tal como la había visto en sueños tantas veces. En un extremo, los tres árboles mayores, engrupidos y fuleros, y en el otro, mi árbol, cachuso y solitario. Me fui aproximando haciendo ochos y cuando ya casi lo tenía al alcance, una racha traicionera desvió mi trayectoria. En el último instante, sacando fuerzas no se de donde, hice un giro extremo y conseguí que al menos parte de la vela abrazará a mi arbol, a mi otro yo. La misión estaba cumplida.
- Y ahora que va  a ser de tu vida, ***** .(omito el nombre por discreción).
- He encontrado mi destino. Desde ahorita mi laboro consistirá en encontrar a todos los árboles solitarios del mundo y y darles mi abrazo de solidaridad.
- Pues ánimo, porque en el Amazonas habrá cada vez más árboles así".



Ruta probable que siguió el hombre que abrazaba a los árboles


La vuelta, ya tarde, con la sensación, como dijo Gaspar, de traer limpia el alma.

jueves, 28 de junio de 2012

El piloto del arcoiris

Un fuerte resfriado de verano me ha retenido este fin de semana en tierra, que conozco mi cuerpo serrano y si me pide descanso, mejor dárselo. Mientras me reservaba en mi estudio, recibí una llamada de Kasparellus que me habló con cierto misterio de una buena historia que contarme, que si le invitaba a una copa. Le contesté que si se conformaba con algún tinto joven o una infusión, bien, y si no que él mismo se trajera el bebercio. A la hora acordada apareció con una botella de J&B, unos 7Up, una bolsa de hielo y un cuarto kilo de pistachos. Dio en el clavo, todo me gustaba y nada de eso tenía. Tras un primer cubata comentando vaguedades, adoptó una actitud trascendente y empezó a narrarme la siguiente historia, asegurándome que era la primera vez que hablaba de ello.

"Hace unos diez días estrené mi nueva Ellus 4. Subí con todo el grupo a Poniente de Alogodonales, donde el viento estaba muy de norte y el personal optó por intentar despegar desde la piedra (norte) cuando aparecieron en el horizonte las primeras velas que habían salido de allí. Yo estaba entusiasmado con mi equipo y me dediqué a instalar el acelerador y a comprobar los detalles de la nueva ala. Un rato después de quedarme solo lo tenía todo preparado y, aunque el viento seguía fuerte y bastante cruzado, algunas rachas más ligeras y mejor orientadas me animaban a despegar. Me sentía optimista y con fuerza para superar cualquier inconveniencia climatológica. Era, no obstante, un día raro en que un frente frío amenazaba con perturbar más la atmósfera, aunque finalmente no tuvo consecuencias visibles para el conjunto de los mortales.

En el momento propicio, tiré de las bandas "A" y la vela, como si adquiriera alma en ese instante, despertó con una levantada perfecta, contenta como un cachorro acariciado. Giré y a los dos pasos estaba en el aire, elevado con la decisión de quien tiene todas las fuerzas intactas. El ala parecía responder al pensamiento, girando, planeando y ascendiendo, comandada casi por telepatía, pues a  la mínima insinuación en los mandos obedecía con agilidad. No le he perdido el cariño a mi vieja vela, pero hay que reconocer que esto es otra cosa, ¡ya me tocaba! Entusiasmado por un vario contentísimo, que parecía estar festajando la nueva cabalgadura, empecé a subir a más tres, más cuatro, más cinco, más seis, más siete, y cuando me di cuenta me hallaba debajo de una nube que parecía haberse formado de repente, pues ni yo hasta ahora ni mis compañeros antes nos habíamos percatado de ella. El fondo era plano y oscuro y la parte superior no era visible, ya que era muy alta y yo estaba en su vertical. Por una vez me dejé guiar por el atrevimiento de llevar un parapente inmejorable y me sumergí de lleno en la densa masa vaporosa.

