domingo, 8 de abril de 2012

De refilón

Otra vez toco el parapente de manera tangencial este fin de semana. Las previsiones nos hicieron anular el viaje a la costa de Portugal, donde nos teníamos prometidos lindos vuelos, y solo de regreso de Benalmádena huelo algo la ladera. 

Creo que alguien había ido a Matalascañas días atrás y hoy los de Zero probaban suerte en el nuevo despegue de Prado del Rey. Carlos López me comenta que están intentándo salir desde la ladera pequeña de Montellano y, como hay una casa de comidas aceptable en la ruta, nos acercamos la compaña y yo a ver el ambiente. La vela ni la saqué del coche pues no llevaba ni altímetro ni radio. Mi objetivo, saludar al personal y tomar algunas imágenes de aterrizajes -con el equipo que graba a velocidad lenta- para la ponencia del funcionamiento del pie en el parapentista. La verdad es que solo capturé la carrera en los despegues -no coincidía ningún top landing- y vistas las imágenes después, es sorprendente la danza que ejecutan nuestros apéndices inferiores antes de despegar, sobre todo cuando se mantiene el ala equilibrada en tierra. Es llamativa también la evidente levedad del apoyo en ese último paso antes de empezar a volar, que parece dado más por oficio o por inercia que por necesidad de sustento. Coincido con los que dicen que el momento más mágico del vuelo es el instante en que se despega del suelo, donde cambiamos la carga en las piernas por el apoyo en el trasero y el contacto con la madre tierra por el deslizamiento sobre la nada.

Varios consiguen remontar, otros no y alguno se lo piensa, con venir al campo y estar con la peña, por hoy le basta. Mientras evoluciona cerca del suelo, un experto colega sufre un plegadón frontal que le hace perder diez metros en un santiamén. Le salvan tres o cuatro metros del impacto. Luego nos explica que tiró demasiado de los frenos y cuando los soltó para evitar la pérdida, el ala abatió y se produjo la plegada. Impresiona ver lo rápido que bajaba cuando los arbustos de la ladera sirven de referencia al espectador para calcular la altura. 

Comentan que acaban de tener dos encontronazos con los labriegos a cuenta del aterrizaje en los trigales. En uno de ellos con amenaza directa a la integridad física. La cosa está calentita y los campesinos tienen razón sin tenerla: no está justificada la violencia pero con alguien tienen que pagar las pésima cosecha debido a la sequía, sabiendo que las suelas de las botas de vuelo no ayudan a mejorarla. En un mes y pico estarán segados los trigos y puede que se calmen los ánimos. Si pudiéramos esperar... Finalmente empezaron a salir del despegue alto de Montellano, confío que con buen resultado. Un moscardeo estridente rompe la quietud del mediodía. En lo alto, un ala delta dotada de un minúsculo y ruidoso motorcito sobrevuela el valle. No me explico qué puñetas tendrá que hacer aquí alguien que puede despegar desde la mitad de la campiña.

La ensalada mixta sigue siendo un buen primer plato, antes de un revuelto de ajetes y gambas y un bacalao frito a la vasca, que es como a la andaluza pero con pimentito verde frito de guarnición. Para el no entendido, el Rioja de cosecha puede saber tan bien como el de reserva. Ya en casa, localizo la página de una escuela argentina con unos buenos artículos sobre vuelo en térmicas. Cómo no puede asistir al cursillo completo... El enlace es el siguiente, entrando en "Artículos":
Los argentinos son dados a traducir artículos americanos, y lo hacen con su particular uso del castellano, ¡ché!

También parecen buenos estos, y algunos otros.

