viernes, 7 de septiembre de 2012

El caso del parapentista evanescente

Luisma testea en tierra la nueva vela de Acro de Pablo
El jueves toca vuelo de entrenamiento, destinado primero a seguir perdiendo el miedo, segundo a conocer mejor la vela y tercero a seguir practicando el centrado de térmicas. Para el primer y segundo objetivos, terapia de choque. Si hay miedo a las turbulencias, pues a volar con aire guarrete. No ha sido de los peores pero la vela ha dado alguna espantada que he reprimido con rienda tensa. He tratado de girar todo lo que se parecía a una términa, de 0.1 para arriba, y cuando me cansé, para descender tuve que rehuir los sitios donde giraban los pajarracos, pues de no haberlo hecho hubiera seguido volando hasta el añochecer. Ensayo orejas, que son o grandes o nada y hay que bombear bastante para sacarlas.
Pedrete Andreu prueba su nueva vela de Acro, un trapo de 22 metros que gira solo con pensarlo de nerviosa que es. Al final de la sesión lo veo hacer una barrena y un SAT como si la conociera de toda la vida. Gastón y Luisma, cada uno a su nivel, andan con los helicópteros -parecía el ataque de Apocalypse now, solo faltaba la Walkiria- y con los HÁA, una variante algodoleña del SAT. Los giris, como aves migratorias sin peligro de extinción, empiezan a volver a Algodonales. Se nota que va a cambiar la estación.

Andrew Brave, en un rato de relajo, me cuenta... El caso del parapentista evanescente

Hace tiempo, me llamó confidencialmente el teniente Pinillos, que recordaba mi fortuita participación en el caso de parapentista desnucado, para pedirme que colaborara con el capitán Toledo, destinado en la sede de la 4ª Zona de la Guardia Civil. Acudí al cuartel de Eritaña, en Sevilla, donde me recibieron de inmediato dos oficiales.
-- Soy el capitán Toledo. Le presento al teniente Aguilera de Asuntos Internos.
-- Encantado, Andrew Brave para servirles.
-- Gracias -contestó Toledo-. Antes de empezar, le ruego que lea y firme este compromiso de confidencialidad.
-- Lo firmaré sin leerlo -dije signando el documento-.
-- Gracias de nuevo. Pertenezco -continuó el capitan- al OPSIVE, la oficina que coordina el Servicio Integrado de Vigilancia Exterior que tiene, entre otros cometidos, detectar las embarcaciones que tratan de pasar el estrecho con contrabando o inmigrantes ilegales.
 -- Ya -le interrumpí- los de los radares móviles de las costas, no los de las carreteras.
--Entre otros dispositivos -me aclaró-. El problema es que se ha producido una fuga de información importante desde mi oficina y aunque tenemos identificado al autor de la sustracción no podemos demostrarlo.
 --¿Podría saber de que información se trata?
-- El cuadrante para todo el  mes con los turnos y puestos de vigilancia  asignados a los guardias que controlan los radares móviles. Con estos datos, las mafias pueden localizar a algún agente corrupto y alijar en su turno. Esta información al detalle no la tienen ni los propios guardias hasta poco antes de empezar el servicio. La mayoría somos íntegros pero en todas partes hay algún garbanzo negro.
-- No entiendo en que les puedo ayudar.
-- Le explico -dijo Aguilera-. El sospechoso es Julián Merino, un cabo que ha estado destinado en la OPSIVE como experto informático y que recientemente fue expulsado por conducta impropia.
 - -¿Y eso? -pregunté sorprendido.
-- Se enamoró perdidamente de una joven marroquí, bailarina de danza del vientre y menor de edad. Pensábamos que la chica trataba de inducirlo a robar información en beneficio de las mafias, como finalmente ha sucedido.
-- Sigo sin entender en que puedo serles útil.


-- Medios, motivos y oportunidad -aseveró el capitán-. Cuando el cabo fue expulsado, se le retiraron los pases de acceso y se ordenó encarecidamente al servicio de vigilancia que le impidiera la entrada. El perímetro está vigilado al igual que los muros externos, con cámaras infrarojas. A pesar de todo, hace dos días descubrimos que alguien había grabado un CD con la información reservada en el ordenador principal. Fue a las 3.30 de la madrugada y se usó el código de acceso del General de la Zona. Estamos seguros de que fue Julián Merino. Resulta que es un avezado escalador, además de paracaidista y parapentista. Sospechamos que penetró desde la azotea, pero necesitamos descubrir como lo hizo y probarlo.

La sala del ordenador estaba cerrada con una puerta que necesita tarjeta y clave, ninguna dificultad para Merino, un hacker actuando desde dentro. Podría haber clonado la tarjeta tras un pase previo por el lector y obtenido una clave grabando las pulsaciones con una microcámara colocada dentro de la lámpara del techo. El acceso al ordenador lo conseguría con el código previamente robado tras lograr consultar el registro de los mismos, todo ello antes de que lo despidieran. Para llegar al pasillo de la oficina había forzado finamente la cerradura de una ventana que daba a un patio interior. Por lo tanto, había entrado y salido por el techo.

La azotea era amplia y larga, con varios ojos de patio, uno de ellos para la parte de oficinas. Observando atentamente,  descubrí junto la pretil de la cara este varios trocitos de lo que parecía un sedal de pesca finísimo y otro algo mayor de una especie de film de envolver alimentos, muy resistente.
- ¿Encontraron algo que les llamara la atención en la azotea, mi capitán? -le pregunté a Toledo-.
- En la azotea no, pero en el ojo de patio apareció una bombona metálica vacía de las que usan para inyectar CO2 y presión a la cerveza, y el encargado de la cantina dijo que no era suya -contestó el teniente Aguilera.
 - ¿Podríamos consultar por internet la dirección del viento la noche de la intrusión?
 - Aquí está, de suroeste, dijo Toledo.
-Creo que ya se como entró en el cuartel. El tal Merino sabía pilotar algo más que parapentes. Mande analizar, por favor, el resto del gas que pueda quedar en la bombona, creo no encontraran rastro de CO2.


Merino confesó finalmente el modus operandi. Necesitó un torno de arrastre de parapentes de los que se conectan al enganche del coche, un equipo básico de escalada, unas buenas tijeras y dos artilugios de fabricación artesanal. Usando film de propileno transparente de alta resistencia, confeccionó un parapente usando de patrón otro previamante descosido, uniendo las piezas por termofusión. Sustituyó los cordinos por sedales de pesca. Del mismo material fabricó un globo lo suficientemente grande para llevar su peso, dotado de una válvula de llenado y vaciado. Después adquirió una botella de helio de globos de fiestas y transfirió su contenido a otra vacía de CO2 para cerveza, intentado que al ser encontrada pasara desapercibida. Con la ayuda de su cómplice, la joven bailarina, entraron en el antiguo campo de aviación de Tablada, desde donde despegó en parapente, arrastrado por el coche con torno. Llevaba consigo el globo plegado, la bombona, las tijeras y el material de escalada. El poco peso de la lamina de polipropileno del globo le permitió volar con la carga.