Al principio el vuelo era estable, con un ascenso rápido aunque controlado y yo me encontraba animado, pensando en la suerte de estrenar la vela con una subida record. Apenas veía nada pero no  estaba desorientado pues recordaba los giros y cambios de dirección que había hecho desde que entre. Pero la turbulencia fue aumentando rápidamente y pronto perdí el sentido de la posición a medida que el parapente empezaba a galopar más que a trotar. La vela cabeceaba de un lado a otro y de delante hacia atrás y yo penduleaba en todos los sentidos en un sin fin de wing over incontrolados. El frío arreciaba -venía con ropa de verano- y enseguida apareció  la lluvia, más frío y finalmente el granizo, al principio en granos pequeños, después más grandes, que me golpeaban con violencia. Los fogonazos de los relámpagos y el ruido ensordecedor de los truenos me trasladaban a una batalla naval nocturna donde el vapor casi impenetrable de la nube emulaba la atmósfera asfixiante del humo de pólvora quemada. Fui pasando del miedo al pánico, del pánico al terror desbordado y me vi rogando a gritos a Dios, a toda la Corte Celestial que me socorriera, que perdonara mis pecados, que yo me arrepentía de todas mis faltas, jurando y perjurando que si salía vivo nada sería igual: no volvería a tener la osadía de ignorar los avisos de la Providencia, no volvería a emitir juicios radicales e irracionales cuando analizará la vida pública, sería un hombre nuevo..., ¡Oh Dios mío, si me sacaba de este infierno gaseoso! Un relámpago, madre de todos los relámpagos, me encegueció y un trueno, con el bramido de diez mil truenos, me ensordeció, quedando inerte y aturdido, a merced de la Divina Providencia.

No se cuanto tiempo pasaría desde que perdí la conciencia pero cuando la recobré me encontréaba volando suavemente en una bruma que parecía la neblina de una mañana soleada. Por encima vislumbraba un cielo azul claro y no quedaba rastro de la tempestad anterior. El sonido de la brisa tañendo el arpa de los cordinos había sustituido a las explosiones broncas de los truenos. Notaba paz y tranquilidad interior, apenas ensombrecida por la incertidumbre de no saber donde me encontraba. De pronto, algo más adelante y a mi derecha, observé a otro parapentista, que me miraba sonriendo. Pilotaba un parapente antidiluviano, cuadrangular, sin estabilos, con cajones inmensos de colores chillones, cada uno con una gama del arcoiris. Vestía un mono de esquiador igual de brillante y se cubría con un caso de futbol americano. Lo más extraño es que volaba
con una perfección sobrehumana, haciendo giros irrepetibles que no obedecían a las leyes del vuelo, menos con un parapente tan primitivo. No veía a nadie más en el aire y el suelo seguía cubierto por una densa masa, por lo que me acerqué a él, mientras pulsaba el micrófono. -Hola compañero, estoy perdido, ¡me puedes ayudar! -Hello, body, I'm lost, can you help me? La radio siguió en silencio pero vi -la distancia visible alrededor y hacia arriba era infinita- que me hacía señas de que le siguiera, y así lo hice.

A  los pocos minutos sucedió lo más sorprendente. El misterioso piloto se acercó a la cara superior de la nube, en una zona especialmente oscura y se dispuso a aterrizar como si aquello fuera una superficie consistente. Incrédulo, vi como metía frenos a fondo, sacaba los pies y se posaba sutilmente, deslizándose la vela detrás como sábana soltada de sus pinzas. Mi entendimiento se negaba a admitir que aquella planicie de vapor de agua se comportara como un portaaviones pero lo estaba viendo con mis ojos. Desde abajo, el piloto  me indicó con un gesto seguro que hiciera lo mismo. Confuso y confiado a la vez, dirigí mi vuelo hacia el rellano donde había aterrizado y repetí su gesto, tomando contacto con un suelo firme, algo flexible, con la consistencia de un colchón duro, perfecta para aterrizar. Los pocos pasos que di levantaron una leve neblina y la tela se aplanó en aquel campo imposible, quedando semicubierta por un manto nebuloso. Me desabroché la silla y me dirigí hacia el fantástico personaje para agradecerle mi salvación. A mitad del trayecto me detuve cuando me señaló hacia un lado y, nuevamente sorprendido, vi un como en esa dirección se había formado un enorme agujero por donde podía contemplar, desde muy alto, el paisaje que me era tan familiar: el Mogote, Algodonales, los pantanos, la Muela... Mi salvador, sonriendo, me indicó que debía despegar sin demora. Le di las gracias con un gesto y me volví a colocar rápidamente el equipo, pues el agujero empezaba a cerrarse. Localicé cerca una especie de rampa por la que inicié el despegue corriendo hacia delante, como en la escuela, y al instante me vi otra vez en el aire. La nube estaba de nuevo encima, cada vez más alta, y el agujero por el que la atravesé se cerró por completo.