En algún lugar de esa página leo que el que pretenda ser buen piloto, la semana que no pueda volar realmente debe recrear el vuelo en su imaginación, después de haber entendido las enseñanzas teóricas. Habrá que ponerse a ello.

lunes, 2 de abril de 2012

La última foto


Roco en su último día. Era cascarrabias, sí, pero se hacía querer.

domingo, 1 de abril de 2012

Tarde en Matalascañas

Con el equipo en el maletero por su acaso, bajo una lluvia desganada, conduzco el nuevo Duster hacia Matalascañas, felizmente acompañado. Llegamos a la plataforma del Bananas cuando la peña empezaba a volar, con la grata sorpresa de encontrar a Ana Derqui que, tras cinco meses en tierra, reiniciaba la actividad dándose un biplaza para ir retomándo el pulso al aire. Jota, de Zero, prepara otro biplaza e instruye a un alumno. Se van a la laderita junto a la duna grande, con muy buen criterio, es un lugar seguro. El viejo Rouco, que guarda las distancias con Picola, la perrita de la familia, se queda a nuestro cargo aunque en su senectud acepta mal el tutelaje. 

El sitio tiene el ambiente de Sevilla en Semana Santa, todo es una procesión de velas entrando y saliendo del despegue, como si fuera la Catedral en Jueves de Pasión, incluyendo un número respetable de acompañantes, con sillas y todo, a modo de público creyente. Me he comprometido a presentar en el próximo congreso de Biomecánica una ponencia sobre el pie en el parapentista, por lo que me llevo una cámara especial que graba a 300 fotogramas por segundo, alternando la toma de fotos ordinarias con las grabaciones a cámara lenta. Entusiasmado con las capturas y no queriendo desatender a la compañía -no me la vaya a levantar cualquier hiena de las que pululan por doquier, incluido nuestro medio- desisto hoy de volar. De haberlo hecho me había ido al despegue de la duna, no me importa lo lejos que esté.

La desolada terraza del Bananas nos ofrece una buena perspectiva para ver el trajín, y mi ojo y mi objetivo terminan sin saber cual es la mejor escena a encuadrar. Veo un niño jugando a parapentear con una cometa, a un padre que da un vuelo biplaza a su bebé en una silla reforzada -probablemente no sabe que si se enteran los de los Servicios Sociales le quitan a él y a la madre la custodia del niño/a, no es coña, si no es que terminan ante el juez- y a un montón de pilotos con el cuero cabelludo por casco ¡Dios, que exceso de confianza! Y una continua exhibición de virtuosismo en los despegues y aterrizajes con algún revolcón fruto del relajo, en una plataforma tan concurrida que recuerda otra vez las bullas cofrades en la plaza de la Campana de Sevilla. Un sol en disputa con las nubes, que terminan perdiendo la batalla, da un tono cada vez más luminoso a la escena, como si el atardecer se hubiera invertido, de menos a más luz, en un despiste tonto del Creador.

Después de un rato de capturar todo lo que se me pone a tiro, sobre todo aterrizajes, para mi investigación, encuadro casualmente un intento de despegue peculiar, donde él tira y empuja a ella (el género lo supe después) que por momentos se elevaba y al instante volvía a descender. Cuando parece que despegaba definitivamente, impacta contra el borde del acantilado en uno de los descensos y, desequilibrada y medio entuistada, no logra evitar la deriva de la vela a su izquierda que la proyecta contra el costado de la cuesta de acceso a la playa, donde se golpea dos veces antes de caer. Tras el susto inicial, parece que todo queda en un chichón en la frente. Cuando reviso las imágenes a cámara lenta siento un escalofrío que me hace revivir el medio segundo en que me vi, no lejos de allí, comiéndome el paredón que me rompió las tres costillas. No me canso de repetirlo: ese sitio es muy cómodo para aparcar y muy apropiado para presumir, pero es arriesgado para los novatos. 