Con viento a favor, planeó sin problemas hasta cuartel de Eritaña, aterrizando silenciosamente en su azotea sin ser visto. Un mono de vuelo negro y el parapente transparente, casi invisible, lo hizo posible. Conseguido el CD tras rapelar por el ojo de patio,  cortó en trocitos el parapente, lanzando al viento los inocentes retales e infló el globo con el helio, que dejó amarrado al pomo de una puerta. La bombona casi bacía fue depositada en el fondo del patio, usando una cuerda con un lazo que se soltaba desde arriba, para simular un despiste del cantinero. Finalmente, enganchó el arnés de parapente al globo, lo liberó de su amarre y se dejó arrastrar por el viento hasta llegar a las afueras de la ciudad. La cuerda de escalada, cortada a trozos según convenía, le servía de lastre. Descendió abriendo la válvula del globo y fue recogido por la bailarina, a la que le entregó el valioso CD.

Meses después obtuve permiso para visitar al excabo en la prisión militar.
-¿Porqué te metiste en esos líos, con la buena hoja de servicios que tenías, Julián, y el prometedor futuro que te esperaba?
- Por mi afición al vuelo, señor, por mi afición. ¡Cada vez que estaba en los brazos de Yasmina, volaba, señor, volaba!

En el cuartel renovaron las medidas de seguridad y me liberaran de mi compromiso de confidencialidad, por eso te puedo contar este suceso.




domingo, 2 de septiembre de 2012

El caso del parapentista desnucado

Apurando la semana y el mes, repito programa junto a Gastón, llegando el viernes a Poniente de Algodonales sobre las 6 de la tarde. Los locales y algún agregado contemplan indecisos el paisaje desvaído por la calima y el humo de los incendios. Salgo el segundo, aprovechando una rachita, con un pésimo despegue, donde arrastro el culo de la silla por todo el chinarral de la zona. Otra vez, la mala regulación y el peso excesivo en la espalda me sientan antes de despegar. En compensación, subo sin parar hasta sobrepasar los 1500. "La suerte del novato" dirán los que me han visto cómo he salido y no saben que llevo ya dos años en esto. Sigo practicando el centrado de las térmicas tratando de mantener el ala encima de mi cabeza, con aceptable resultado. Algún experto sube hasta 1000 metros más, y se desplaza a las zonas que yo de momento me prohíbo. Pierdo por dos veces la altura ganada y, tras un intento fallido de alcanzar una térmica marcada por los buitres, consigo llegar a mi aparcamiento particular -las ruinas- pensando   en cada momento que me comería los cables de alta tensión, el sitio que más temo en estos parajes. Un vuelo más: sigo ganando confianza y conociendo la nueva aeronave. En el aterrizaje oficial, alguien necesita hablar de lo malnacido/a que es su excónyugue.  Entiendo por qué siente lo que siente y dice lo que dice, esperemos que prevalezca la paciencia a la ira, que de algo han de servir las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia.

El sábado vuelvo a salir desde Niculoso en la selecta compañía de Andrés (Valiente) y Javi Brugarolas, de los Brugarolas de toda la vida. El viento se muestra indefinido y nos aventuramos a levante de Algodonales, donde algunas rachitas vienen más del este que del sur. Javi lleva dos meses nevegando en su barquito velero y confiesa un nudito en el estómago, normal. Despega acariciado por todos los pinitos que delimitan la zona, a los que sortea como Messi antes de marcar, si es que Messi es regateador, no tengo ni idea. Que cada uno pongo su regateador favorito. Pero hace su vuelecito de reiniciación, aterrizando junto a otro cortijo vecino al oficial, mejor conservado, porque el habitual está que da pena y Javier es hombre de buen gusto.
Inicio el vuelo a continuación, con una extraña subida de cinco metros sobre la pista, para descender inmediatamente hasta casi dar un culazo para terminar saliendo a ras de las puntas de los matojos. Recordando un comentario previo de Andrés, vuelo en paralelo a la montaña hacia el extremo este, al que llego perdiendo poca altura y en donde me mantengo sin problemas. En el trayecto, calzo la vela y evito sobre todo las abatidas, y en la medida que puedo los campaneos laterales. Está turbulento, o sea "guarrete". 
En la esquina noreste encuentro "un pepinaco" con el que empiezo a subir, con giros más abiertos de lo adecuado, según me dicen después, para llegar a los ¡dos mil treinta y cinco metros! con ascensos hasta de +4.7, todo un super récord personal. Me sigue Ingnácio, un experto, ágil como un pájaro, que no tarda en darme alcance y al que estorbo en una de mis salidas y entradas en la térmica, que fueron varias y violentas. Solo tuve una plegada de estabilo, que yo sepa. Me impresiona un  poco la altura y decido dar por cubierto el objetivo del día, bajando sin hacer tonterías y disfrutando de las perspectivas. Ignacio, 250 metros más arriba, me invita a seguirlo en un cross pero se me hace pronto para desprenderse de la querencia de la montaña. Andrés, Miguel, y Emi después, llegaron a los 2.500, sin saber muy para donde tirar.

Un joven piloto inicia le vuelo con viento cruzado en la roca.
Aterricé tras una trepada inesperada a 10 metros del suelo, con una jardazo hacia delante y a la izquierda digno de un paradón de gol seguro. Nos remonta Ángel (de San Pedro) tras recoger a Javi de su cortijo señorial. Arriba los de Zero Gravity preparan un concurso ingeniosísimo de bombardeo patatero que no desvelo por si lo quieren repetir. Emprenden marcha hacia el despegue de noreste, un kilómetro a pie, desde donde despegaron y realizaron la prueba.
Después harían su fiesta nocturna, a la que no pude quedarme muy a mi pesar.
En el despegue norte, Adrián, un jovencísimo piloto, hace un planeo a la desesperada con viento atravesado de la derecha, llegando justo al aterrizaje. Volvemos a Sevilla sin volar por la tarde, con el de la mañana ya bastaba. Una bonita puesta de sol nos saluda desde Coripe hasta Utrera.

Previamente, durante la cervecita en el Cortijo, Andrew Brave me comentó el terrible suceso en el que se vio envuelto y de cuya resolución tomó parte activa. Fue...

El caso del parapentista desnucado
Aquel día, cuando ya recogíamos los equipos en el aterrizaje de poniente, alguien preguntó por Perico "Trebujena", que había salido en solitario desde norte y al que hacía rato que se le perdió la pista sin que nadie lo viera aterrizar. No era un día de cross y todos volamos relativamente cerca unos de otros. Unos  colegas dijeron que lo habían visto rascando a la altura de los montículos cercanos al despegue norte, lo que les extrañó porque la zona estaba en la cara contraria al viento y Perico conocía bien el peligro de los rotores en sotavento. Lo llamamos por radio y por teléfono, sin resultado. Antonio "el Grande", Pedro "Topillo" y Curro "Piesplanos" salieron en coche en su busqueda, camino de la vaguada tras la loma sotaventada. A la media hora "Topillo", con voz entrecortada, nos comunicó por radio que Perico estaba en el suelo junto a su vela, aparentemente sin vida. Quedamos conmocionados, pues el bueno de Perico era muy querido por su buen carácter y su simpático acento cerrado. No obstante, alguno dijo que hoy lo había notado más distante que otras veces. Entre el revuelo, alguien llamó al 112, que a su vez dio aviso a la Guardia Civil.