Barrené, metí orejas y descendí rápido, deseando llegar a tierra canto antes. Me alegró volver a oír la voz de mis compañeros por la radio, ajenos a todo lo sucedido. Miré hacia arriba y la gran nube había desaparecido. Poco antes de Villalones identifiqué un campo donde aterrizar sin dificultad, y así lo hice. De mi extraña historia no conservaba prueba alguna, por lo que decidí ocultarla para que no me tomaran por loco. He querido contártela a ti porque ha sido una experiencia demasiado fuerte para guardármela para mi solo"

Todos conocéis al protagonista de estos hechos, hombre formal poco dado a las fantasías y menos propenso a embriagueces durante el vuelo que no sean los que proporciona la propia actividad de manera natural. También me conocéis a mi, persona dedicada a la ciencia y a lo empírico y demostrable. Os pido por tanto que no dudéis de lo que os he relatado lo mismo que yo creo firmemente lo que he oído de su boca. Y si alguien en un vuelo especialmente alto vuelve a ver al misterioso piloto, que le haga saber que Kasperallus llegó a tierra bien, eternamente agradecido, y que en pago de ello se ha convertido en un hombre nuevo, y va a dejar de fumar y de decir barbaridades de sus oponentes políticos.




lunes, 18 de junio de 2012

Superwoman, basado en hechos reales

Carlos nos anima a volar los dos días pero ese lujo solo está al alcance de algunos. Los demás quedamos a la espera de lo que  decida el grueso del grupo (la mayor parte, no el obeso, que no lo hay) y nos decantamos por el sábado. La primera opción es poniente de Algodonales, donde llegamos cuando algunos habían despegado ya de la piedra (norte). El viento se muestra fuertecito, racheado y cruzado de norte, por lo que casi ni sacamos los equipos. Gaspar prueba vela nueva y Leo su nueva vela, también casi a estrenar. Decidimos intentarlo en norte, excepto Gaspar, que de manera ceremoniosa revisa su equipo e instala el acelerador con celo de neurocirujano. Allí lo dejamos y de allí despegó en su vuelo inaugural.

La piedra está en medio de un venturi que obliga a despegar con viento fuerte, ya que lo contrario significa que la ladera no tira.  La gente que lo intenta aprovecha las rachas flojas para salir, y así lo hacen varios de la cuadrilla, si bien otros desisten tras un rato de aguantar la vela a tensión con dos o tres compañeros controlando el borde de ataque. No me gusta ni el sitio, reducido y con muchos arbustos delante, ni  las rachas fuertes por lo que desempaco de mala gana, dejando pasar el tiempo. He aprendido que si no estás a gusto, nadie te obliga a salir .Además, en otro despiste tonto he olvidado la antena de la radio. Al rato me entero de que Andrés (V), camino de Ronda, ha aterrizado en Villalones. así que voy a la recogida. Circulando cerca de donde debía estar Andrés oigo un silbido, paro y doy marcha atrás. Del olivar sale Gaspar, que había bautizado  a su equipo con un cross para que fuera sabiendo lo que le espera, poco palomeo y mucha milla por delante. David de Sanlucar también tomó por la zona, así que regresamos los cuatro. La norma consuetudinaria en parapente dicta que el que hace cross espera a última hora o se busca el regreso por su cuenta, así que, aunque agradecido, no tenía por que haber interrumpido mi día de vuelo, me amonesta Andrés. Me disculpé argumentando que no iba a volar en esas condiciones y le prometí que si se volvía a darse la misma situación... haría lo mismo. Pepe (V) llegó a El Bosque.