En casa me recreo en las fotos y el material grabado a cámara lenta y me pregunto cual sería la fórmula para aprehender el tiempo y vivir cada milisegundo con la misma plenitud que nos muestra el suave deslizar de los fotogramas en la pantalla.


lunes, 26 de marzo de 2012

Veinticinco minutos

Es el tiempo que le he dedicado al parapente esta semana, otros menesteres me han tenido ocupado de mente y brazos. En el curso serían por lo  menos treinta, incluidos los dos profesores. Era grato ver, como en un imposible parlamento político, a pilotos de los tres club, más alguno por libre, escuchado y comentado las sustancias enseñanzas de Jota y las reafirmaciones de su compañero de exposición. Los contenidos, imprescindibles y completos; el estilo, el del colegadetodalavida que te explica por qué esa mujer no te conviene: claro, conciso y convincente. 

Se debió tratar de equipos adecuados, de climatología, de centrado de ascendencias, de los mejores puntos de aterrizaje, además de la generación y comportamiento de las térmicas, que fue la parte a la que pude asistir. Aprendí que estas se forman en una zona que se recalienta, se desplazan sobre la superficie -por el camino inverso al de las correntías- y se desprenden cuando algo las estimula, como el paso de una cosechadora, una loma interpuesta, una fila de árboles, la orilla de un pantano, una carretera o el hombro de una montaña. Supe que las ascendencias se inclinan hacia donde va el viento y que no todas llegan al techo. Que cuando se forman cerca de las laderas de vuelo, aparecen por las quebradas del borde y que unas veces están activas y otras se están preparando, por lo que hay que recorrer la cresta volando la ascendencia dinámica hasta que nos topamos con una, de manera esperada y sorpresiva a la vez, como esas güagüas plataneras que circulan sin ruta ni horario fijo pero que todo lugareño sabe donde pillar.

Que primero hay que buscar las señales en el suelo, estudiando los lugares propicios, desnudos y oscuros, y después en el aire: aves planeadoras, estorninos comiendo mosquitos o, si se aprecia, material en suspensión levantado por el remolino, e incluso la delatora pestilencia de las cochineras. Y también los cúmulos, claro. Los buenos son los triangulares con la base hacia abajo, bien definidos y de un blanco brillante. En la parte más oscura de la base se centra la ascendencia. Y nos advirtieron que si están muy deshilachados ya no tiran y sobre todo, que hay que evitar las nubes densas de tormenta y más aún los cumulonimbos, en forma de torre gigantesca. También os dijeron que a veces los cúmulos forman calles paralelas que, desde la altura, se aprecian por su sombra en el suelo. Que esas rutas se pueden interrumpir y entonces hay que girar transversalmente a la de al lado.

Nos describieron cómo la primera vez que saltas fuera de la ladera sientes miedo pero puedes vencerlo apoyándote en otro colega más experimentado que te preceda, y que puedes marcarte una meta cercana, tratando de ir y volver, para así empezar a despegarse de la montaña.

Todo eso explicaron en el breve rato que estuve allí y mucho más me perdí a mi pesar. Animo a otro, estoy pensando en Carlos, a que transcriba la clase aprovechando sus dotes y oficio pedagógico. Con lo aprendido me imagino ya navegando entre morterazos que te catapultan y manotazos que te hunden con intervalos de planeo suave, donde la tela ya calmada te permite oír el leve silbido del viento en los cordinos.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Contestación de Carlos López a "Vuelta a los lugares de los crímenes"