Antes del levantamiento del cadáver, que iba vestido con su conocido mono amarillo chillón, el teniente Pinillos me pidió que le asesorara en cuestiones de vuelo en parapente. Me parecieron extrañas varias cosas: llevaba un casco de ciclismo que a penas le cubría la parte superior de la cabeza; a pesar de estar casi debajo de un árbol, los cordinos no se habían enredado en este; y el cuerpo yacía tendido longitudinalmente, de lado, sin presentar las posturas grotescas propias tras un impacto. El médico dijo que, a primera visa -pendiente la autopsia- la causa de la muerte era la rotura de la base del cráneo, sin que se apreciara ninguna otra lesión en manos, cara, rodillas... Le dije al teniente que aquello no cuadraba pues aquella no era zona habitual de accidentes y, sobre todo, lo de los cordinos en el suelo era inexplicable.

En el cuartelillo, los pilotos fueron interrogados uno a uno y sus testimonios coincidían  en que vieron a Perico volando con aparente dificultad durante algún tiempo  por la cara norte -era fácil identificarle por el mono amarillo y la vela naranja- hasta que desapareció allí a última hora, aunque si hubiera querido podría haber llegado fácilmente al aterrizaje. Piesplanos dijo que, a primera hora de la tarde, vio al finado fumando porros, lo que nos sorprendió a todos porque odiaba el olor de todo lo que humeara. El Grande lo justificó asegurando que últimamente, desde que se separo de su mujer estaba raro. Sin embargo, nadie se explicaba lo de los cordinos ni yo el resto de las anomalías. El teniente Pinillos preguntó que quiénes y por qué habían despegado de norte pues, según yo le había informado, el despegue adecuado ese día era el de poniente. Sólo  Perico Trebujena, el Grande y Piesplanos se habían quedado en el despegue de norte mientras que los demás se habían ido, siguiendo la lógica, al otro. Los dos declararon que finalmente desistieron de volar, pues el viento estaba muy cruzado allí, y prefirieron hacer senderismo hasta el mirador de noreste, aunque Perico se empeñara en salir y lo lograra con dificultad.
No me pude callar y les pregunté que desde cuándo ellos preferían hacer senderismo, con lo poco que les gustaba andar, en vez de darse un buen vuelo. El teniente me miró con suspicacia y ordenó que todos, menos el Grande y Piesplanos, salieran de la sala, para interrogar a ambos por separado. También le pidió a Guzmán el letrado, que ejerciera el derecho de defensa. Tras dos horas de interrogatorio, vimos salir a los sospechosos esposados y con los ojos llorosos. 

En el juicio, el fiscal demostró que Perico Trebujena le pidió a los otros dos que se reunieran con él en despegue norte para hablar, a uno para decirle cuatro cosas y al otro como mediador y testigo. Tuvo una fuerte discusión con  Piesplanos porque Perico había descubierto que su mujer lo engañaba con él y que comenzó a sospecharlo cuando dejaron de coincidir volando y su exmujer empezó a animarlo a venir a volar. Llegaron a las manos y Piesplanos le dio tal empujón a Perico que le hizo caer de espaldas sobre una roca, contra la que se desnucó. Asustados, idearon el plan: simular un accidente. El Grande, con fuerza suficiente para transportar al enclenque de Perico, lo trasladó a hombros, cubierto con una funda boa de plegar parapentes, hasta el lugar donde apareció después, mientras que Piesplanos se ponía el mono amarillo y despegó como pudo con la vela naranja de este, simulando ser Perico. Pasado un rato, cuando el viento se atenuó, aterrizó junto al cadáver, al que le volvió a poner el mono y un casco de ciclismo para justificar la desprotección de la nuca y le colocó la silla con la vela. A continuación se reunió con el Grande, que esperaba en las cercanías, y ambos se dirigieron al aterrizaje como si vinieran de patear la montaña.

Convencieron al jurado de que fue accidental y por eso solo van a pasar siete y tres años -autor de agresión, homicidio y denegación de auxilio uno y encubridor y denegación de auxilio el otro- haciendo volar avioncitos de papel en el patio de la prisión del Puerto de Santa María.


viernes, 31 de agosto de 2012

Profanando el espacio-tiempo

Este jueves volví a la carga en compañía de Gastón, empeñado en cogerle confianza a la Ellus 4. No empecé del todo bien, pues me obstiné en inflar de frente cuando el viento estaba cruzado y tuvo que corregirme un colega para salir. El vuelo no solo transcurrió sin problemas si no que por primera vez me he acercado a los 1500 cuando el techo era de 1850, que es lo que alcanzó Gastón. Mientras yo trataba de centrar térmicas, que ya me va saliendo, el susodicho revoloteaba por el escenario aéreo como niño inquieto, lo mismo estaba subiendo a lo máximo que bajando haciendo helicópteros o barrenas. Yo, a lo mío, me atreví un poco por el valle, coqueteé con la piedra y anduve arriba  abajo varias veces. Unas nubes altas tapaban el sol por momentos, avisando de que el verano se termina. Desde el aire observé al tercer biplaza de la tarde, una niña de apenas 4 añítos que habría los ojos como platos viendo empequeñecerse el montículo donde habían quedado sus padres. 

Tras una hora de vuelo, me fui para mi aterrizaje privado, donde me posé abusando del airbac, a 4 metros del espacio que tengo desbrozado para plegar, justo en el camino que atraviesa la zona de las ruinas que está más cerca del aterrizaje oficial.  Desde este aterrizaje, unos cirros ajironados y enrojecidos daban calidez al cielo azul perfecto de la tarde, mientras un colega local explicaba con todo detalle un cross de los que entusiasman a alguien aburrido de volar.

En la cervecita posterior Edén Robledo me contó su alucinante historia.

Profanando el espacio tiempo

Ya pasé de los cuarenta, pive, y mi mujer me va dos años atrás. Está que no para con que es hora de tener un bebé y yo, que se lo que es eso de antiguo, me resistí hasta ahora pero últimamente me resultaba difícil negarme. Cómo último subterfugio, agarré y le dije que la dejaría preñada con la condición de que el niño fuese concebido en el aire, pues la tierra es un lugar contaminado por la maldad humana. -Vos estás loco, boludo. Si querés un lugar puro, esterilizo el dormitorio ¿donde me quieres coger? - Lo tengo todo pensado, chavita. Voy a modificar la silla del pasajero del biplaza y haremos el amor allí arriba, volando, a la luz de la luna, bajo las estrellas.... - Se te salió un patito de la fila, pirado, la estás chingando. - Pues es lo único que me motiva, cielito, ya sabes que últimamente anduve un poco remolón.