Fuimos directamente a poniente y el viento, aun racheado, estaba algo más suave y mejor orientado.Un compañero recién equipado comprueba que su vela le saca del apuro en que se mete el solito, al dejarse atrapar por la fuga de la izquierda. Instalé la radio de Andrés y la dejé con el volumen bajo. Pretensé y a la mínima tregua de las rachas levanté, giré y salí, mientras los de tierra empezaban a gritarme. El estabilo derecho estaba encorbatado y una racha empezaba a subirme y desplazarme hacia atrás. Lo primero, tirar del freno y nada, luego del cordino quita corbatas y tampoco, vuelta al freno, cada vez un poco más atrás, vuelta al cordino, otra vez el freno y por fin se deshizo el entuerto. Intento entaconar el aro del acelerador y no lo encuentro, así que agarro los maillones del mismo y tiro con fuerza, está duro, hasta que empiezo a avanzar y salgo de la vertical del despegue. Por la radio, muy baja, no oía nada. Luego me advirtieron que con una corbata no muy grande como aquella debería haber seguido volando hasta alejarme de la ladera y después tratar de desliarla. También, que hay que revisar bien la vela mientras sube, antes de girar y despegar, no se cómo se me escapó esto. A pesar de que no paré hasta que no se desenredó, no tuve sensación de peligro ni me sentí nervioso, será el atrevimiento de la ignorancia.

En desagravio, me he homenajeado con uno de los mejores vuelos realizados hasta ahora. El espacio empezaba a teñirse de atardecer y un viento generoso disipaba los calores de junio. Para empezar, tome altura encima del despegue hasta cerca de los 1500, mucho más bajo que otros. Allí giré una térmica a casi +4, una proeza para mi. Cuando llevaba media hora cerca del palomar, tiré para el aterrizaje a ver lo que pasaba, y pasó que una termiquita de +1 me subió otra vez a 1300. Volví para recorrer ahora toda la cornisa de norte, volando unas veces por la cresta y otras un poco sobre el páramo. Todo ese largo paredón, marca que indica por donde la naturaleza cortó el mejor trozo del pastel del Mogote, es grandioso desde abajo y desde arriba. Se adivina lleno de vida, habitado por especies voladoras y terrestres en perfecta simbiosis, donde el hombre es un advenedizo al que la bondad animal  permite entrometerse como el que se cuela en una convite al que no está invitado.

En contra de mi costumbre, me resistí a dejar de evolucionar, de este a oeste, por encima del farallón compartiendo espacio con unos pajaracos hermosos que orientaban las ascendencias. Me di cuenta que, tanto si seguía a los pájaros como a Gastón, que andaba a su aire por allí, yo subía. En uno de nuestros acercamientos empezó a silbarme con insistencia, lo que interpreté como una advertencia. El viento sobre el páramo era fuerte y me iba a arrastrar a sotavento. Acordándome del apuro que pasó el compañero, metí acelerador a fondo y salí parsimoniósamente, se ve que la meseta tiene pocos amantes y trata de retenerlos. Para no abusar ni de la tarde ni ahora del lector, hice una par de barrenitas y algún intento de wingover para perder altura divirtiéndome y aterricé de libro en mi colina particular,

En la cerveza de contar mentiras, una mamá de cuatro hijos, el pequeño de un añito que aprenderá a volar antes que a andar, me sorprende cuando me entero que es una experta parapentista en activo. Seguro que el guionista de Superwoman se inspiró en ella.