En la crónica falta obviamente el sábado, en el que Isidoro no estuvo, así es que doy cuenta del día. Fue bastante bueno, aunque básicamente para vuelo local. Bastante nube casi todo el día y fácil de llegar a ellas, de hecho lo que había que tener en cuenta era evitar meterse, que es peligroso con tanta gente cerca. La base estuvo a unos 1600 m en los mejores momentos, y no dio para cross. Andrés, haciendo honor a su apelativo de Valiente, tiró para atrás pensando que la nube le sostendría, pero acabó aterrizando en levante. Algunos guiris con más suerte llegaron a El Gastor, o sea, ná de ná.
Pero para el vuelo local estuvo muy bien, para disfrutar. Hay que resaltar que salió con nosotros por primera vez Pepe Retra, un ubriqueño trasplantado a Mairena recién salido de la escuela de Zero-Gravity. Como vive cerca de nosotros suponemos que vendrá más asiduamente.
Otro evento memorable es la prueba que hizo Paco Mesa de la vela Sol Ellus 4, de la que tiene una encargada. Incluso en momentos bajos no había quien lo echara al suelo. Ésta era de prueba, pero cuando tenga la suya y se meta a saco en el cross, recorrerá leguas como si fueran varas y no habrá quien le eche el guante.
El domingo estuvimos en Montellano, y ya lo ha contado Isidoro. Conseguí algo más de 1000 m sobre el despegue y me fui para atrás pensando en hacer quilómetros, pero una vez salí de encima del pueblo fue todo un largo planeo hasta Puerto Serrano. Puesto que no cogí ni una térmica por el camino, no creo que merezca ni el nombre de cross.
Hice algunas fotos del sábado y el domingo, que he puesto al final del álbum de invierno. Incluyen fotomontajes de Paco Mesa con la vela de prueba y de Miguel Gayumbo en Algodonales, y uno cuádruple de Andrés en la ladera de abajo de Montellano:https://picasaweb.google.com/116752665018285784774/VuelosDeInvierno2012
El álbum de invierno se da por terminado, las próximas fotos irán en uno nuevo.
El próximo fin de semana tiene mala pinta, pero no hay que perder la esperanza, igual el domingo nos sorprende con alguna ventana volable, ya veremos.

Carlos López

domingo, 18 de marzo de 2012

Vuelta a los lugares de los crímenes

Nadie diría cuando el viernes salimos de Sevilla, bañada por una llovizna agónica, que en Matalascañas tendríamos ese sol limpio tras la tormenta. Íbamos Jota de Zero -nos llevaba en su coche- Pablete, José Luis, un alumno afortunado, y yo. Accedimos a las dunas por detrás del camping, ignorando el despegue del Bananas, de tan malos recuerdos, excepto Pablo, que le tiene cogido el punto a la plataforma del chiringuito. El viento era potente y bien encarado. Jota salió desde el acantilado del camping para esperarnos en el despegue de las dunas y José Luís y yo cargamos los mochilones y atacamos la playa. Los veinticinco kilos de peso de mi equipo se convirtieron en cincuenta tras recorrer el kilómetro corto hasta  la subida a la duna, lo mismo que 5º bajo cero dan una sensación térmica de por lo menos -15º cuando hace ventisca. En cuanto termine de perder peso,solo me faltan cuatro, cambio de equipo, por la gloria de mi madre. El bueno de Jota subió mi mochila por el cuestarrón último, a mí me habría costado.

Se veían alas a todo lo largo del acantilado, aunque se concentraban principalmente sobre la duna grande. Conté por lo menos treinta. Jota preparó al alumno y al tercer intento estaba ya en el aire, respondiendo con destreza a sus indicaciones y metiéndose enseguida dentro de la bandada. He vuelto a tener problemas con el despegue y salí al tercer intento. El viejo asunto de sentarme en la silla antes de tiempo sin poder evitarlo. Claves que me indica Jota: no me inclino lo suficiente hacia delante y pongo los brazos demasiado extendidos con lo que freno el ala a destiempo. Hay otra más: llevo la bolsa trasera tan cargada que en cuanto la vela alza la silla, esta bascula hacía atrás, y me sienta como si me recogiera con una cuchara. El tercer intento es aceptable y giro hacia la duna madre. El resto, una gozada de perspectivas, viento, dunas, playa y el sol omnipresente reflejándose en el mar. Llego hasta la casita y practico giros rápidos sobre la zona más alta. A las dos horas, si darme cuenta me quedo casi solo y Pablete y Jota me dicen por la radio que hay que volver. Jota vuelve rascando acantilado, el alumno pincha pronto y yo después. El chico aprende deprisa: quiere ser traumatólogo, podremos ponernos en sus manos.