La noche era perfecta, la luna estaba pletórica y una brisa moderada aseguraba el vuelo. Ella llevaba puesto como única prenda un vestido vaporoso que acomodó adecuadamente en la silla que yo había preparado para la ocasión. Despegamos en una rafagita y enseguida llegamos a una altura de seguridad. -Y ahora mi amor, tomá los mandos que mis manos son solo para vos. La fui dirigiendo en el pilotaje con la voz mientras recorría su terso cuerpo hasta donde alcanzaban mis brazos. - Gira un poquito a la derecha ¡Ah! Ahora a la izquierda ¡Ahh! Frena un poquito ¡Ahhhh! Un poquito más ¡Ahh, ahhh, ahhhh! - ¡Sííííííííí! Gritó ella tirando de los frenos a fondo hasta meter el ala en pérdida. - ¡Cuidado, no, soltá, soltá los frenos!, le grité yo, lo que hizo bruscamente provocando que cayeramos dentro de la vela haciendo el temido caramelo. Empezamos a descender violéntamente envueltos en el trapo, abrazados los dos y esperando un impacto mortal inminente. 
Cuando ya deberíamos habernos estrellado comenzamos a notar a través de las telas un resplandor rojizo que se fue haciendo cada vez más intenso y a sentir más y más calor, pero seguíamos vivos. Pasado un tiempo indefinido, el resplador se fue atenuando y la temperatura nomalizándose, hasta sentir otra vez fresco. Entonces ocurrió cosa inexplicable. Una corriente de aire desenredó el parapente que empezó a volar de nuevo, como si nada hubiera ocurrido, pero ahora era de día y el paisaje, desconocido. A nuestra derecha, algo increíble. Una enorme cometa de seda y bambú, sujeta al suelo por una largisima cuerda, era pilotada, si eso era pilotar, por un individuo al que acompañaba una mujer, igual que nosotros. Vestían túnicas de flores y él se recogía el pelo en una trenza. El piloto, también sorprendido, nos hizo señales de que aterrizaramos y así lo hicimos, mientras él bajaba, jalando de la cuerda.

En tierra nos percatamos por sus vestidos y rasgos faciales de que eran chinos. Se acercaron haciendo reverencias y nos dijo algo que no entendimos, hablaría en mandarín. -¿Hablas español, por casualidad? le respondí yo -Pol casualidad no, polque he estudiado la lengua de Celvantes, amigo. Si tu hubielas estudiado la de Confucio, ahola estalíamos hablando en mi idioma. Soy Feng Zhao, científico al selvicio de su majestad impelial Kangxi, y ella, mis esposa, Xiang. Toma y mila, esta es la imagen del empeladol. Dijo dándome un grabado. Pelo, cuéntame, quienes sois y que os ha pasado. Y que estlaño apalato voladol es este. Le informé de quiénes eramos y le relaté todo lo que nos había ocurrido con detallel. Él me miró sorprendido. - Pol fin ha sucedido. Hemos plofanado el espacio-tiempo. Vosotlos vivís en el 2012 y nosotlos en el 4.397, que es le año 1700 según vuestlo calendalio. En el momento que habéis culminado vuestra unión sexual en pleno aile pulo a la luz de la luna se ha abielto un túnel espaciotempolal que ha unido la España del Siglo XXI con la China del XVIII, polque justamente mi esposa y yo estábamos haciendo lo mismo, solo que a plena luz del día. - ¿¿¡¡También estabais echando un polvo subidos a esa cometa!!?? - Tlatando de concebir a nuestlo hijo en un ambiente pulo, quelido. Y hemos debido llegal al culmen justo en el mismo instante que vosotlos. Pol eso se ha ploducido este fenómeno. Como han descubielto el bosón de Higgs, pasan estas cosas. -¿Y ahora, cómo volvemos a casa, a nuestro mundo, a nuestro tiempo? le dije a Feng, desesperado. -Solo se me ocule lepetid el ploceso. Nosotlos colabolalemos gustosos, ¿veldad quelida Xiang? A lo que ella asintió con una sonrisa picarona.

Así que ellos se elevaron en su cometa y nosotros, con nuestro biplaza, subimos a una loma bien orientada y tras ganar altura empezamos nuestro rito amoroso, mientras los chinitos hacían lo propio. Volvimos a meter el ala en pérdida, caímos dentro y, tras volver  a pasar por el túnel y salir a la superficie de nuevo, se desenredaron las telas y empezamos a volar otra vez,  bajo la luz de luna de Algodonales. En el aterrizaje pensé que todo había sido un sueño pero me sacó de dudas el retrato que tenia en mi bolsillo, desde donde un adusto señor oriental nos contemplaba con severidad. 

Nunca se sabe, puede que sea verdad, cuando se trastocan las leyes esenciales de la física... al bosón de Higgs, mejor ni tocarlo.

martes, 28 de agosto de 2012

SIV gratuito e indeseado

Seis vuelos he hecho desde que comenté el de la entrada anterior y ha habido de todo. Lo más relevante, el cambio de vela con un estreno casi dramático. Empecemos por el principio.  El miércoles 15, creo recordar, coincidí con Gastón en el Mogote, en un día que prometía poco. Le saqué dos vuelos a mi ala anterior, dando por finalizado su uso por mi parte. Uno de mañana y otro de tarde, fueron normalitos, una experiencia más. Gastón voló como quiso, tanto con esa vela modelo perroflauta -con pintadas- como con la otra, una invitación al suicidio que no la quiso ni el que la estrenó, con la que subió, se fue, volvió y bajo al antojo de sus cojones.
El viernes siguiente estrené mi nueva Ellus 4 -Sol- de un color amarillo y rojo España que ya le gustaría a algún colega. Es bonita, sí, y llamativa. Esperé a la tarde y bajo la supervisión de Andrés  -Valiente- la instalé. Sorprende lo estrechas que son las bandas y las bocas. También la extraña combinación de tejido rígido y pequeñas ballena que refuerzan las entradas de aire. Al segundo intento -en el primero se me adelanta- despego bien y hago un vuelo de prueba no muy largo, notando con placer la agilidad en el manejo. No había turbulencia y me sentí seguro con el nuevo equipo.
Pablete Andreu infla y Andrés preinfla