El domingo, servicio a domicilio, me recogen Andrés -en su coche- y Carlos a las puertas de mi estudio. La cosa va de Montellano, aunque a otra gente le fue bien en Algodonales, e incluso en el nuevo sitio de Prado del Rey. No conocía el despegue de abajo y hago de piloto catavientos saliendo el segundo: Andrés lo  hizo antes pero con su supervela no cuenta como prueba. Sin advertírselo a nadie, reestrenaba mi protección de hípica para  el pecho, que había modificado  para que no me apretara la garganta. Menos mal que pinché y bajé rápido porque me estaba dando una auténtica atragatá en el gañote. Lógicamente, dejé de usarla. Ya se me ocurrirá algo. Subimos al despegue alto, donde Jota y su colega hicieron al menos dos bautizos de vuelo cada uno. Gratificante era ver el entusiasmo de los pasajeros -la primera, una dama cercana a la tercera edad- y de sus familiares, que aplaudían nada más despegar. Un incidente: alguien que pretende ayudar sin saber tira del asa del paraca de Jota y se suelta instantes antes de iniciar el despegue, que rápidamente aborta. Si otro menos experto llega a salir, hubiera entrado en perdida enseguida por el freno del paracaídas ¡Uffff!

El segundo vuelo empezó con un revolconcito que me recordó el hardazo que me di en el mismo sitio semanas atrás. Este finde ha sido de superación del miedo a Montellano y del pánico a Matalascañas: había que volver al lugar de los crímenes. Por radio me entero de que Carlos ha llegado a Puerto Serrano, luego supe que subió a mil metros por encima del despegue. En el segundo intento, auxiliado por un colega al que, como tantos en este deporte, no hay que pedírselo, despego bien y tomo altura enseguida, llegando a doscientos sobre el despegue. Otros, al verme se animan. Fue un vuelo metafórico de una vida agitada, unas veces arriba y otras abajo, con turbulencias que había que trabajar y con cambios de posición rápidos, de los que te levantan el ánimo decaído o te hacen una cura de humildad: mira que chulo soy, que alto he llegado, descendencia para abajo, que mala suerte, que me hundo, empujoncito para arriba. Y así hasta que -otro tropezón en la misma piedra- me vuelvo a meter en la zona de fuga y bajo sin remisión. Como la bola en la ruleta, espero a ver donde caigo, librándome del matorral, del olivar, de la bronca del labrador por pisar su sembrado, para aterrizar finalmente en un barbecho a dos metros de una alambrada de púas que ya hubieran querido para si las trincheras de la primera gran guerra. Me fastidia que la mano izquierda se me haya contracturado por momentos durante el vuelo, habrá que hace ejercicio.

Me piden que busque como subir, si no lo consigo ya bajarán a por mí. Ni corto ni perezoso emprendo el camino, calculo que dos o tres kilómetros de cuestecitas, llanitos, y repechones. Los bastones de senderismo son imprescindibles, lo de llevarlos en la silla lo aprendí de Carlos. Un lugareño esquila un borrico tataranieto de Platero y unas cabras me miraban subir la cuesta más empinada preguntándose que quien estaba más loco, si ellas que tiene la fama o yo. El macho cabrío las miraba a ellas y yo me preguntaba a la vez si le gustarían más las cabras que tienen las ubres grandes o pequeñas, pues en ubres de cabras, en preferencias de machos cabríos, al igual que en los hombres con sus homónimas, debe haber para todos los gustos. Me quedé si respuesta, el macho se puso a lo suyo, seguir pastando, y yo a lo mío, seguir subiendo.

Arriba me tildaron de loco por la subida a pata, y yo les saqué lo del colesterol. Leo, después de explicarme  la técnica del despegue con las dos bandas A en una sola mano -yo uso la de bandas cruzadas- me anima a salir otra vez, al igual que Andrés. Lo hago bien, con algo de ayuda, y me doy uno de los mejores vuelos que he realizado hasta ahora, por el momento mágico del día, cuando el sol regala su brillo más selecto para que la naturaleza luzca sus  más bellas galas. Es un vuelo casi poético que merece ser narrado por mejor pluma , con el añadido de otro parapentista, Andrés, planenado cerca, a veces en formación y otras dejándose siluetear por unos contraluces sobre el sol del atardecer imposibles de substraer a la retina a pesar del riesgo de lesión ocular. Vivencias así los domingos dulcifican los amargores de diario.
Sospechamos que el viento está fuerte abajo y descendemos aterrizando sin ningún problema, por una vez lo hago de pie: los hombres mean y aterrizan de pie. Mientras recogemos, un sevillanito enriquece el lenguaje: -Iiiillo ¿así recogeé la vela? quién te ha "aprendío". -Querrás decir "enseñao. -No, "apredío", del verbo "aprendir". -Oye, ¿tienes una repollera? -bolsa para guardar el parapente-, -No ¡tengo un repollón!

En el bar del pueblo, de malnombre zanahorio por su especialidad en este condumio, discutimos sobre el conflicto que ha surgido entre campesinos y parapentistas. Estos no saben que los del campo se encuentran muy jodidos porque la sequía les ha arruinado la cosecha. Si además, un montón de despistados les pisan sus raquíticas plantas, el desastre va a ser mayor. Están muy, muy cabreados y se debería hacer algo. Primero, no ser bordes, que hay quienes les ha contestado mal cuando han sido recriminados, y luego hay que buscar fórmulas para compensar posibles perjuicios. La Federación debería mediar con los organismos locales en este asunto y tratar de convertir el parapente en algo bueno para el pueblo en vez de en un perjuicio.

La vuelta, un inesperado debate sobre la naturaleza de la ciencia entre un erudito de vocación, un investigador de oficio, y un curioso de vicio -vicio en el sentido de curiosearlo todo, los vicios ocultos no se mencionan- con enseñanzas para todos. Ya en casa, cansado pero contento.

lunes, 12 de marzo de 2012

Despegue en zig zag

La jornada de vuelo se está convirtiendo en un día importante de la semana, como  esos amores que entran casi sin hacerse notar y con el tiempo calan tanto que su pérdida se hace insufrible. Es además un potente balsámico que disipa los malos humores de la semana, y hay semanas donde además de malos humores hay hiel, mala baba y peor leche. El día de vuelo es mucho más que un despegue, unos trasiegos y un aterrizaje.

Los de Triana llegamos al cortijo a tiempo de desayunar, ayuno y pilotaje casan mal. Otros prefirieron Cañete, con desigual fortuna. En Levante el viento no se definía, a lo que nos tiene acostumbrados últimamente. La cosmopolita concurrencia -alemanes, franceses, ingleses y andaluces- coexistían en la explanada, formando corrillos que se hacían y deshacían como los cúmulos en día de térmicas, eso sí, cada uno con su grey. Es buena ocasión para entrenar habilidades sociales y practicar idiomas si uno se siente capaz. Uno grupo se decidió por el despegue de Nordeste, a veinte minutos de marcha. Varios lo intentaron desde el mismo Levante, unos lo consiguieron y otro arbustizó nada más despegar, bautizando su ala nuevecita con las hojas pinchudas de la ladera. El galo no sabía decir "gracias" en español... ni en francés. Asombrados nos dejó el colega que estuvo una hora de reloj batallado con una lomita a Este que vista desde arriba apenas levantaba un palmo. No remontó, pero fue la estrella del momento. Los de Zero Gravity siguen enseñando y un recién egresado nos pide ingresar en en la secta, habrá que preparar la ceremonia iniciática. Aprovechamos el impás para el bocadillo y para socorrer al menesteroso con un cacho de pan, que eso no se le niega a nadie, y nos trasladamos a Poniente.