El siguiente sábado fue de los más calurosos del año y se anunciaban techos de hasta 4000. Confiado del día anterior, despegué en plena canícula y enseguida vi que el comportamiento no tenía nada que ver con el del primer vuelo, ni la atmósfera tampoco. Rafael Canalsur ya me había avisado de que no estaba bien para despegar, pero ignoré su advertencia. Nunca he sentido tantos zarandeos, latigazos, columpiadas y todo tipo de movimientos tan violentos como inesperados. Antes no me preocupaban, presumía de aguantarlos bien, pero ahora empezaba a tenerles miedo. A la par, comenzaron las plegadas. Los estabilos se metían y no salía solos, las asimétricas se hacían notar cada vez más, aunque salían solas, y en una ocasión escuche unos trallazos en la vela y una brusca perdida de presión y altura. Leo me comentó después que vio el trapo totalmente colapsado y que este se infló de nuevo solo. 
Lo peor estaba por llegar. Volando cerca de la piedra de norte, de pronto sonó otro trallazo arriba e inmediatamente vi la vela arrugada delante y debajo. A continuación empezamos a girar, como si el centro de giro estuviera en medio de los cordinos, de modo que solo veía las rocas del fondo, tras la vela, o el horizonte, todo seguido, según el momento del giro.  Igual que si estuviera en mitad de un remolino. Pensé que el ala tenía que salir sola y así ocurrió tras cuatro vueltas, sin que yo hiciera a penas nada. Tenía una corbata, que pude quitar facilmente. Tuve mucha suerte, pues la altura cerca de la ladera norte no era mucha. Deseando aterrizar, me dirigí a las ruinas ´-donde acostumbro a tomar tierra ahora- y todavía hubo tiempo de hacer otra plegada asimétrica con desviación de 90º, tengo que aprender a controlarlas. Por radio, Luisma comentaba que el aterrizaje estaba pésimo y peligroso, pero tuve suerte de nuevo y, aunque me columpió otra vez cerca del suelo, pude aterrizar bien, pues ya había cobrado bastante, pagas extra y casi finiquito incluidos. En definitiva, hice todo lo que se hace en un curso de simulación de incidentes en vuelo -SIV- en un rato y sin pagar un duro.
Comentando el caso de los giros que yo creía que eran una especie de SAT, el Holadrés, que volaba cerca, pensaba que me había metido en la confluencia de dos térmicas potentes y Pablete que más que un SAT, podría ser una barrera plana. En cualquier caso, fue un tremendo error haber salido el día más turbulento del año y la segunda vez que volaba el ala. La ignorancia, el exceso de confianza y la soberbia forman un cóctel letal. Creo que a pesar de todo, la Ellus 4 se ha portado bien y me ha sacado de donde yo me había metido. Sin duda,  en los problemas que tuve influyó que la llevara muy suelta de frenos.
Leo sube y Andrés espera
Fue el día que Luis "lagartija" se lesionó la espalda en un aterrizaje violento al final de un cross. Por fortuna, Rafael Canalsur hizo un largísimo vuelo -casi llega a Teba- sin novedad, al igual que Andrés, que decidió aterrizar en un campo militar junto a Ronda y tuvo que contarle la aventura a toda la cadena de mando, uno a uno, desde el soldado al comandante, hasta que le permitieron abandonar las instalaciones. Los demás aprovecharon lo mejor que pudieron el excepcional día.

Después he realizado dos vuelos "quitamiedos", al final de la tarde y con el freno cerca de los mosquetones. El de este martes 28 ha estado bien, subiendo 400 sobre el despegue, pero todavía huyendo de la cercanía de la ladera, por temor a una pérdida brusca de altura, y con algo de miedo, llamémosle prevención.

La aventura del SAT ha sido tan intensa que me he erigido en protagonista y no he escuchado ninguna de las extraordinarias historias que últimamente me confian los colegas.

miércoles, 22 de agosto de 2012

El penitente

Los ingredientes para el vuelo son un sitio adecuado, Matalascañas, un viento propicio, suroeste, y alguien con tiempo y ganas de volar: Andrés (valiente) Rafa (Canalsur) y un servidor. Hace tres jueves coincidimos en la zona, que me trae recuerdos de costillas rotas. Me había prometido despegar desde la duna grande pero Andrés me animó -y tuteló- para hacerlo desde el Bananas. Salí y me mantuve sin remontar hasta el siguiente chiringito, donde pinché.
Andrés sale con la vela roja

Logré despegar otra vez pero apenas volé  treinta metros, atravesando el único cañaveral de playa que hay hasta Mazagón, sin daño alguno gracias a mis amortizadas espinilleras. Con la penosidad de los últimos metros de ascensión al Everest, subí por una senda de arena hasta el acantilado previo a la duna grande, donde Andrés (ahora "el compasivo") me ayudó a despegar con el viento algo cruzado del oeste. Estaba exhausto y torpe, por lo que cogí mal las bandas en el primer intento. Cuando por fin remonté, me mantuve volando justo encima de la duna -unos doscientos metros de recorrido- durante hora y media. La playa estaba casi solitaria, el mar brillante y el viento fuertecito, que te hacía avanzar a paso de carreta hacia poniente y a velocidad de galgo de vuelta. Un grupo de caballistas admiraba el mar y a los parapentistas y nosotros viceversa. Andrés y Rafa, cuando me rebasaron para seguir camino de Mazagón, me dijeron por radio que si bajaba a media altura avanzaría más rápido. Les contesté que, con lo que me había costado subir, trataría de acumular altura lo mismo que otros amontonan dinero en paraísos fiscales, cada uno es avaro de lo que quiere y puede.
Rafael, volando bajo, me adelanta.
Mientras me entretenía con idas y vueltas, otros pilotos se fueron incorporando al circo. Rafa y Ándrés volvieron desde casi cuesta Maneli y se quedaron por la duna grande. Es sorprendente ver a este último evolucionar por encima del agua, yo no lo haría ni loco, y con que facilidad vuelve a la playa y remonta otra vez, se nota que piloto ágil y vela "C" hacen maravillas.
El extraño piloto despega y aterriza una y otra vez
Mientras andaba a lo mío, me fijé en un parapentista con ala azul que despegaba desde la playa, daba un pequeño planeo y se posaba enseguida, para después repetirlo de nuevo, sin apenas tregua. Así había avanzado al menos un kilómetro desde que lo venía observando. Su inquebrantable insistencia me llamó la atención. Cuando bajé, me contó su historia.

"Siempre fui una persona frívola y despreocupada. Mi vida eran las chicas, las fiestas y el vuelo. Nunca me interesaron los temas sociales ni mucho menos las cuestiones espirituales, vivía a tope, que dicen que son dos días. Trabajaba cuando me salía un curro divertido, relaciones públicas en discotecas, chico de compañía ocasional, etc, y si no, le pedía dinero al viejo, que siempre me preguntaba que cuando terminaría la carrera, sin saber que hacia años que no pisaba la facultad. Volar era lo que más me molaba. Una noche de luna llena, después de un fiestorro cojonudo en la Costa Brava, me liberé de los brazos de la chica a la que servía de almohada, cogí el arnés y la bolsa del parapente y, sin más vestimenta que el meyba y las chanclas, me dirigí a la costa. Una luz de plata le daba un aura misteriosa al agua, a la orilla y al acantilado mientras la flauta del viento cantaba al oído. Medio obnuvilado por los vapores de la celebración, me ajusté el equipo y me dejé caer en la penumbra del precipicio.
Floté en la altura, dejándome llevar más que pilotar por las ráfagas que batían el barranco. Solo una pequeña parte de mi cerebro regía los brazos que accionaban los frenos. El resto recreaba un mundo fantástico, ampliando las sensaciones que  me llegaban desde el rumor de las olas, las mecidas en los giros y del regusto de la piel y la tersura de los pechos de la muchacha dormida. Tan poco espacio mental dejé para el pilotaje que imperceptiblemente me fui adentrando en el mar donde caí finalmente, con un violento despertar a la realidad. Estaba en el agua y los cordinos se me enredaban en los pies.
Aunque era ágil y fuerte, luchar contra un parapente que se hunde es batalla perdida. Braceaba con  fuerza intentando que el cordaje no me trabara también los brazos y trataba de avanzar hacia la arena  remolcando la vela. Quise desabrocharme el arnés, pero cuando dejaba de nadar me sumergía bajo unas olas que ahora resultaban enormes y nada poéticas. Tragué agua salada varias veces y cuando creía que me ahogaba definitivamente, calló a mi lado algo que flotaba, unido a una especie de cuerda y me agarré a aquello con la agonía del que le extraen el hueso que le obstruye la garganta.
A pesar de la resistencia del oleaje, el extaño flotador me fue acercando a la playa, donde varios pares de brazos me izaron hasta dejarnos, a la vela y a mí, en la arena seca, en la que me dejé caer extenuado. Pronto me recuperé a la voz de alguien que me cogía la mano y me hablaba con fuerte acento extranjero. -Hola hermano, ¡Cómo tú estár! -Bien, colega, bien, gracias, te debo una, te lo debo todo. -Tú permanecer tranquilo. El personaje, rodeado de varios más con el mismo atuendo, vestía túnica roja y tenía la cabeza rapada. Sus rasgos eran claramente orientales. -¡La hostia! ¿Pero quienes soy? 

Peregrinos postrándose

-Nosotros ser monjes de Lhasa y viajar en peregrinación por los santos lugares del mundo. Decir a ti una cosa. Este suceso no ser casual. Ser señal divina que indica que nuestra tarea ha terminado y tú continuar con ella, Tu recordar que tú debes la vida a nosotros. -Y que tengo que hacer, contesté resignado. -En nuestra tierra los peregrinos emprender largos viajes hasta los santuarios postrándose -tendiéndose en el suelo- cada tres pasos, una y otra vez, mientras invocar a divinidades. Así tu hacer. -Bueno, yo lo que sé es volar. Puedo hacer algo parecido. 

Y así fue como el piloto del ala azul emprendió su peculiar peregrinación a través de la costa, despegando y volviendo a aterrizar cada pocos metros. Mientras, los monjes budistas oran en una gruta de la Costa Brava esperando que el parapentista termine su periplo, en los fiordos noruegos. Para desesperación de los clérigos, el viaje se ha relentizado porque cada vez que el peregrino rompe su estado de pureza con un ayuntamiento carnal, tiene que retroceder cincuenta kilómetros, y el joven se resiste poco a los impulsos de la naturaleza. Están temiendo su paso por las playas nudistas.


jueves, 26 de julio de 2012

El aliado

El jueves pasado tras la siesta me acerqué por Algodonales, donde ya estaban Rafael "Canalsur" y David "Sanlucar" entre otros. Subí con ellos a un Poniente de viento más que alegre y con arranques racheados que invitaban a la prudencia. He comprobado que el rito de la preparación, con el mismo ceremonial con que el cura se viste para la misa del Corpus, atempera la ventolera: primero las botas -solo las uso para el momento del vuelo- luego los protectores de rodillas y piernas, coderas, mono o ropa de abrigo, radio en el lateral, etc... todo un procedimiento que, seguido paso se convierte en una rutina cómoda. Para cuando he terminado, las ventanas de desegue ya se han definido. Fue un vuelo interesante, no muy alto, siempre cerca del palomar, lo no proorciona la tranquilidad para disfrutar del paisaje o tomar fotos. He de reconocer que, como todos los españoles, tengo el estómago revuelto por la indigestión de "la prima" , que esta vez no me ha curado ni la sesión de vuelo.
Cómo llegué tarde, bajé pronto. Rafael me había dicho que se podía subir andando desde las ruinas hasta Poniente, una hora de camino. Aterricé sobre un campo de cardos resecos -u otras plantas igual de pinchudas- que prolongaron la plegada. Cuando emprendí la marcha campo a través, mochilón a la espalda, un sol ya dorado por su caida empezaba a lamer el horizonte. En el kilómetro 3.5 escondí la mochila y empecé a subir ayudado por los bastones -buena idea de Carlos López- con la energía de quien le van a borrar el camino en cuanto se vaya la luz. Detrás de cada última curva, una cuesta y después, otra curva más, y después otra cuesta, en un paraje que se ensombrecía por momentos. Llegué al despegue con noche casi cerrada y la línea entre cielo y tierra apenas silueteada por los estertores del atardecer.
El domingo repetí el programa, ir solamente por la tarde dejando la mañana para la parentela. El primer alegrón fue ver a Carlos en la montaña, aun no en vuelo pero de buen ánimo. Pronto nos estará marcando la senda de nuevo. Posteriormente nos regaló una serie de sus maravillosos fotomontajes parapentísticos cuyo enlace me permito copiar: https://picasaweb.google.com/
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VuelosDeVerano2012
El resto de la cuadrilla, Andrés, Pacomesa, Pepe, Gaspar... ya habían tenido su experiencia tridimensional mañanera con desigual fortuna, la mayoría buena. Las madres, como los curas y la Guardia Civil, siempre están de servicio y la allí presente me regañó con cariño por dejar mi vela al sol. Tenía razón, y la tapé con la silla hasta que el viento, malcriado como hijo único de padres viejos, nos fue permitiendo despegar. Llegué a estar a 200 metros por encima, bueno para lo que acostumbro, y disfruté esta vez del vuelo, haciendo alguna incursión al valle para intentar cazar y centrar térmicas. 
Seguí a los pajarracos, más numerosos que otras veces, y me aproximé al despegue ensayando el toplanding. Esta vez conseguí dejar a la prima de riesgo en casa. Descarté las ruinas y me dirigí al campo tras el despegue oficial con tanta desconsideración al fuerte viento reinante que cuando giré para aterrizar me quedé clavado, algo lejos del punto previsto. Iba directo hacia un zarzal pero el gradiente me permitió avanzar un poco, sin llegar a la barranquilla de delante. Esta vez la excursión fue por la dehesa, loma y vaguada incluidas.  
En el campo de aterrizaje aprendí del "holandrés" que si tiramos de las telas unidas por una costura y el hilo de esta no vuelve a desaparecer tras la tracción, el material ha perdido sus propiedades elásticas. La cena, sustanciosa para el que quiso, fue un buen encuentro, ensombrecido por una expresión que cada vez suena más: "habría que fusilar a unos cuantos". Lo que se dice medio en broma puede llegar a suceder y, muy posiblemente, termine siendo "ajusticiado" alguien cercano al que lo ha dicho, si no él mismo. Igual sirve para la guillotina, que la guerra civil y la revolución francesa ya son historia. ¡Qué enseñarán en las escuelas! Con estas cosas no se bormea.