Allí, viento suave pelín cruzado con rachitas témicas. Los más ansiosos empiezan a salir y los más viejos observan y esperan. El despegue de Andrés me da la señal e inicio el mío con una carrera en zig-zag que parecía estar sorteando una balasera imaginaria. No me hubiera alcanzado bala alguna pero la salida fue un churro, para entretenimiento del personal. Giro a la derecha y empiezo a subir pronto, no muy alto, hasta 1200, y rara vez vuelo por debajo del despegue. El ajuste de la silla funcionó aunque no termina de ser cómoda.

El espacio se fue llenando de parapentistas multicolores formando bandadas que unas veces se concentraban al calor de las ascendencias y otras se disgregaban, huérfanos de líderes. Ahora todo el mundo vuela mezclado, arriba hablamos el mismo idioma. Había que estar atento a las idas, y sobre todo a las venidas, de los pilotos con los que nos entrecruzábamos, ejecutando en el aire una especie de capoeira  contínua de perfección caótica. Vi al Pacomesa que se perdía, altísimo, a Andrés igual de lejos, a Pablete haciendo barrenas y a Carlos en los confines del espacio-tiempo. Lili, la simpática anglo-oriental que había conocido por la mañana, debía estar por allí también, sin que supiera donde ya que se me olvidan pronto las libreas de las velas. Meneos frecuentes y un par de plegaditas animan las evoluciones, me tranquilizaba saber que el ala vuela asentada, con cuatro kilos por encima de su límite. Como escenario, un fondo de relieves y colores atenuado por el velo blanquecino de la calima.

Cuando me sentí satisfecho puse rumbo al aterrizaje, donde llegué con la sobrada altura de siempre. En el último momento, el viento pareció cambiar y, ante la duda, encaro el trigal junto al campo oficial, ya casi de mi propiedad a fuerza de uso. Me poso con suavidad, para compensar el mal despegue, el viento y la aplicación precisa de los frenos ayudan. Sin tregua, me uní a quienes hacían campa tratando de desentrañar por qué la vela se me descontrola tanto. Observé que mientras otros, insultántemente jóvenes y expertos, jugaban con sus parapentes a modo de cometas, llagando a "derribar" al enemigo, yo solo la mantenía arriba a duras penas. Leo me dio una clave: subir el ala muy despacio ayuda a controlar, a él le pasaba lo mismo que a mí. Carlos lo confirma. El enjambre de parapentistas -llegue a contar sesenta- se fue disolviendo y un festival de aterrizajes nos alegró la vista, cuando ya oscurecía. Parecían los aviones japoneses regresando a sus portaviones después del ataque a Pearl Harbot. Unos lo hacían sobre la pista y otros caían al verde mar de los trigales.

Cenita ligera, rica rica, en buena compañía y mejor servida, por fin una cantinera guapa y simpática -¿Me pones un Rivera? - De eze no tengo, zemacabao, tengo Rioja de la caza. -Pues entonces no quiero Rivera, quiero Rioja. ¡Divino acento serrano, que nunca se pierda! Un par de chistes hicieron fortuna, uno el del granjero que decide estrenar la ordeñadora automática consigo mismo antes de descubrir que no había forma de pararla hasta que no hubiera extraído veinte litros de leche. Lili aprendió a decir "una hartá" y "perito" en vez de "perrito". Nosotros intentamos pronunciar correctamente Clint Eastwood: imposible.

Un cielo negro perlado de esas estrellas que han desparecido de las ciudades nos cubrió la vuelta. Por teléfono, un colega nos confirma un percance con lesiones. Le damos ánimo y le deseamos que se recupere pronto. Me doy cuenta de lo bonito que suena el italiano hablado entre una pareja que se quiere, aunque a ella se le escuche por un altavoz que distorsiona. ¡Que bonito es el amor, en cualquier idioma!