En la sobremesa, mientras los demás explicaban la crisis, una reputada campeona me confesó su secreto: había domesticado a un águila para que le localizara las témicas.
"-¡Venga ya, no te quedes conmigo! - Que sí, pero no se lo cuentes a nadie que me podrían descalificar, aunque el reglamento no lo prohibe expresamente. - Prometido, pero, a ver ¿De que va esto?
Es una larga historia. Yo nací en una aldea perdida en la serranía, donde mi padre era pastor de día y furtivo de noche. Mi madre había fallecido al poco de parirme y me crió Silveria, una vecina con fama de bruja que lo mismo hacía de partera que libraba del mal de ojo. Con luna llena, desaparecía dos o tres días y a su vuelta se mostraba trastornada y ausente durante un tiempo. Mis primeras sangres, con doce años, coincidieron con el plenilunio. Ese día, mi nodriza me llamó con misterio y me dijo que ya estaba preparada para conocer su secreto. Aprovechando que padre se iba por unos días a la feria de ganado, Silveria preparó un atillo y salimos al oscurecer monte arriba. Subimos por senderos y trochas sin descanso durante mucho tiempo y cuando ya no podía más, llegamos a una cueva a la que accedimos por una gatera disimulada tras un lentisco.
Dentro el espacio se abría y la luna inundaba la estancia a través de una apertura en la parte superior, a modo de tragaluz. Sin preámbulos, Silveria me dijo que íbamos a iniciar un rito de invocación a las fuerzas de la naturaleza que me daría un poder sobre ella, y que este sería según mi deseo. Sin saber que pedir, me dejé guiar por la hechicera que me desnudó, hizo tenderme sobre el suelo de roca y me cubrió el cuerpo con un paño rojo. Luego me rodeó con siete velas negras, cuyo penetrante humo causaba una sensación placentera. Se situó detrás de mí y empezó a salmodiar una letanía en un lenguaje extraño que mezclaba palabras desconocidas, latinajos y graznidos de alimañas. Cuando la luna se situó justo en medio de la claraboya, su luz recortó el perfil de un ave inmensa que descendió aleteando suavemente, hasta posarse en lo alto de mí, apoyando cada una de sus patas engarradas justo donde más temía, para mi espanto. A  pesar de las afiladas garras, parecía procurar no hacerme daño, por lo que su peso era soportable. Mientras, Silveria, en estado de trance por el humo de la velas y otros cigarros que fumaba, danzaba a mi alrededor y untaba mis brazos y las alas del pájaro con una pócima que había preparado, que además de lo típico -sebo de vela negra, unto de gato del mismo color, salivajo de sapo, semen de ahorcado, etc- debía contener algo de mi propio flujo menstrual, ya que me había pedido un paño intimo usado.  En el climax de la ceremonia, el pájaro extendió sus alas en paralelo a mis brazos en cruz . Fue bajandolas hasta que brazos y alas fueon una misma cosa. Luego, el animal me dió un picotacito en mi frente y sorbió un poco de la sangre del rasguño. Finalmente, a una orden de la sacerdotisa, plegó sus alas, descendió y se acurrucó sumiso a mi lado, invitándome con la mirada a que lo acariciara. Mi deseo era que aquel ave que surcaba el cielo tan majestuosamente, me ayudara a mí a hacerlo, pues volar como las águilas y los ángeles era mi mayor anhelo.
Desde entonces mantenemos una complicidad telepática. Cuando despego, sin que tenga que decir nada, aparece y me localiza las mejores térmicas, volando en círculo sobre ellas,  según la ruta que me convenga. No necesito ni vario ni instrumentos. Solo una vez revoloteó en un sitio sin térmica y fue para marcar el punto donde un colega, apenas visible desde el aire, yacía mal herido tras un mal aterrizaje de emergencia.
- ¡Increible!  ¿Y te ayuda en algo más? -Bueno, cuando estoy muy desesperada por no encontrar nada para ascender, apoya su cabeza tras mí silla y me empuja batiendo sus enormes alas con fuerza,  para no pinchar antes de tiempo. No consige hacerme subir pero si mantener la altura, hasta que intuye una térmica y va a buscarla. - Y, por ejemplo, ¿Es capaz de sobrevolar a un tipo guapo, cariñoso, rico y sin compromiso, que pudiera ser un buen partido para ti? - Más quisiera yo, pero eso no lo sabe hacer, ¡como en su momento no expresé ese deseo! Si aún viviera la Silveria, le pediría que volviéramos a la montaña para repetir la ceremonia cambiando las condiciones.

He oido historias asombross de las que no he tenido por que dudar, pero este caso me parece que es solo afan de protagonismo de la señora. Tengo la impresión de que gana campeonatos por que es buena ¡ni águila ni nada! Quizás un buen psicoanalista pudiera entender lo que hay detrás de estas fantasías. 

martes, 24 de julio de 2012

Ave Fenix

El fin de semana anterior se cerró sin despegar los pies del suelo a pesar de cargar con el mochilón dese el viernes al domingo. La playa lo acaparó todo y Vejer de la Frontera, único sitio que quedaba cerca, no se puso cuando pasé por allí. Cómo sucedaneo, unos ratitos en mi vieja loma de el Balcón de Andalucía, entrando por Castilleja de Guzman, que me deparó un par de buenos atardeceres de campa, tan  necesaria y gratificante a la vez. He avanzado en el control de la vela en tierra, donde la mantengo arriba por un tiempo percibiendo sus movimientos casi sin mirar, aunque no me resisto a controlarla visualmente por el rabillo del ojo. El viento estuvo alegre en ambas ocasiones y, la verdad, recordando los arrastrones propios y las historias trágicas de otros estampándose la sesera contra las rocas, no he dejado de sentir miedo hasta el momento de la levantada. Una vez arriba, esa muñeira desangelada que hay que bailar cuando queremos mantener la vela en alto, cuyo ejemplo más gráfico fue el vídeo grabado por Gaspar a Andrés Suárez (el Valiente) en que no se sabe si el piloto sigue a la vela o la vela baila al compás del piloto. Eso iba a ser todo cuando recibí, in situ, la visita de Francesco de la Tavola, ese cavaliere con el que coincidimos frecuentemente y que, me confesó, escondía la siguiente historia, que tiene su comienzo precisamente en el lugar en el que nos encontramos: la loma del Balcón de Sevilla:

"Yo sabía que no se puede volar aquí porque  esta zona corresponde a la senda de planeo de los aviones comerciales cuando aterrizan en San Pablo. Pero vine con la intención, como tú hoy, de hacer campa y si se ponía a tiro, dar un planeito. Ese día el viento venía de poniente, por lo que me dirigí al cerro de enfrente, el que está coronado por los árboles, para aprovechar la ladera oeste. Los aviones no entraban por allí porque tendrían el viento a favor, pero si podían despegar en esa dirección, como efectivamente ocurrió. Tras un rato en tierra viendo como mi nueva vela cada vez se mnostraba más dócil en mis manos, decidí tomar carrera y dar un saltito, con tan aparente buena fortuna que una súbita ráfaga me elevó más de los previsto. Eran las seis de la tarde de un día caluroso y, nueva casualidad, una térmica imprevista me siguió subiendo hasta una altura considerable. Cuando empezaba a disfrutar de mi proeza sentí a mis espaldas un zumbido creciente, finalmente ensordecedor que terminó con una violenta sacudida, que puso la vela delante y debajo de mi, seguida por un tironazo bárbaro que solo puede comprender cuando vi el inmenso vientre de un Boeing 747, al que me mantenía unido por el parapente enganchado del extremo superior del timón de dirección, al que se fijaba en un saliente -una sonda o una antena- que le impedía soltarse.

Tras los primeros momentos de confusión puede estabilizarme, dejando de dar bandazos, y hacerme cargo de mi situación, a pesar de que un viento fortísimo me quemaba el cuerpo entero. El avión ascendía mientras ponía rumbo sur y a los pocos minutos vislumbré el estrechó de Gibraltar y las imponentes montañas del Atlas, en el norte de Marruecos. A medida que el avión subía y se aproximaba a África, el aire se hacía más irrespirable y la presión mayor hasta sentirme desfallecer. Cuando iba a perder el sentido, un súbito desgarrón de la flamante vela me liberó de mi nodriza y empecé a caer como una hoja... de plomo. Mi instinto de supervivencia me hizo tirar el paracaídas  al observar acercarse las cumbres nevadas. 

Desperté, dolorido y confuso, en la penumbra de una habitación grande y fresca, con el sonido de unos acordes árabes de fondo. Me parecía haber dormido días enteros. Un hombre con ropa occidental, gafas sin montura y fonendo al cuello me tomaba el pulso y hablaba en árabe con unas bellísimas jóvenes que estaban al lado. Después, en un inglés de colegio, se dirigió a mí. -How do you feel? Are you in pain? -Perdone, soy español. -¡Ah, paisa! ¿Te duele algo? Tu estás bendecido por Allá, el Magnánimo, tienes mucha suerte; ¿De donde has caído? Recordé mi forma de entrada y decidí ocultarla, resultaría increíble. -Estaba practicando parapente en estas montañas, mentí, y una corriente rompió mi vela y me arrastró hasta aquí. Gracias por su ayuda. -No me agradezcas nada, estas bajo la hospitalidad del jeque Abdulláh, señor de estar tierras, y bajo la protección de su Majestad el Rey de Marruecos. El galeno se retiró haciendo una reverencia al personaje que llegaba, un venerable anciano vestido con una chilaba de terciopelo verde, seguido a dos pasos por una no menos respetable señora.


-¡A sí que eres español! No piso la península desde que luché en la Cruzada de Liberación, a las órdenes del Caudillo. No se si eres un enviado de Alláh o un infiel que ha profanado mi harén. Ante la duda te dejaré que vivas y que y que goces de este paraíso en la tierra, pero si tengo pruebas de que eres un enemigo, mandaré cortarte el cuello después de arrancar tus atributos. -Oh, señor, juro por Dios, digo por Alláh, que no era mi intención molestarle. Si me lo permite, saldré de aquí ahora mismo. -¡Eres un ingrato, cristiano! Acaso desprecias mi hospitalidad. Te digo que goces de nuestro jardín de Alláh representado por estas beldades. ¡Fátima, Yasmina! -ordenó el anciano dirigiéndose a dos jóvenes- haced que este hombre honre al Profeta tras conocer vuestras virtudes. Y tu, infiel, compórtate con mis dos esposas como si fuera yo mismo, que a mi edad prefiero testaferros para ciertas cosas. Confundido y expectante, me dejé guiar por las púberes, que no creían en la suerte de yacer con un varón tan atractivo como yo, hacia una alcoba anexa. Cuando me tendía en el lecho, se acercó la mujer que acompañaba al jeque, ante la cual, las muchachas se inclinaron y, a una orden suya, se retiraron presurosas. 

- Soy Amira, la primera mujer del ABdulah. Abstente, joven, de tocar a ninguna de sus esposas, ya que después no vivirás para contarlo. Ya les ha ocurrido a tres italianos y a dos franceses. Nadie puede vivir para desvelar que el Jeque es representado en estos trances. Solo yo puedo otorgarte mis favores y si cumples bien, podrás salir de aquí a salvo y cargado de presentes. Ven esta noche a mi estancia, retocemos un rato y al amanecer te embarcaré en una goma -bote neumático de contrabandistas de hachís- que atravesará el estrecho con un cargamento y te dejará en los alrededores de Tarifa. - Gracias, Amira, será un placer. ¿Podría pedirte un favor? ¿Haz que reparen mi vela, que me es muy querida? -No se para que la necesitas, pero yo misma me encargaré, pues en mis ratos de asueto, que son muchos, me entretengo con la costura. - Gracias de nuevo, procura que quede como nueva, sin que pierda la forma cuando la hinche el viento, por favor. 


Me quedé solo y aproveché para salir al inmenso patio donde, en una especie de taller aledaño, tres objetos llamaron mi antención: mi silla de vuelo, una bomba de agua portatil movida por un motor Solo (usado también en paramotores) y un aerogenerador pequeño, cuya hélice estaba desmontada. Se me encendió la mente y, con un par de llaves, desacoplé la bomba, dejando el motor unido al soporte, y corté con una segueta la parte sobrante de ese soporte. Después probé acoplar la hélice al eje del motor y lógicamente, no coincidía. Busqué la broca apropiada y agrandé el agujero de la hélice hasta que se acopló bien . A falta de pasador para fijarla, le apliqué un bote entero de Loctite a la unión del eje y la hélice. En esto llegó un sirviente que, receloso, me preguntó si necesitaba algo, a lo que le contesté que estaba construyendo un ventilador para refrescar el patio y hacerlo más agradable a su señor, en señal de agradecimiento. Se fue satisfecho, lo que me permitió seguir  acoplando toda la estructura -motor, depósito y hélice montados en el soporte- a la silla, para lo que le eliminé el airbag e improvisé una bancada de unión, usando los restos del soporte de la bomba. Anochecía cuando terminé mi paramotor modelo Ave Fenix.

Tras una rápida ducha, me dirigí a cumplir mi promesa, con la lívido por los suelos. -Toma, mi amante cristiano, aquí tienes tu vela cosida, dame ahora lo que acordamos. - Gracias, señora,  pero déjame un instante que la levante al viento para ver cómo ha quedado. -Bien, pero no tardes, porque si no quedo satisfecha, seré yo quien te desgarre lo que no te sirva conmigo. Entonces lo vi claro, ni quería perder los compañones a manos de la señora, ni la libertad por narcotraficante. Parsimoniósamente, me coloqué el paramotor improvisado, enganché la vela y, ante la mirada atónita de esposas, concubinas y criados, arranqué y despegué a la carrera saliendo desde una punta del patio y rozando el tejado del palacio al abandonar el lugar. Detrás, con voz desgarrada, la señora decía: -Vuelve, maldito infiel, cumple lo acordado o no tendrás agujero donde esconderte.

Un viento de sur me empujó hacia la península y, muy cerca de la playa, se agotó el combustible. Nadé los últimos metros y traté de convencer a la Guardia Civil, que me sorprendió cuando vigilaba un alijamiento, de que no era un narco. -Me dormí con la caña en las manos, señor agente, y me caí del bote. Ahora vivo aterrado. Cada vez que veo a alguien con pinta de marroquí me temo que sea un esbirro de Amira, que me quiere llevar de vuelta al harem para que cumpla lo prometido o pague si no lo hago".

No se si serán reales estos hechos pero Francesco nunca nos ha mentido antes, salvo extrema necesidad, por lo que, aunque no verosímil, puede que lo narrado sea verídico.

Después he realizado un par de vuelos, donde han sucedido cosas interesantes y me han confiado aventuras aún más sorprendentes, pero eso queda para otra entrega.